Tercer Ramadán en una tienda de campaña en Gaza: “Solo hay lugar para el sufrimiento”
Dos tercios de la población de la Franja vive miserablemente en campos de desplazados y su desolación se acentúa en este mes sagrado musulmán en el que no tienen medios ni ánimo para celebrar

Tariq Ahmad se escapa cada tarde de la tienda de campaña en la que vive su familia antes de que sus seis hijos comiencen a preguntarle qué comerán para el iftar, la comida con la que los musulmanes rompen el ayuno del día al ponerse el sol durante el mes de Ramadán. Este padre solo regresa cuando sabe que las ollas comunitarias, organizadas por organizaciones humanitarias, han llegado a Al Mawasi, zona del sur de Gaza, donde se tuvo que desplazar hace meses para salvar la vida.
“Cuando estás en tu hogar, te sientes seguro y tienes ingresos, Ramadán es muy diferente que cuando lo vives en una tienda de campaña, con hambre y con miedo”, resume este guardia de seguridad escolar, sin trabajo desde hace más de dos años.
Para gran parte de las familias gazatíes, es el tercer Ramadán que pasan desplazadas en una tienda de campaña o viviendo entre las ruinas de sus casas. Pese al alto el fuego en vigor desde octubre, el miedo sigue muy presente, alimentado por los bombardeos puntuales, la presencia militar israelí en la Franja y la devastación que invade todo. En Gaza, este mes sagrado de ayuno y oración era el momento de decorar las calles con luces, escuchar las llamadas a la oración en las calles, las tiendas o las escuelas y compartir comidas familiares antes del amanecer y al anochecer. En 2026 y por tercer año consecutivo, vuelve a ser sinónimo de ayuno y de poco más.
“La vida en una casa y en una tienda no se pueden comparar. Es como el cielo y el infierno”, dice Ahmad, de 43 años, que ha improvisado fuera de su tienda de campaña una decoración con latas de refresco vacías que ha convertido en farolillos con la ayuda de sus hijos.
Según la ONU, la escasez y los altos precios de las mercancías que se venden en los comercios de Gaza hacen que muchas familias no se hayan podido permitir ningún lujo en este momento. Un farolillo que antes costaba 30 séqueles (ocho euros), ahora cuesta 60 (16 euros), por ejemplo.
“Mis hijos llevan dos semanas pidiendo shawarma. Cuesta seis euros cada uno y somos ocho en la familia. No tengo nada, incluso tuve que pedir dinero prestado para comprar pan”, corrobora Ghudayr, esposa de Ahmad, enfermera diplomada, mientras abraza a los niños más pequeños, Hamza, de 10 años, y Mahmud, de seis.
Mis hijos llevan dos semanas pidiendo shawarma. Cuesta seis euros cada uno y somos ocho. No tengo nadaGhudayr, madre gazatí
Su hijo mayor, Obaidah, tiene 17 años y está en su último año de secundaria, a punto de entrar en la universidad. Pero el chico no está bien. “Siempre distante, siempre triste, siempre pensando en cosas oscuras”, observa su padre, preocupado.
La familia sobrevivió a un bombardeo en un edificio vecino hace algunos meses y la explosión provocó una grave sordera a su hija Yara, de 11 años, que tiene que usar un audífono. Pero la batería cuesta casi 10 euros y hay que cambiarla cada dos semanas, algo que la familia no puede permitirse.
Ghudayr explica que todos los hijos tienen traumas que se traducen en “alteraciones del sueño, llanto repentino o gritos”. “Todo debido a las privaciones y a la vida en una tienda, donde no hay ni lo más básico. Lo que estamos viviendo es una sentencia de muerte ejecutada a cámara lenta”, resume.
Solo dolor
Serin al Aqqad, de 36 años, no puede ocultar sus lágrimas. Arrodillada junto a una pequeña palangana fuera de su tienda de campaña, también en la zona de Al Mawasi, frota una olla con un chorrito de agua y un trozo diminuto de jabón, racionando ambos con la precisión de quien ha aprendido con el tiempo que nada se puede desperdiciar. A su alrededor, sus cinco hijos entran y salen de la tienda de campaña. La mayor, Taghrid, tiene 17 años, el menor, Ghaith, tenía dos meses cuando comenzaron los bombardeos israelíes en octubre de 2023. “Antes de la guerra, el Ramadán significaba alegría. Ahora no significa más que dolor”, asegura la mujer.
