TV para los que no tienen dispositivo. (36
La nueva novela de Emmanuel Carrère es, paradójicamente, muy televisiva


En algún momento de mediados de los años sesenta, Emmanuel Carrère descubrió que en las casas de sus amigos había algo que la suya no tenía: una televisión. En chez Carrère se mataba el aburrimiento leyendo, y así se conectó el futuro escritor con la cultura literaria, pero se desconectó de la torrentera de cultura popular que amalgamaba a su generación.
Lo narra en su último libro, Koljós, un espléndido homenaje a la demolición de estatuas, una lluvia de prosa contra el propio tejado. Es una obra, curiosamente, muy vinculada a la pequeña pantalla: para aquel hogar que carecía de televisor, la televisión ha resultado fundamental.
La relación distante y gélida entre la madre, la historiadora y académica Hélène Carrère d’Encausse, y el hijo, Emmanuel, tiene un clímax muy divertido en el programa Apostrophe, al que bien le cabe el cliché de mítico en la tele y en la literatura francesas. El relato de una entrevista conjunta en un episodio dedicado a padres e hijos escritores, y lo que pasó en el plató o no —porque Carrère es el menos fiable de los narradores, nunca sabes qué se inventa, cuándo juega y cuándo se somete a la verdad—, revela que, a veces, las cosas importantes suceden en directo y ante una cámara. No todo es fingimiento ni banalidad: la verdad también puede abrirse paso en prime time. Esto va en contra de casi toda la literatura occidental, que defiende que lo relevante ocurre en la intimidad, fuera de plano, en silencio y, a menudo, dentro de la conciencia del personaje, donde no se puede grabar nada.
Como autoridad intelectual, Hélène Carrère d’Encausse era una cara conocida que se hizo ubicua en los últimos meses de su vida, que coincidieron con los prolegómenos y comienzo de la guerra de Ucrania. La víspera de la invasión, la vieja historiadora dijo en un programa donde colaboraba que Putin jamás cruzaría la frontera. Su descrédito fue enorme. La burla, insoportable.
Dentro de la esfera intelectual descrita en este volumen, la televisión funciona como un narcótico para las masas y, al mismo tiempo, como un canal de comunicación obligatorio; un método de validación externa y una emboscada que proyecta como necios a los sujetos más instruidos. Me parece que sigue pendiente la redacción de una crónica sobre el medio televisivo que investigue dichas ambigüedades, ese magnetismo y rechazo de los círculos académicos que, a casi cien años de su aparición y con la expansión ilimitada de los dispositivos, todavía no logran definir su postura ni su comportamiento ante tal fenómeno.
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