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Columna

¿Pero por qué las películas son tan largas ahora?

Antes de ver una película, solía preguntar quién la dirige, quién la protagoniza o incluso de qué va; ahora pregunto cuánto dura. He salido de proyecciones que eran (y sobre todo se hacían) tan largas que temí que al abandonar la sala me cobrasen el IBI

Josh O'Connor y Josh Brolin, en 'Puñales por la espalda: de entre los muertos'.

Ningún debate actual sobre lo audiovisual me ha interesado más que el que ha abierto la exhibidora británica Clare Binns. Aprovechando su momento de visibilidad tras anunciarse que este domingo recibirá el Bafta honorífico, lanzó un mensaje a los cineastas: “Si quieren ver sus películas en cines, háganlas más cortas”. El motivo: cuanto más largas, menos pases y menos beneficios para los distribuidores. Pero también menos atractivo para gran parte del público. “Hacéis películas para los espectadores”, les recordó.

No es una ocurrencia; solo hay que echar un vistazo a las carteleras y comprobar el número de películas que frisan, cuando no superan, las tres horas. No es que la duración sea mala per se. No quito un minuto a Lo que el viento se llevó o Lawrence de Arabia; lo que sucede es que antes esas duraciones eran excepcionales, y el resultado final solía justificarlas; ahora cualquier nadería supera las dos horas largas y hace sospechar que se hinchan para que parezcan más de lo que son. Antes de ver una película, solía preguntar quién la dirigía, quién la protagonizaba o incluso de qué iba; ahora pregunto cuánto dura. He salido de proyecciones que eran (y sobre todo se hacían) tan largas que temía que al abandonar la sala me cobrasen el IBI.

Es un mal que afecta aún más a las destinadas a las plataformas y ahí influye una cuestión que mencionó recientemente Matt Damon. Según el actor, Netflix (y seguro que no son los únicos) quiere que sus películas repitan la trama tres o cuatro veces en los diálogos porque la gente está mirando el móvil mientras las ve. Aunque quizás miramos el móvil porque ya hemos escuchado tres o cuatro veces la trama.

Lo corroboré estas Navidades buscando una película amena para una cita —porque en una cita queda tan poco elegante comer espagueti (eso va para los comensales de First Dates) como quedarte sopa—. Opté por Puñales por la espalda: De entre los muertos. A la media hora, incapaz de seguir prestando atención (y sin falta de mirar el móvil) a una presentación de personajes eterna y viendo que aún quedaban dos horitas por delante, la cambié por La cena de los acusados. En 86 minutos, Myrna Loy y William Powell nos dieron misterio, crímenes, personajes originales, diálogos inteligentes y a Nick y Nora, una pareja magnética de la que querrías hacerte amiga. He leído que Hollywood está preparando una nueva versión y ya no me pregunto quién la dirige ni quién la protagoniza, solo cuánto va a durar.

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