La industria de las tertulias en España: “Son como batallas de ‘Pokémon”
Este género, barato para las empresas y popular entre el público, puede hacer a la sociedad proclive a la manipulación, según explica el libro ‘Tertulianos’ (Península) de Antonio Villarreal


Hay un bar en el madrileño barrio de Valdezarza donde un grupo de parroquianos jubilados se reúne habitualmente para tomar algo y charlar. Suelen tratar, exclusivamente, la actualidad política. Y suelen adoptar los mismos roles que los tertulianos de la tele: el liberal a la madrileña, el socialdemócrata progresista, el conservador de toda la vida, el comunista barrial. Es un bar cualquiera en un sitio cualquiera, pero probablemente el fenómeno se repita en infinidad de bares, también frente a máquinas de café en oficinas, en pasillos entre aulas, en descansos del andamio. E incluso dentro de nuestras cabezas. Si algún día, según la leyenda, fue posible cruzar la península saltando de árbol en árbol sin pisar el suelo, hoy probablemente sea posible cruzar la jornada saltando de tertulia en tertulia, de opinión en opinión, sin tocar el suelo de los hechos. Y eso acaba calando.
El periodista Antonio Villarreal, como buen reportero, supo ver más allá de esa escena cotidiana en el bar de su barrio, y se puso a investigar sobre la historia y la naturaleza de las tertulias: cómo se inventaron, de qué son efecto y causa, cuál es la forma en la que nos hacen entender la política. El resultado se encuentra en el libro Tertulianos. Un viaje a la industria de la opinión en España (Península). Villarreal no piensa que las tertulias sean el germen de la polarización, sino uno de sus muchos efectos, un formato muy beneficiado por la actual desconfianza en los medios, por los contratiempos que enfrentan las empresas (que necesitan gastar poco) y por la precariedad de los periodistas (que necesitan ganar algo). “Mediante las tertulias la gente se informa de forma mucho más endeble y los poderes pueden influir más fácilmente, porque es más sencillo cambiar una opinión de un tertuliano que un hecho”, dice el autor a este periódico. “Así, somos una sociedad más frágil y proclive a la manipulación”.
Un fenómeno, además, bastante español: en pocos sitios proliferan como aquí, tal vez por las décadas grises del franquismo en las que se podía opinar poco. “Creo que llegamos a los ochenta con muchas ganas de opinar: nos merecíamos tener nuestras tertulias. Y han crecido enormemente desde el inicio de la crisis de 2008: son un producto barato, que sirve para cuadrar balances y que al público le encanta”, dice el autor.
El kilo de tertuliano ha bajado
La figura del tertuliano (que, como observa Villarreal, ya debería tener su propia categoría en la Clasificación Nacional de Actividades Económicas) ha cambiado con los años. Los periodistas habituales se van mezclando con sociólogos o politólogos procedentes de asesorías o consultoras. “Hay quien ha llegado a las tertulias sin otras credenciales que ser un buen comunicador en internet y, de hecho, algunos piensan sus intervenciones para luego obtener corte que compartir en redes”, explica el autor.

Es muy llamativa su metáfora: el tertuliano es un ser que vive inmerso en un éter de opinión, mirando tuits, pantallazos de noticias, recibiendo argumentarios y mensajes, reciclando opiniones de tertulias más tempranas, hasta que llega su turno: saca la cabeza, emite su opinión, y vuelve a bucear en ese éter. “Y así”, dice Villarreal, “los hechos cada vez están más atrás en la cadena informativa”. Algunos, sobre todo en medios públicos, cumplen cuotas de partidos, otros son tentados por unos y por otros. Lamentablemente para su oficio, cada vez están peor remunerados. Cuando las tertulias eran menos, el mercado estaba más disputado: la proliferación ha aguado la profesión. “El kilo de tertuliano ha bajado drásticamente”, sentencia el autor. Una cifra habitual, 150 euros por tertulia. En los buenos tiempos, Ramón Tamames llegó a cobrar un millón de pesetas (6.000 euros, sin contar la inflación) por dos visitas mensuales a la COPE.
El tertuliano contemporáneo, miembro de una suerte de “aristocracia de la opinión”, ocupa un espacio borroso entre lo televisivo y lo parlamentario, como un intermediario entre el pueblo y la política con el que, además, se suele establecer algún tipo de vínculo. A base de verlos en la pantalla ya nos resultan familiares, establecemos nuestras filias y fobias, somos de unos o de otros. Entre las virtudes necesarias, la capacidad de colocar el mensaje con claridad, de captar el foco y mantener la palabra, de adecuarse sobre la marcha a los cambios que la actualidad proponga. “Es una batalla espectacularizada, se habla de lo que dicen los políticos en redes o de anécdotas personales engañosas, como que uno ve las terrazas llenas u otro ve a gente pobre por la calle… Es como una batalla de gallos del hip hop. O una batalla de Pokémon”, observa el autor.

