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Marina Pérez: “Ver a niñas de dieciséis años desfilando con vestidos que nunca se podrían comprar no tiene sentido”

La modelo es consciente del privilegio que es superar la ansiedad edadista. Ella ya ha llegado, es cierto, pero además hoy sus prioridades son otras

ALAÏA. La piel como estructura. Entre las prendas precisas, casi quirúrgicas, pero extremas en color y formas; entre el exceso y la contención, entre cubrir y revelar, entre el cuerpo expuesto y ocultado. La moda como ejercicio de tensión constante: ese es, a grandes rasgos, el exitoso trabajo que ha realizado Pieter Mulier en Alaïa, la firma que fue pionera en tratar el cuerpo como una escultura en movimiento.TXEMA YESTE

Cuando Marina Pérez (Madrid, 41 años) empezó a trabajar en la industria de la moda, aún no existían las redes sociales, ni siquiera la ya vetusta Facebook había irrumpido en nuestras vidas. Pérez ha vivido en primera persona ese cambio de paradigma según el cual el escrutinio ajeno de la imagen propia pasó de ser algo privativo de modelos, actrices y demás estrellas mediáticas a convertirse en una suerte de derecho democrático que nos otorga mágicamente el don de poder opinar sobre todo el mundo, en todas partes y a todas horas. “Ahora estamos expuestos a críticas de muchísima gente que ni conoces y que, en realidad, deberían darnos exactamente igual. Porque con quienes convivimos es con nosotros mismos y las opiniones ajenas y más tan aleatorias como las de las redes han de importarnos poco. Pueden ser de un chaval adolescente o de un señor de sesenta. Yo uso muy poco las redes sociales. Me cuesta muchísimo subir fotos. No me encanta verme. Si veo una foto más de dos veces, tiendo a sobreanalizar. De hecho, en las sesiones en las que trabajo, miro más el conjunto de la fotografía que cómo esté específicamente yo”.

Un sobreanálisis que, forzosamente y teniendo en cuenta los estándares de belleza en los que nos movemos, podría llegar a ser insostenible para una modelo pasados los cuarenta. Pero, a veces y de manera totalmente inesperada, los feroces mecanismos de la obsolescencia programada juegan a favor. “En mi caso, sucede una cosa: yo viví parte de esa etapa en la que con veintitantos años ya empezabas a hacer menos cosas. Ahí fui asimilando que mi carrera podía incluso haberse terminado y que quizás para mi trabajo ya se me consideraba alguien mayor. También es cierto que empecé muy joven y llegaba algo cansada [Pérez debutó con once años en una agencia de modelos de niños]. Pero más tarde se impuso esta tendencia de incluir todo tipo de generaciones en los desfiles. Así que, de algún modo y aunque fue muy rápido, sí me dio tiempo a asimilar el ‘venga, ya soy mayor’. Y, ahora que es cuando de verdad está sucediendo, siento que he pasado un poco el traumita y que me da un poco más igual. Es cierto que hay momentos en los que de repente me digo: ‘Pero ¿y estas arrugas? ¡Hace seis meses no estaban!’ Parece que va todo lento y de repente, ¡pum! Pero, en realidad, no me importa demasiado”.

En esta aceptación de la edad probablemente haya tenido algo que ver el esfuerzo que ciertas industrias están haciendo para abrazar, por fin, una diversidad que pasa por empezar a considerar tímidamente que se puede ser bella de muchas maneras. De algunas que se desvíen —ligeramente, seamos honestas— de los hasta ahora cánones hegemónicos. Aunque cabría preguntarse no ya tanto qué es ser bella, sino por qué se supone que hay que serlo. Y en este intento de volver industrias históricamente deshumanizadas un poco más humanas está la batalla de tratar de combatir el omnipresente edadismo. “Cuando yo empecé en esto, la carrera de las modelos no era tan larga. Con veinte años, no solía coincidir con modelos veteranas, y menos en desfiles. No era lo habitual. Ahora sin embargo es todo lo contrario. Es raro el desfile que no incluya varias generaciones. Si se piensa bien, es bastante razonable. En general, quien tiene poder adquisitivo para comprar toda esa ropa o esos bolsos son personas que tienen de treinta para arriba. Entonces, ver a niñas de 16 años desfilando con un vestido que jamás se podrían comprar igual no tiene mucho sentido”.

