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De Apolo 8 a Artemis 2: seis décadas después del primer vuelo a la Luna, la carrera espacial ya no es la misma

La NASA intentará mandar en abril a cuatro astronautas a rodear el satélite terrestre, en una misión que ya no cuenta con competencia soviética, sino de China

La famosa fotografía del amanecer de la Tierra del Apolo 8.NASA

Todo está listo para lanzar la primera misión tripulada a la Luna en 50 años el próximo 1 de abril, según anunció la NASA este jueves. Para aquellos que pudieron seguir la aventura de los primeros vuelos hacia el satélite de la Tierra, es imposible evitar comparaciones entre Apolo 8, la primera expedición que orbitó la Luna, en 1968, y la inminente Artemis 2. Con casi seis décadas de distancia, se repiten los preparativos para un asalto lunar, pero las circunstancias geopolíticas son muy distintas. Hoy la competencia rusa es inexistente (la china es otro asunto) y la sensación de “carrera espacial” ha desaparecido. Y con ella, la épica pionera que caracterizó al Apolo 8.

La idea de enviar aquella expedición hacia la Luna surgió en el verano de 1968. Fue una propuesta de George Low, responsable de la Oficina del Programa de la Nave Apolo. El programa preveía un primer vuelo de la cápsula principal alrededor de la Tierra en octubre de ese año; le seguiría otro, asimismo orbital, que incluiría también el módulo lunar. Pero el módulo lunar no estaría listo hasta la primavera, con lo cual todo el programa iba a retrasarse, poniendo en peligro el objetivo marcado por Kennedy: “En la Luna antes del fin del decenio”.

Por otra parte, los satélites espía estadounidenses habían localizado el supercohete ruso N-1 (el equivalente al Saturno 5 de von Braun) instalado en la rampa de Baikonur. Quizá aún no fuese operativo, pero lo que sí era seguro es que, utilizando cohetes Proton de menor tamaño, la Unión Soviética podría lanzar una cápsula tipo Soyuz en trayectoria circunlunar. No sería un intento de alunizaje, pero el impacto propagandístico resultaría inmenso.

Low envió su propuesta a los escalones superiores de la NASA. Si el primer vuelo tripulado de la nave Apolo tenía éxito, el siguiente sería hacia nuestro satélite. Sin módulo lunar. Solo ir, orbitar unas cuantas veces y regresar.

La primera misión tripulada, el Apolo 7, resultó un éxito. Matizable, ya que los tres astronautas contrajeron unos catarros que les pusieron de un humor de perros durante todo el vuelo. Eso, combinado con la exasperación que les produjo el que el control de tierra estuviera cambiando y ampliando el programa de experimentos, acabó por explotar en el primer motín a bordo de una nave espacial. Ninguno de los tres volvió a volar. Pero esa es otra historia.

Así, en noviembre de 1968, la NASA anunció oficialmente el cambio de planes. Apolo 8, con sus tres tripulantes —Frank Borman, Jim Lovell y William Anders—, iría a la Luna aprovechando la siguiente ventana de lanzamiento, en diciembre. Pasarían las Navidades donde ningún ser humano había estado antes. Había prisa. Para entonces, la URSS había enviado dos cápsulas en la misma trayectoria. Sin personas a bordo, pero sí con un pequeño zoo: un par de tortugas, moscas, lombrices, plantas, semillas y cultivos de bacterias. Esos fueron los primeros seres vivos que visitaron las cercanías de nuestro satélite.

Retrospectivamente, el vuelo del Apolo 8 asumió un altísimo riesgo. Casi temerario. Sin vehículo de alunizaje, la nave nodriza era por completo dependiente de su motor de maniobra tanto para entrar en órbita lunar como para romperla y volver a la Tierra. No había alternativa. Con toda probabilidad, cualquier catástrofe a medio camino habría resultado fatal. Cuando, años más tarde, el Apolo 13 sufrió la explosión de un depósito de oxígeno, la tripulación pudo sobrevivir convirtiendo su módulo lunar en una especie de bote salvavidas. El motor que debía permitirles alunizar les sirvió para maniobrar hasta una trayectoria de retorno asegurado a la Tierra (trayectoria muy similar a la prevista para Artemis 2). Y fue apurando sus reservas de aire, agua y electricidad que pudieron completar el viaje.

Artemis 2 se enfrenta a un problema parecido: tampoco llevará vehículo de alunizaje. Este es responsabilidad de SpaceX, la empresa de Elon Musk, y todavía no se sabe cuándo volará por primera vez. El contrato con la NASA exige demostrar un descenso y ulterior despegue de la Luna bajo control automático antes de confiarle pasajeros humanos. Eso debería ocurrir en 2028, así que el tiempo apremia.

La NASA no ha querido arriesgarse como lo hizo en 1968. En especial, tratándose de una nave nueva, que solo ha volado una vez sin tripulación. Es por eso que Artemis 2 no orbitará la Luna. Se limitará a describir una trayectoria en forma de 8, pasando a gran altura sobre la cara oculta para enfilar a continuación camino a casa. Aunque fallasen todos los sistemas de propulsión, el retorno estaría asegurado desde el primer minuto. Para la agencia, eso es lo más importante.

¿Y qué harán los astronautas durante el viaje? Esencialmente, comprobar a fondo todos los sistemas de a bordo, desde las cámaras y el ordenador para navegación estelar (los Apolo se apañaban con un sextante y un ordenador con memoria de 38 K) hasta el nuevo inodoro empotrado en el suelo de la cabina, al que no le falta una puerta para garantizar cierta privacidad. Hace medio siglo, los astronautas solo disponían de bolsas de plástico y tenían que confiar en que sus compañeros mirasen hacia otro lado mientras las utilizaban.

En especial, los astronautas practicarán la aproximación y vuelo en formación con la última etapa del cohete. Es un ejercicio preparatorio de lo que sus compañeros de Artemis 3 tendrán que hacer, pero esta vez para acoplarse al aterrizador lunar. Es una maniobra rutinaria, tanto en modo manual como automático: las cápsulas Soyuz y Dragon la ejecutan cada vez que tienen que llevar tripulaciones nuevas a la estación espacial. Pero para la nave Orion de Artemis 2 es una primicia.

Vuelo a la luna

Al fin y al cabo, la NASA todavía recuerda los problemas que acuciaron en 2024 a otra cápsula de nuevo diseño ―la Starliner de Boeing― en su primer intento de atracar con la Estación Espacial Internacional. Fallaron cinco de los 28 motores de control de posición, en parte por inesperadas fugas de helio y corrosión de las válvulas de combustible. Más tarde se descubriría que el culpable había sido la humedad ambiente mientras el cohete estaba en la plataforma de lanzamiento.

Los astronautas servirán de conejillos de indias. No solo durante el vuelo. Los cuatro llevan seis meses facilitando muestras de sangre, saliva y orina para compararlas con las que se obtengan durante y después del viaje. La idea es realizar un estudio de biomarcadores inmunitarios. También han cedido muestras de su médula ósea que se han implantado en pequeños dispositivos del tamaño de un lápiz electrónico para ver cómo responden los tejidos a la radiación y a la microgravedad. Y durante el vuelo se les monitorizará el sueño, el ritmo circadiano, su nivel de estrés y su estado de ánimo. No deja de ser curiosa la atención a su estado de ánimo. No todo el mundo tiene ocasión de darse una vuelta por el espacio para contemplar, por unas pocas horas, la cara de la Luna que nadie ve.

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