Agrupémonos todos
Las fuerzas progresistas se pelean con saña hasta que el triunfo del enemigo contra el que no supieron unirse les descubre que tienen en común la cárcel, la persecución, el exilio


Las fuerzas progresistas se pelean con saña entre sí hasta que el triunfo del enemigo contra el que no supieron unirse les hace descubrir que por fin tienen algo en común: la cárcel, la persecución, el exilio. Los que tanto se pelearon se encuentran por fin juntos en una celda, o en un café de desterrados en el que van envejeciendo sin mucha expectativa de regreso, y en el que son capaces de revivir con una furia parecida los enfrentamientos que los debilitaron hasta hacer más fácil su derrota. Pasan los años, y en vez de la lucidez del escarmiento lo que llega es el victimismo que convierte en épica el fracaso y permite volver a las andadas, una vez que la democracia que no se supo defender queda restablecida, una o varias generaciones después. En la universidad yo no aprendí casi nada, pero desde muy joven me ha apasionado el estudio de la Historia. No creo en las leyes históricas inquebrantables que nuestros profesores querían inculcarnos, pero sí en la capacidad de obcecación de la mente humana. Y lo que he aprendido del trabajo de los historiadores, y de los testimonios de muchos perseguidos y exiliados, lo voy pudiendo completar con una memoria personal que se remonta a los primeros años sesenta, y que sigo cultivando con un grado creciente de melancolía, aunque no de fatalismo, pues esa misma experiencia me dice que a veces las cosas cambian a mejor.
En la Alemania de Weimar, que tan actual se nos vuelve a cada momento, los comunistas llamaban socialfascistas a los socialdemócratas, y los combatían con más furia que a los nazis, junto a los cuales votaron unas cuantas veces en el Parlamento. Los comunistas alemanes, como los de otros partidos de Europa, incluidos los del entonces minúsculo PC español, seguían la consigna dictada por la Tercera Internacional, es decir, por el poder soviético y Stalin: la confrontación máxima, la “guerra de clase contra clase”. En circunstancias imposibles de derrota e inflación, gobiernos formados por socialdemócratas y partidos de centro y de inspiración cristiana habían ido tejiendo una república de grandes mejoras sociales y progreso democrático, a cada momento amenazada por conspiraciones de extrema derecha y por la creciente brutalidad demagógica de los nazis. Pero a partir de 1933, cuando empezaron las persecuciones y se abrieron los primeros campos, los comunistas se encontraron compartiendo el destino de los que creían sus peores enemigos, aquellos vergonzosos reformistas y socialfascistas, los socialdemócratas.
Fue en noviembre de ese mismo año cuando en las elecciones generales de la República española la dirigencia del Partido Socialista decidió no repetir la coalición con los republicanos que había llevado a la victoria en 1931, propiciando dos años de consolidación del régimen y avances sociales de mucho calado: en la construcción de escuelas públicas, en el derecho a voto de las mujeres, entre otros. En las guerras internas de los socialistas se imponía la actitud extremista de Francisco Largo Caballero, que dominaba el partido y la UGT, por encima de dirigentes más sensatos, Indalecio Prieto y Julián Besteiro. Sindicalista veterano pero de pocas luces, Largo Caballero había caído bajo la influencia de intelectuales doctrinarios como Julio Álvarez del Vayo y Luis Araquistain, de los que yo siempre he sospechado que actuaban a las órdenes directas de los soviéticos. Como era de prever, la pureza ideológica y el utopismo político que a Largo Caballero le impedían colaborar con burgueses reformistas y poltrones como Manuel Azaña sirvió para que esas elecciones las ganaran las derechas, la CEDA católica y el Partido Radical de Alejandro Lerroux. Los anarquistas, tan puros siempre, promovían la abstención. Lerroux era un antiguo libertino incendiario, y Gil-Robles, el líder de la CEDA, un beato de misa diaria, pero eso no les impidió colaborar en un Gobierno impaciente por abolir los avances de los dos años anteriores.
