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Las otras vidas
Tribuna

La tristeza de Bryce Echenique

La tontería fluye fácilmente entre las generaciones, y la fábula del escritor borracho no parece que vaya a perder su prestigio

Fran Pulido

La última vez que lo vi, Alfredo Bryce Echenique estaba derrumbado a todo lo largo sobre una fila de asientos en una sala de espera del aeropuerto de Barajas, desmayado o dormido, mientras una voz que él no escuchaba repetía su nombre por la megafonía. Fue esa voz la que nos hizo darnos cuenta de que aquel hombre en apariencia inerte era él. El vuelo hacia Lima estaba a punto de despegar, y desde la sala de embarque se reclamaba con urgencia la aparición del último pasajero que faltaba. Mi mujer y yo nos acercamos a él y lo sacudimos suavemente, diciendo su nombre. “Alfredo, Alfredo”. Él abrió sus ojos rasgados, que parecían más japoneses por las gafas redondas, parpadeando por la molestia de la luz, y puso cara de sorpresa al reconocernos. “Elvira, Antonio, qué alegría”. Le dijimos que tenía que darse prisa, mientras la voz perentoria repetía una vez más su nombre, y le ayudamos a levantarse y a recoger sus cosas desperdigadas. Lo vimos salir aturdido, con la ropa y el equipaje en desorden, temiendo que se perdiera en el camino hacia la sala de embarque, que llegara cuando el vuelo ya estuviera cerrado.

Eso fue hace algo más de 20 años. Bryce Echenique había vuelto a establecerse en Perú, y las noticias que llegaban de él eran intermitentes y casi siempre muy tristes, como aquella condena que cayó sobre él por plagiar los artículos de otro en los suyos. Poco a poco, habíamos dejado de leer sus libros, desmayados y repetitivos. Su talento para la improvisación y la oralidad había derivado en una confusa desgana, la del escritor exhausto que sigue perseverando en el oficio aunque ya no dé más de sí. Lo habíamos conocido a principios de los años noventa, en Madrid, en un período creo que breve y particular en su vida, en el que intentaba seriamente dejar el alcohol, gracias sobre todo a la paciencia y el cuidado de su reciente esposa española. Cuento lo que vi, las pocas veces que nos encontramos. No puedo decir que formáramos parte del círculo de sus amigos, pero sí que Bryce fue siempre afectuoso sin reserva, sin arrogancia, sin ese oficialismo del escritor latinoamericano consagrado, en el que siempre había algo de conciencia de la propia posición atemperada por una soltura y una cordialidad un tanto diplomática.

Bryce, que venía de un linaje de oligarcas peruanos, parecía más bien un hijo pródigo, que en absoluto daba por supuesto su lugar ni en el orden social ni en el de la literatura. Hablaba con un fervor sin suficiencia de los libros que más le gustaban, porque tenía la rara cualidad de admirar sin recelo.

Descubrimos pronto aficiones musicales comunes, y una de las veces que quedamos a cenar con su mujer y él le regalamos un precioso estuche de CD de Frank Sinatra, por quien sentía una devoción no inferior a la de Hemingway. Y hablaba sin descanso de Mario Vargas Llosa, con una lealtad de hermano menor que de un modo u otro modela su propia vida por comparación con el primogénito, no tanto compitiendo con él como afirmando a conciencia o instintivamente su diferencia personal. Vargas Llosa era vertical, formidable, deportista, tan acorazado en sus trajes a medida como en las chapas brillantes de una armadura. Incluso en privado, Vargas Llosa tendía a hablar y a escribir en público. Bryce podía ser elegante, pero vestía de cualquier manera, y a diferencia de otros hermanos mayores del éxito latinoamericano, carecía de la cualidad de paralizar una reunión cuando aparecía en ella, y de callar a los demás cuando tomaba la palabra. Su literatura era una expansión deslenguada de sí mismo, y su único artificio era la naturalidad, que es muy difícil de conseguir por escrito. En aquellos años de portentosas ingenierías narrativas y amplitudes continentales, una novela como Martín Romaña se sostenía sobre el más simple de todos los recursos, una voz en primera persona, un narrador y héroe tan perezoso que lo contaba todo desde un sillón Voltaire, mueble que muchos descubrimos en esa novela. La figura tan reiterada del escritor latinoamericano en París, y santificada hasta el papanatismo por Julio Cortázar en Rayuela, Bryce Echenique la convertía en la de una especie de pícaro charlatán y gandul, que en vez de someterse responsablemente a un armazón narrativo se dejaba llevar por una divagación ilimitada, sin orden y sin gloria, sin visibles asideros intelectuales. Como un pícaro descreído de las solemnidades y los valores oficiales del mundo, Martín Romaña miraba desde fuera y con sentido del humor lo que en la época de la publicación de la novela todavía era un material prestigioso, hasta sagrado, la épica del Mayo del 68 en París. Martín Romaña, enamorado y enamoradizo, insobornable en su gandulería y en un escepticismo que tenía mucho de inocencia, satirizaba los tumultos y los torrentes de banderas, consignas e imposturas de sublevaciones revolucionarias, con una frescura y un sentido del humor que resultaban higiénicos después de tanto atracón de elucubraciones indigestas y vacuas consignas.

