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TRIBUNA

Soñar en el Tercer Reich

Lo peor de vivir ya de lleno en una estructura mentirosa a todos los niveles —político, institucional, sentimental— es que nos aboca a gestos falaces

Un grupo de mujeres trabajan en pequeños bustos de Hitler.EFE

¿Quién no ha tenido alguna vez la maravillosa sensación de que la vida nos pone en las manos el libro apropiado cuando buscábamos otro distinto? A mí volvió a sucederme el mes pasado en Buenos Aires, cuando buscaba una novela de Clarice Lispector y encontré El Tercer Reich de los sueños, de Charlotte Beradt, un proyecto tan asombroso que al principio pensé que era pura ficción, realizado por una periodista alemana durante los años de la consolidación del nazismo (1933-39).

En aquella Alemania que se precipitaba sin freno hacia el fascismo (de una manera muy parecida a como nosotros nos dirigimos actualmente hacia un totalitarismo renovado), Beradt concibió una sospecha: la de que los sueños de la gente corriente contenían una clave para entender su tiempo, así que se planteó elaborar un vasto catálogo de sueños que actuase como un retrato fiel de su era. Buscaba indagar hasta qué nivel las legislaciones raciales, el monitoreo severo, las violaciones a la vida privada y el ambiente de pavor constante se habían infiltrado también en el inconsciente de los individuos. Este inventario de sueños de Beradt suponía algo superior a una mera curiosidad mental; era una tentativa angustiosa por entender su época justo cuando los instrumentos de interpretación habituales se habían vuelto anticuados.

Estuve varias jornadas leyendo la obra de Beradt con conmoción, no solo por su relevancia histórica, sino por la similitud con gran parte de nuestras emociones presentes. Me daba la impresión de que, más allá del esperado temor a las arbitrariedades del Estado, todos esos sueños de ciudadanos comunes poseían, junto a los míos actuales, una característica perturbadora que no lograba precisar, hasta que hallé una narración que me sacudió por completo. Se refería a la experiencia onírica de un hombre de negocios de raíces judías. En su realidad cotidiana, este individuo sentía un rechazo manifiesto a realizar el saludo nazi, pero en su sueño acontece algo pavoroso: se encuentra en su pequeño taller cuando de repente recibe la visita del propio Goebbels, lo que le compele a ejecutar el saludo nazi por simple subsistencia. Lo que acontece después es un tormento, ya que tras un esfuerzo agotador por elevar el brazo, no logra volver a bajarlo. La extremidad permanece inmovilizada perpetuamente en esa señal engañosa.

Al leer esa pesadilla sentí que me emocionaba porque había en mí algo que se parecía al miedo del empresario: el de hacer, por frivolidad o supervivencia, un gesto falaz del que luego no pudiera salir. Más aún, pensé que lo peor de vivir ya de lleno en una estructura mentirosa a todos los niveles —político, institucional, sentimental— como la que caracteriza a este mundo pre-totalitario es precisamente que nos obliga a comunicarnos a través de estructuras que nos abocan a gestos falaces. No se trata, por ejemplo, de que los políticos mientan, sino de que mientan sabiendo que quienes les escuchan dan por descontada la mentira y hasta cuentan con ella; que la mentira no es un accidente o una debilidad, sino una condición necesaria para comprender el discurso. Una mentira estructural parecida a la de las redes sociales cuando colgamos fotos (embellecidas, o editadas, o parcialmente verdaderas, lo que no es más que otra forma de falsedad), para que crear con ellas la ficción de una identidad frente a personas que también son conscientes de su falacia y que hacen lo mismo con sus propias vidas. El peligro de dar por descontada la inautenticidad de todos nuestros sistemas de comunicación no es tanto que se normalice una conciencia cínica de la realidad, como el hecho de que cuando queramos ser veraces, ya no podremos serlo. No se trata tanto de que lo falso haya usurpado en lugar de lo verdadero, como de que lo falso es ya lo verdadero para nosotros. Ese era el sueño del empresario alemán, lo comprendí de pronto, por eso no lograba bajar el brazo en su sueño. Y me acordé también de una historia de una campesina asturiana que me fascinó en su día, la de una mujer muy sencilla, que para no herir a una hermana con una salud frágil, comenzó a fingir desde muy niña que era coja, y que cuando murió su hermana, cuarenta años después, ya no fue capaz de caminar con normalidad: su cojera fingida era más verdadera que la verdad.

En su monumental Crítica a la razón cínica, el filósofo alemán Peter Sloterdijk, advertía con lucidez que el cinismo estructural era un sistema de protección frente a la irrupción de los totalitarismos, una disidencia del pensamiento. Pero uno no se va de rositas de los gestos inauténticos, quien hace el show de una indignación que no siente, quien construye su identidad aparentando ser más feliz de lo que es, quien simula ser una víctima cuando no es una víctima, quien finge ofenderse ante un chiste y obliga al humorista a teatralizar un arrepentimiento para evitar la cancelación, quien amenaza con provocar una guerra para que otros la precipiten, no trata de “esconder” una verdad con una mentira, sino de crear una nueva realidad. El cinismo, más que una superación de la realidad mediante la inteligencia, es la manifestación de la angustia que provoca en nosotros no poder aceptar la realidad. Ser cínico, no es signo de inteligencia, sino una demostración de flaqueza y debilidad. Lo descubrimos la primera vez que nos acorraló un matón en el colegio, pero a ratos es como si no hubiésemos terminado de entenderlo.

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