En vez de aprender una lección, Largo Caballero y los suyos decidieron dar un paso valeroso hacia el abismo. Que el Gobierno fuera conservador y Lerroux un botarate corrupto en modo alguno justificaba nada menos que un levantamiento armado contra la legalidad republicana. En octubre de 1934, el Partido Socialista y la UGT, bajo la inspiración de Largo Caballero, al que sus manipuladores halagaban llamándole el Lenin Español, dieron la orden de desatar un movimiento revolucionario que no tenía ni planificación ni fines claros, pero que, al prender entre los mineros de Asturias desató una represión militar que fue el ensayo general del salvajismo del golpe de 1936. El Lenin Español se quedó en su casa. Indalecio Prieto, que había maniobrado para suministrar armas a los revolucionarios, aunque era consciente del disparate que emprendían, escapó gloriosamente a Francia en el maletero de un coche.
Poco después, Stalin cambió de estrategia: de la guerra de clases había que pasar a los frentes populares contra el avance del fascismo. Ahora sí se podía unir fuerzas con reformistas socialdemócratas y burgueses. Formado a toda prisa, y con muy pocos objetivos unitarios de verdad, salvo la amnistía para los presos de 1934, el Frente Popular español fue tan débil que en el momento mismo de la victoria en febrero de 1936 ya estaba desmoronándose. Conseguida la amnistía, los anarquistas siguieron con sus estrategias de agitación permanente. Los socialistas estaban tan divididos que ese Primero de Mayo Indalecio Prieto tuvo que dar su mitin en Cuenca, y no en Madrid, donde no iban a permitirlo los caballeristas. Juan Negrín tuvo que salir huyendo del acto público en el que participaba, interrumpido a tiros por pistoleros de su propio partido. Abandonados a su suerte por la irresponsabilidad y la trifulca interna de los socialistas, sus únicos socios naturales, los republicanos formaron solos un Gobierno condenado a una inestabilidad extrema, justo cuando arreciaban la violencia sectaria y las conspiraciones militares. Cuando llegó el 18 de julio, Madrid estaba paralizado por una huelga de la construcción decretada por la CNT. El sindicato no consideró que una amenaza de golpe militar fuera motivo para suspenderla.
En el Hospital Real de Granada, donde estaba entonces la Facultad de Letras, hubo en la primavera de 1976 una explosión de huelgas, de asambleas políticas, de pintadas y carteles que llenaban los muros, carteles enormes escritos a mano con proclamas revolucionarias, muchos signos de admiración, estrellas rojas, hoces y martillos. Vivíamos en una especie de Mayo del 68 pobre y comprimido: a unos pasos, montaban guardia los furgones y las patrullas de los grises, que en cualquier momento podían asaltarlo. A lo que nos dedicábamos en aquella especie de invernadero ideológico era a pelearnos los unos con los otros, cada uno en el reducto de su partidillo ínfimo, troskos, chinos, marxistas-leninistas, hasta unos exóticos carlistas defensores del socialismo autogestionario. Los partidos de extrema izquierda se multiplicaban por escisión, como las amebas. Los más fuertes y mejor organizados, claro, eran los comunistas del PCE, contra los que se enfurecían de manera unánime todos los demás, por su reformismo (¡habían renunciado a la dictadura del proletariado!), en los ratos en los que no estaban peleándose entre sí con disquisiciones teóricas ardientes, aunque también superfluas. ¿Íbamos a derribar solo al fascismo, en una primera frase revolucionaria, o, ya puestos derribaríamos a la vez el fascismo y el capitalismo, en vez de conformarnos un tiempo con la democracia burguesa? Éramos como cristianos primitivos discutiendo en las catacumbas sobre la naturaleza del Espíritu Santo mientras los leones del circo se relamían en sus jaulas. Estábamos tan concentrados en nuestros anatemas mutuos que casi no nos acordábamos de que el franquismo permanecía intacto. De vez en cuando, la Policía daba un golpe y se llevaba por delante a alguien sin fijarse en las siglas, y le aplicaba la todavía vigente ley antiterrorista, que no era una broma, aunque Franco estuviera muerto. Pero andábamos tan a la greña que ni las colectas para pagar multas y abogados para los detenidos eran unitarias.
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