Cleveland
Contra toda la mentira imperante, apostemos por la ficción


Marzo 1896: al filo de la primavera y para intentar saciar lo que algunos califican de glotonería (alusión a su obesidad) Grover Cleveland —el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica— ofreció comprar Cuba al reino de España como velada distracción al abierto afán por adueñarse a como dé lugar de la isla. Fuentes cercanas a la Casa Blanca aseguraron el día de hoy que el proyecto fue ofrecido al Presidente Cleveland por un potentado lobbyista neoyorquino… misteriosamente desacreditado y luego, asesinado por el agente Simon Morley (de paradero desconocido).
Perdón, perdón, perdón: el párrafo anterior se desprende de la enfebrecida lectura de Time and Again, ya clásica novela de Jack Finney publicada en 1970 y considerada por Stephen King como la mejor obra en tinta del género ciencia ficción concentrado específicamente en el tema de los viajeros en el tiempo. La leí indebidamente a los 10 o 12 años de edad en una edición de bolsillo y por agua del azar la he vuelto a leer esta semana con el claro afán de evadirme de la apestosa realidad, las dos semanas de guerra mundial y la sobredosis del trágico vodevil de Trump.
Aunque sujeta a críticas contemporáneas que podrían reclamarle a Jack Finney que su novela (y la secuela) padece de faltas de credibilidad en la forma con la que narra que Simon Morley logra viajar en el tiempo, es de mínima justicia defender al autor y sus novelas con la contundente realidad de que en 1970 aún no habíamos exprimido los mecanismos de la imaginación ni los avances tecnológicos y cibernéticos para afinar o sincronizar ese raro vínculo que tiene la ciencia ficción con la velocidad con la que se actualiza todo lo insólito.
En Time and Again, Simon Morley es un neoyorquino inteligente elegido por agentes del gobierno norteamericano para viajar al pretérito. Es preparado para el viaje en una vieja bodega de Manhattan y un buen día logra materializarse en el invierno de 1882 nada menos que en una habitación del gótico castillo llamado Dakota, en pleno corazón de Central Park. En realidad, la misión de Simon Morley no tiene nada que ver con Cuba ni con Cleveland, sino con un misterio de impostura, un incendio que sacudió Manhattan y ese padrísimo enredo que llamamos Amor con mayúscula. Recomiendo —sin echar a perder la trama ni su final— esta novela hipnótica y bien construida (con varios hilos tensos de dramatismo e intriga) porque sirvió como plan de evasión, pero también como recordatorio de que vivimos ya desde hace meses o años rodeados de pantallas engañosas que nos vuelven viajeros en el tiempo y absortos anonadados ante la inexplicable realidad.
Que Grover Cleveland ideara comprar Cuba para quitarle un peso de encima a España no mitigó la posterior guerra que se desató entre ambos países, aunque ya bajo la administración de otro presidente gringo y el enredo parece espejo de la increíble situación que repta hoy mismo sobre La Habana porque Donald J. Trump y Marco Rubio enarbolan el descarado estandarte no de compra sino de abierta invasión hotelera de Cuba entera, sin esconder la balística amenaza que los sustenta. Si el numerito de Venezuela sirvió para secuestrar a un dictador siniestro para dejar intacto a su gobierno, segunda de abordo, militares y narcos cómplices a cambio de todo el oro de Caracas y todo el mar de petróleo del Arauca vibrador, lo de Cuba (así como la franja desolada de Gaza) es el putrefacto golpe del Real Estate Infernal (Bienes Raíces con Azufre), un futuro de burdeles y casinos, en la lenta regularización criminal de la pederastia, la usura y el imperio de la mentira. Si para ello hay que convertir Irán en una masa humeante de otro desastre nuclear, el afán anaranjado y despiadado seguirá bailando con todos sus Village People y la desatada mentira instantánea.
Contra toda la mentira imperante, apostemos por la ficción. El escape temporal en tinta como placebo para evadir la información de escuelas bombardeadas y la desinformación de toda conspiración. Navegar en cuento o novela el invento alucinante que induce y provoca (por lo menos en mí) la delicia de un auténtico deseo de que llegue cuanto antes el iPhone 20 ya instalado con la aplicación al tacto que me permita viajar libremente en el tiempo.
Con el telefonito y un buen trabajo de vestuario podría ingeniármerlas para acercarme a Grover Cleveland y espetarle que ni comprando Cuba se evita el decurso de un destino y que aun arrebatándole la isla a la Corona de España pasarían no muchas décadas para que una panda de barbudos se alzaran en armas con la inicial y fresca esperanza utópica de cerrar todos los burdeles y casinos, alfabetizar hasta el último guajiro y luego, traicionar a toda la rumba que sóngoro cosongo parece fenecer setenta años después sin barbudos a la vista y con la vuelta de burdeles y casinos, varados en Varadero. Bien visto, el futuro ya llegó en pantallas táctiles e inteligencia artificial, simulaciones de semejantes y humaredas de horror con sangre donde ni el iPhone para viajar en el tiempo nos libra del alance del destino.
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