Antes de octubre de 2023, la familia Al Aqqad vivía en un apartamento de tres habitaciones y dos baños en el centro de Jan Yunis, en el sur. Cada año en Ramadán lo decoraban con luces y preparaban copiosos iftar, que compartían “en paz y con seguridad”, dice la madre.
Según la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), al menos dos tercios de la población, es decir, 1,4 millones de personas, viven en unos 1.000 campos de desplazados, en espacios superpoblados y en tiendas que no ofrecen ni privacidad ni protección.
La familia Al Aqqad tuvo que huir de su casa en diciembre de 2023. En enero de 2024, Taghrid resultó herida en una mano en el bombardeo de una tienda de campaña cercana y a Abbas, el padre de familia, el impacto le provocó un derrame cerebral y desde entonces, habla con mucha dificultad. Meses después, resultó herido de nuevo por esquirlas en un bombardeo cerca del campo de desplazados. “Apenas puede expresarse y su salud no le permite trabajar. Y aunque pudiera, no hay trabajo. Vivimos gracias a la caridad y cuando no llega, pasamos hambre. Ya ha ocurrido varias veces”, explica.
Antes de la guerra, Ramadán significaba alegría. Ahora no significa más que dolorSerin al Aqqad, madre gazatí
El primer día de este Ramadán, la familia recibió arroz de una cocina comunitaria. El día de después, Al Aqqad cocinó lentejas, pero sus hijos le siguen pidiendo cosas que ella no les puede dar. “En este Ramadán, mis penas son como montañas y solo hay lugar para el sufrimiento”, dice.
La madre subraya, por ejemplo, que su hija mayor tiene que caminar 12 kilómetros cada día, seis de ida y seis de vuelta, para asistir a clases de matemáticas, porque no tienen dinero para pagar un transporte. “En lugar de mimar a mi hija en la flor de su juventud, la veo humillada y privada de todo”, solloza la mujer.
Hundidos en la amargura
Said al Kahlout, profesor de salud mental en la Universidad de Al Aqsa de Gaza, explica que Ramadán se convierte en una especie de detonante de la memoria, porque cuando los palestinos de la Franja comparan su vida actual con la manera de celebrar este mes antes de octubre de 2023, el dolor y el sentimiento de pérdida se multiplican.
Al menos 72.000 palestinos han muerto en los bombardeos israelíes contra Gaza desde el 7 de octubre de 2023, cuando el movimiento islamista Hamás perpetró ataques al otro lado de la frontera en los que murieron más de 1.200 personas y más de 200 fueron tomadas como rehenes y llevadas a Gaza durante meses, incluso años.
Para Al Kahlout, la vida en la tienda “cambia la relación con el mundo y erosiona la fortaleza de todos los miembros de la familia”. Además, Ramadán intensifica “su vergüenza interna”, subraya. Los padres no pueden proporcionar lo que ofrecían antes a sus hijos y sienten “que les han fallado”. “Y es injusto, porque ellos no son la causa de esta situación, pero el subconsciente es así, busca un responsable”, explica.
Y aquí, dice el experto, es cuando comienzan los conflictos matrimoniales, la dureza hacia los hijos o un repliegue hacia dentro que se traduce en mutismo y aislamiento. “Para las personas, Ramadán no es solo ayuno. Tiene un significado social y espiritual. Cuando falla lo material, la pregunta es qué representa ahora este mes. Algunas familias logran preservar la esencia de este periodo y evitar el colapso, pero otras se hunden en la amargura”, explica.
Serin al Aqqad no sabría usar términos médicos como estrés postraumático, depresión o crisis de angustia, pero habla con franqueza mientras friega los platos. “Estamos destrozados, viviendo mientras esperamos la muerte en este tercer Ramadán sin alegría y de nuevo fuera de casa”, dice.
Su marido escucha y grita todo lo que le permite su voz rota por las heridas de estos meses, mientras se niega a ser fotografiado. “Queremos que el mundo intente comprendernos. Nos están despojando de nuestra humanidad. Sálvennos de morir mientras aún estamos vivos”, pide su mujer antes de que el reportero se marche.
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