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columna

La vida exagerada de Alfredo Bryce Echenique

Hemos perdido a uno de los mejores genios cómicos de nuestra lengua, también un personaje en sí mismo

Bryce Echenique, en una imagen de 2012.Samuel Sánchez

Martin Amis escribió que siempre andamos escasos de genios cómicos. Con la muerte de Alfredo Bryce Echenique a los 87 años hemos perdido a uno de los mejores de nuestra lengua. Bryce escribió una novela conmovedora e inolvidable, Un mundo para Julius, una evocación divertida y a veces tristísima de la infancia. Pero mi libro preferido de Bryce es La vida exagerada de Martín Romaña, una novela rabelesiana llena de humor autodenigratorio, con un “hombre inútil” que en su monumental despiste sigue a una amante a las barricadas de mayo del 68 y hace el ridículo de casi todas las maneras posibles. La lectura del capítulo “El vía crucis rectal de Martín Romaña” me provocó un ataque de risa que me tiró del sofá de la casa de mis abuelos.

La vida exagerada tiene una segunda parte excelente, El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz. Y, aunque otros libros suyos son más irregulares, todos tienen momentos brillantes: los cuentos de Huerto cerrado, las antimemorias Permiso para vivir, o la novela Reo de nocturnidad. Creador de títulos memorables, se convirtió en un cómico legendario: borrachuzo, desvalido y protagonista de anécdotas disparatadas. La más célebre, que varias personas aseguran haber presenciado en ciudades distintas, cuenta que se duerme en una mesa redonda ayudado por el alcohol. Cuando llega el turno de preguntas, se invoca la figura de Manuel Alvar. Bryce abre los ojos y dice: “Eso digo yo, al bar, al bar”, y se levanta y se va.

Nacido en una familia privilegiada y miembro de la generación inmediatamente posterior al boom, sus libros mezclaban el retrato social de peruanos de clase alta en América y Europa, el humor y un componente sentimental. Sus personajes sufrían y eran a ratos insufribles. Aunque en los cuentos había mucho de Hemingway —un ejemplo es el impresionante “Baby Schiaffino”—, en las novelas combinaba un tono proustiano con el gusto por las digresiones de Sterne y una afición cervantina a la ironía y la metaficción. Un poco a la manera de sus personajes, se encargó de sabotearse a sí mismo y dilapidar su prestigio: qué hacía un escritor de talento extraordinario como él plagiando artículos. Ese error postergó un reconocimiento que su obra merecía, pero lo mantuvo alejado de la solemnidad.

Tenía fama de ser un narrador oral deslumbrante, y algo de eso se respira en sus novelas: Jorge Eduardo Benavides, que subraya su generosidad, dice que a veces contaba una anécdota autobiográfica, olvidando que se la había atribuido a un personaje de sus libros. A lo largo de muchos años, he oído y leído a varias personas —de David Trueba a José Antonio Montano— contar que les gustaba regalar libros de Bryce Echenique: todos queremos que nuestros amigos lo pasen bien.

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