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Columna

Esperando al ‘gulag’ comiendo gambas

Por respeto a los héroes como Pavel Talankin, pero también por higiene del debate público, deberíamos ser más escrupulosos al hablar de tiranías

Pavel Talankin, en el documental 'Mr. Nobody contra Putin'.Pavel Talankin/Kino Lorber

Quienes nacimos en democracias y aún vivimos en ellas frivolizamos sobre la opresión y la libertad. Hay en España gente convencida de que vive en una tiranía y de que cualquier día los van a llevar al gulag por meterse con el Gobierno. Sus diatribas serían más creíbles si no las proclamasen con los dedos manchados de gambas en un restaurante con estrella Michelin, mientras piden una tercera botella de vino y celebran la publicación de su último libro, que ningún censor ha tocado y que sus lectores leen en la playa sin esconderlo. También los hay —aunque cada vez menos— convencidos de que el franquismo nunca desapareció, y lo dicen en prime time desde la televisión, sin que la emisión se interrumpa con marchas militares ni la brigada político-social se los lleve a la Puerta del Sol para interrogarlos.

A unos y a otros les vendría bien ver Mr. Nobody contra Putin, el documental que ha ganado el Oscar y que cuenta, desde la ingenuidad, la periferia, el compromiso democrático feroz y una valentía emocionante cómo se construye una tiranía. Si después de ver esta obra maestra siguen diciendo que viven en una tiranía comunista o franquista, propongo llevarles de viaje a Karabash, en el corazón industrial de los Urales, escenario de la película. No digo que los llevemos en penitencia, sino como viaje educativo, que vean cómo se vive en un experimento totalitario donde todas las opiniones, salvo la oficial, han sido proscritas.

Por desgracia, tendrán que visitar Karabash por su cuenta, pues su mejor guía, Pavel Talankin, exprofesor de instituto y coautor del documental, ha huido de Rusia. Tras ganar el Oscar y postularse como enemigo público destacado de Vladímir Putin (convirtiendo el título de la obra en profecía), se enfrenta a una vida incierta de clandestinidad y precariedad. No sé de qué vivirá este simpático y valiente ciudadano que no habla inglés y nunca había salido de su pueblo remotísimo, ni cómo escapará de las larguísimas zarpas del Kremlin.

Su coraje y su compromiso solitario y lúdico con una idea elemental de la democracia son lenitivos contra las exageraciones cotidianas de quienes hablamos por hablar, a gritos y desde cualquier tribuna, sin miedo a que nos metan en una cárcel rusa. Por respeto a los héroes como Talankin, pero también por higiene del debate público, todos deberíamos ser más escrupulosos al hablar de tiranías y dictaduras. No vaya a ser que, de tanto invocarlas, acabemos sufriéndolas.

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