Una noche que fuimos a cenar a su casa, Bryce tenía en el suelo, al alcance de la mano, una caja de botellas de tónica. Nosotros nunca lo vimos en aquellas borracheras que dieron pie a tanta calderilla de anécdotas que siguen circulando todavía. Su conversación era inteligente y lúcida, y el don de la oralidad se mantenía tan fértil como otras veces, pero en la mirada de Bryce se notaba un fondo de desolación que probablemente no tenía tanto que ver de la ausencia del alcohol como de un fatalismo de enfermo incurable que se insinuaba debajo de la esperanza que su mujer intentaba fortalecer en él. Bryce fumaba y bebía tónica a sorbos cortos y frecuentes. Escuchaba a Frank Sinatra y sonreía con felicidad y tristeza.

Al cabo de un tiempo, ahora no recuerdo cuánto, nos encontramos con su mujer y nos dijo que se habían separado. El alcoholismo que daba materia para tantas historietas se volvía infernal cuando del ámbito de los bares pasaba a la vida íntima. Ahí quedaban amargamente canceladas las leyendas de los artistas geniales y beodos, más geniales cuanto más borrachos y nocturnos, disidentes de la beatería de la salud y la vida diurna, heroicos en su malditismo y hasta en sus bronquitis y enfisemas, estigmas del talento. Era una mitología masculina, aunque hubo excepciones. En los pubs de nuestra juventud, el humo del tabaco espesaba la luz turbia de los licores más fuertes. El alcohol proyectaba fantasmagorías: de amistad, de confabulación de la rebeldía y el talento, de revelaciones literarias que duraban menos que las inmundas y celebradas resacas, en las que aparecían a veces vacíos temporales de varias horas: uno habría hecho o dicho cosas que no podía recordar. La amnesia se confundía con el resentimiento. Unos se salvan y otros se condenan. Unos resisten, cambian de vida, y otros se quedan atrás, en la noche de la que los demás han desertado, en la bohemia insalubre de la que ya no van a salir.

No era el alcohol la fuente de la inspiración de Alfredo Bryce Echenique, pero sí fue uno de los ingredientes de su decadencia como escritor, igual que el alcohol y la heroína (junto a la brutalidad de la policía americana) mermaron las facultades y aceleraron las muertes prematuras de Charlie Parker y de Billie Holiday, y de tantos más. Los aprendizajes más valiosos rara vez traspasan los límites de las generaciones, pero la tontería fluye fácilmente entre ellas. La fábula del escritor borracho no da muestras de que vaya a perder su prestigio. Cada vez que en un obituario veo que se celebran las hazañas etílicas del difunto, me acuerdo de Alfredo Bryce Echenique, extraviado por los corredores sin alma del aeropuerto mientras por la megafonía aseguraban que aquel era el último aviso. Anunciaron nuestro vuelo y nos despedimos de él. Cualquiera sabe si llegó a embarcar en aquel avión hacia Lima.

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