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Columna

Los páramos de TikTok en ‘Cumbres borrascosas’

Acostumbrada a leer, ver y oír productos pensados para su comprensión inmediata, sin ambigüedad, ironía, triples sentidos, simbolismos o desafíos lingüísticos, es normal que una novela saturada de todos esos elementos la abrume y la supere

02:32
Tráiler de 'Cumbres borrascosas'
Jacob Elordi y Margot Robbie, en la película 'Cumbres borrascosas'.

“Estrépito”, “antonomasia” y “estaño” son tres palabras que la tiktokera de 25 años Bárbara Bulnes parece no entender al leerlas en un pasaje al azar del comienzo de Cumbres borrascosas. En un vídeo se quejaba del vocabulario complejo que le impedía avanzar en la lectura de la novela. Al viralizarse, ha provocado montañas de comentarios sobre la comprensión lectora de los jóvenes, su pobreza intelectual, la pérdida de capacidades cognitivas y un largo etcétera de clichés sobre la decadencia de Occidente, la caída de los dioses, la muerte de Dios y los tomates de mi infancia que aún sabían a tomate.

La pobre Bulnes respondió “por alusiones”, como en los programas del corazón, y se burló con bastante gracia de todos los intelectuales que se tenían por autoridades literarias por haber leído el Quijote en el instituto. Fue muy elegante y no recurrió al Ok, boomer. Además, enfocó el tiro del debate mejor que sus odiadores al insistir en que se estaba esforzando por leer una novela que nada tenía que ver con la literatura romántica y de thriller que solía consumir y a la que había caído por el hype de la película.

Una joven ajena por completo a los códigos de la gran literatura clásica cae en ella por un arrebato de moda. Reacciona sorprendida y un poco frustrada, pero se propone llegar hasta el final, con estrépito, aunque se le funda el estaño de las neuronas y se le resista la novela decimonónica por antonomasia.

La actitud desafiante de una lectora que no se rinde por un quítame de ahí esos páramos llenos de epítetos pone en peligro el axioma de la obviedad que domina la cultura de masas. Acostumbrada a leer, ver y oír productos pensados para su comprensión inmediata, sin ambigüedad, ironía, triples sentidos, simbolismos o desafíos lingüísticos, es normal que una novela saturada de todos esos elementos la abrume y la supere. Pero, contra lo que la mayoría de los ejecutivos de plataformas, cadenas y editoriales piensan, esto no la ha apeado del libro. Bulnes persiste cuesta arriba en ese camino tan lleno de baches lexicográficos.

A lo mejor muchos lectores y espectadores se comportan como tontos porque la industria les ha tratado como tontos, pero en cuanto se abocan a una obra que los desafía, que los respeta y que no les vende la comida a medio digerir ni saturada de azúcares, no todos huyen espantados. Algunos incluso se quedan hasta el final, y a lo mejor repiten.

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