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Estar sin estar
Columna

Sombra de sabio

Se ha ido el mayor de los diez hijos de una amorosa pareja del siglo pasado. Queda la sombra de Pedro Félix Hernández Ornelas, hermano mayor de mi padre

Columna de Jorge F HernándezJorge F. Hernández

Se ha ido el mayor de los diez hijos de una amorosa pareja del siglo pasado. Queda la sombra de Pedro Félix Hernández Ornelas, hermano mayor de mi padre. Padre por definición, por ser hijo ejemplar y de esos tíos cuya guía solo se entiende como paternal. Su cariñosa mirada sonreía, frunciendo cejas y nariz en una carcajada constante que nacía de pronto, y cuando cerraba los párpados, se le notaba leer con su memoria a ojos cerrados no solo la inmensa biblioteca que leyó durante un siglo, sino las emociones y la virtud, la capacidad de escuchar a los demás y abrazar al prójimo… incluso de lejos.

Nació el 16 de junio de 1925 y su centenario de vida puede dividirse en la unión congruente de eso que llaman fe y el amor, ambas palabras mayúsculas. Cuando lo conocí en mi infancia, me cargó uniformado de sotana negra con treinta y tres botones al frente y cinco en cada muñeca, por los años que vivió en Tierra el hijo de un carpintero judío y las cinco heridas que lo confirmaron como Hijo de Dios. A él y su legado se entregó mi tío Pedro Félix en la compañía militar y militante que fundó un vasco llamado Iñaki de Loyola.

A mí me gusta presumir que, al llegar a su centenario de vida, fue ruego celebrado por un Papa también jesuita que no olvidaba palabras en arameo compartidas entre ambos desde siglos. Los dos preocupados hondamente por el intricado metabolismo social, por la vera solidaridad con todo necesitado, perseguido, refugiado y oprimido.

Cuando mi tío Pedro se fue del rancho, anunció a los hermanos en presencia de sus padres que había sentido la vívida herida luminosa de su vocación, pero mi padre —aunque niño, ya incontrolable— le reclamó que se iba al seminario “por sacarle al bulto de tener que alimentarnos si falta D. Pedro”. A los pocos años, cuando llegaba de visita al rancho, mi padre, ya adolescente, le pedía que compartiera secretitos de confesión de las muchachas descarriadas o inquietas de León.

Lo atosigaba no solo con “Dame nortes”, sino con burlas al saber que el hermano jesuita se especializaba en el aprendizaje y comprensión del idioma arameo, lengua materna del Nazareno. Ya de viejos se reían ambos de aquella diablura de espetarle: “A ver, a ver: ¿cómo se dice lavadora en arameo? ¿Y cómo traduces supersónico?”, pero el tiempo puso en su lugar las cosas y Pedro Félix, jesuita entre exorcistas, dominó latines y palabras arameas en la serena lucha contra el Mal, que los soldados de Loyola llaman Satana en latín y coloquialmente: Adversario.

Con bastante temor y gran prudencia, simplemente mencionaré que el caso verídico de exorcismo del joven Robbie Doe, el cual inspiró un libro y posteriormente un famoso filme en el que se alteraron diversas informaciones por precaución (incluyendo el hecho de que el asedio maligno afectaba a una pequeña… y luego, la actriz Linda Blair), estuvo estrechamente vinculado a la resolución del mal mediante la traducción de cada pasaje en latín y bastantes expresiones en arameo que profería el afectado en medio de fluidos verdosos mientras flotaba encima de su lecho.

Contando con el permiso espiritual que me otorgó el Padre Pérez Alonso (en aquel tiempo deán de Jesuitas), me comprometo a divulgar como relatos de espanto lo que aprendí de tales andanzas de exorcismo (cambiando pormenores por si acaso), pero quede aquí asentado que, siendo ya ancianos y abuelos, nadie como el tío Pedro Félix interpretó mejor para mi padre cada latín y el mucho arameo que brotaba en la pantalla durante una cinta creada como herramienta fulminante contra cualquier maldad.

El jesuita que se fue del rancho de joven pronto descubrió el inmenso peso del amor y dejó el hábito para florecer con una hermosa y brillante mujer, a quien abrazo con estas líneas con inmensa gratitud y admiración por el siglo entero de vida sana y feliz que formaron con mis tres primos y sus nietos. De la mano compartieron el otro noviciado llamado académico en el estudio de la Sociología, la Economía, Ecología y la Ética Superior con la que Pedro Félix multiplicaba el doctorado jesuita en Filosofía y Teología que cursó en Alemania de sotana.

Quizá por lo mismo, ya sin el uniforme negro, la misma Compañía de Jesús fincó su peregrinar de scholar sociólogo en las universidades de Iowa, Notre Dame y Loyola en New Orleans y, por todo ello, dejó ahora un honroso palmarés como Profesor Emérito de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, egregio Maestro de la Universidad de Las Américas (donde debió de ser Rector) e Investigador Emérito del Sistema Nacional de Investigadores al máximo nivel de México.

Al irse, dicen que escuchaba campanadas y que veía lo invisible, pues llamaba a su hermano Santiago; el médico la reconoció entre nubes a su hermana Carmen Laura. Dicen que con impactante lucidez y serenidad habló con Jesús de Nazareth y que saludó a mi abuela Carmen con un piropo. Cuando llegué a verlo, ya dormido para siempre, estaba tendido, envuelto en una envidiable calma de quien proyecta la sombra generosa al colocarse como eclipse entre la más intensa luz y los que nos quedamos para honrarlo, echarlo de menos y leer sus libros o artículos.

Te adeudo múltiples textos que vuelvo a leer mientras oigo tu voz y bastantes periodos de música excepcional, toda la cinematografía global y confío en ser un sucesor adecuado de tu consigna “Amor y buen humor”, pero te pido que hoy mismo recibas a mi progenitor, quien espero que me disculpe por llamarte Chakima… que significa docente en arameo.

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