Esta diversidad a la que alude Pérez se ha hecho extensiva no sólo a la edad, las tallas o la raza, sino también a un tipo de belleza diferente. En el caso de Pérez, nos dice, sus ojeras, que le hicieron pasar, para sorpresa de nadie, un auténtico calvario de niña. “Tengo ojeras desde que nací. Con once años ya tenía muchísimas ojeras y es algo que se veía raro. Cuando empecé a hacer campañas con marcas más clásicas, había estilistas que luchaban por conservar mi imagen, pero se topaban con que a sus superiores no les convencía. Decían que parecía que estaba enferma. Y no, las he tenido siempre. De hecho, ¡cuanto más duermo, más ojeras! También hay una suerte de alegría en esto: en el colegio me hacían bullying por este asunto y darme cuenta, años más tarde, que no sólo no me ha venido mal, sino que se ha convertido en mi seña de identidad, me ha hecho apreciarlas y pensar que igual sin ojeras no me gustaría a mí misma. Sé que no soy una belleza clásica, sé que tengo las facciones duras, soy consciente de mis ojeras… pero en mi trabajo me ha venido bien. De todos modos, es todo tan cambiante. Mi pelo, por ejemplo. Tengo mucho y durante muchos años, siempre me lo han atado, incluso me hacían trencitas por debajo para domesticarlo. Ahora, por el contrario, me lo están soltando, dándole aún más volumen. De repente, el pelo asalvajado mola”.

Diversidad, reciclaje, producción responsable, sostenibilidad medioambiental… Un buen puñado de conceptos que atestiguan el despertar de la moda a un siglo que empieza a entender (a pesar de la resistencia de no pocos) que no todo vale. “Para mí, los animales siempre han sido muy importantes. [En alguna entrevista, Pérez ha dicho que de pequeña quería ser veterinaria]. Hacer daño a los animales me horroriza. Pienso en los abrigos de pelo... Ahora es rara la sesión o el desfile en el que te ponen pelo de verdad. He dicho muchas veces que no a llevarlo, pero era difícil porque estaba en todas partes. Alguna vez incluso he cancelado algún desfile porque directamente tenía que llevar la cabeza del animal encima. No era capaz, iba a vomitar del asco”.

En este derribar tópicos en el que parece haberse convertido esta entrevista está aquel de la posibilidad de la otra feminidad. La de reivindicar una distinta, la de mostrar otras, las no tan obvias, las no tan clichés, las no tan deudoras de siglos de mirada masculina. “Para mí ser femenina no significa ir con tacones, con joyas o con las uñas hechas. Para mí supone más un sentimiento, es algo que proyectas y que viene de dentro. En ese sentido, creo que las tres [se refiere además de a ella, a Laura Ponte y a Miriam Sánchez, probablemente las dos modelos con las que confiesa sentirse más identificada] lo somos, pero no según el concepto más extendido. Por ejemplo, yo suelo vestir más sobrio o masculino. Me puedo poner unos tacones, sí, pero nunca con una minifalda o con un top muy ceñido. ¡Todo a la vez, no!”.

Pérez reconoce que la madurez y la maternidad le han dado una cierta perspectiva a la hora de afrontar un trabajo y un orden de prioridades muy distinto al de antes de ser madre. “Soy alguien, no diría que negativa, pero me gusta pensar en cual va a ser el peor de los escenarios para estar preparada. Normalmente, antes de una sesión de fotos le daba muchas vueltas, me ponía muy nerviosa. Eso desembocaba indefectiblemente en que me saliera dermatitis. Siempre he sido muy tímida, lo sigo siendo, y el mero hecho de llegar y tener que saludar se me hacía un mundo. Ahora es más ‘dime la fecha’ y listo. De hecho, me genera mucha ansiedad que me confirmen un trabajo de un día para otro, pero creo que, en el fondo, es mejor: no me da tiempo ni a pensar ni a dudar. Es un poco ‘ya está, no hay otra, coges un avión y vas’. No me gusta, pero me viene bien. Desde que tengo a mi hija, mis prioridades han cambiado. Ya no me iría un mes a París a ver clientes. Ahora voy directa a hacer lo que tenga que hacer y si pierdo trabajos, los pierdo”. La edad, ya se sabe, es un grado.

Aquí puede ver la sesión completa de Marina Pérez con Laura Ponte y Míriam Sánchez.

Créditos

Estilismo: Juan Cebrián.
Maquillaje: José Carlos González (UNO Artist) para Dior Beauty.
Peluquería: Fernando Torrent (Kasteel Artist Management) para L’Oreal Pro.
Manicura: Lucero Hurtado.
Diseño de set: Virginia Sancho.
Producción: Cristina Serrano (Marina Marco, asistente de producción).
Asistentes de fotografía: Daniel Gallar y Pablo Mingo.
Asistente digital: Jessica Rodríguez.
Asistentes de estilismo: Paula Alcalde y Carmen Cruz.
Asistentes de set: Pedro Peláez y Yaiza Gutiérrez.

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