En su libro Tenemos que hablar, el periodista Rubén Amón hace una clasificación de los tertulianos: grosso modo, los independientes, los que dependen de sus grupos mediáticos y los que dependen de los partidos. El propio Amón se coloca entre los primeros. Aunque, como observa Villarreal, las fronteras entre una categoría y otra son más bien porosas.
También es porosa la barrera entre la política y el plató. Algunos políticos salieron de las tertulias, sobre todo el exlíder de Podemos Pablo Iglesias, que vio en la tele un método gramsciano para conseguir la hegemonía (a su tertulia vallecana La Tuerka iba una joven ¡Isabel Díaz Ayuso!, hoy presidenta de la Comunidad de Madrid). Pablo Casado pasó de La Sexta Noche a secretario general del PP. “Otros, como Gabriel Rufián o Cayetana Álvarez de Toledo, han adaptado el tono tertuliano a sus intervenciones parlamentarias”, dice Villarreal. Y otros no empiezan, sino que acaban en las tertulias: fue el caso del exministro José Luis Ábalos cuando dejó el gobierno y todavía no se había visto implicado en escándalos de corrupción. Pero también expresidentas de comunidad Esperanza Aguirre o Susana Díaz.
Historia de las tertulias
Los seres humanos tendemos a añorar un pasado idealizado después del cual todo fue a peor. En el caso de las tertulias, el referente antes de la decadencia suele ser La clave, de José Luis Balbín, donde personas ilustradas con prosodia ochentera profundizaban en temas complejos: las drogas, el anarquismo, la homosexualidad. Todo ambientado por el humo de la pipa de Balbín (cuando se podía fumar en todas partes). Sin embargo, Antonio Villarreal no incluye a La clave en el género de la tertulia, sino en el de debate: era otro ritmo, otra profundidad, otro rollo.
La genealogía de la tertulia política en España pasa, entonces, por La trastienda de la Cadena SER, que se le ocurrió a Fernando Ónega cuando a la reunión de colegas plumillas dejaba de asistir el ponente invitado: ¿Qué ocurriría si solo hablasen los periodistas? Pasa también por Protagonistas, de Luis del Olmo, o por La mañana de Antonio Herrero, en la COPE, donde campó a sus anchas el variopinto Sindicato del Crimen, como se llamó a aquel grupo de periodistas y políticos empeñado en defenestrar a Felipe González. En aquella época las tertulias solían ser antigubernamentales, de modo que el vicepresidente Alfonso Guerra las calificó como “la manera que tiene Satanás para dirigirse al pueblo”.

El actual auge de la tertulia política pasa por La Sexta noche, El gato al agua o Al rojo vivo, que llena los mediodías de música de acción y “¡periodismo!” Bajo la intensa batuta de Antonio García Ferreras. Es más, las tertulias políticas ya han colonizado hasta espacios de entretenimiento donde antes nadie las esperaba: El hormiguero, de Pablo Motos, u Horizonte, conducido por el periodista del misterio Iker Jiménez. En el primero, una tertuliana habitual calificó a una de otro canal, ausente, como “mitad tetas, mitad tonta”, lo que da idea del tono —tan separado de Balbín— que ahora se estila. Eso por no mencionar las grandes tertulias que ha habido en otros campos, como el deportivo (El chiringuito) o el corazón (Sálvame, Tómbola).
Teodoro León Gross pasó de académico de la comunicación, y estudioso de las tertulias, a dirigir la suya propia en Canal Sur, Mesa de análisis. En una entrevista con Villarreal, Gross hace una precisa caracterización de este espectáculo: “La tertulia no es un género de rigor periodístico; es fundamentalmente entretenimiento y ese es el secreto de su éxito: en general, se sigue para pasar un buen rato, no para entender mejor el mundo”.
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