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Johannes Klaebo triunfa en los Juegos de

Llamado el Pogacar del esquí, el noruego consigue el pleno de seis medallas de oro en las pruebas de fondo y, con 11 en tres Juegos de invierno, se convierte en el más laureado de la historia

Johannes Klaebo festeja su triunfo este sábado dentro de la competición de 50 kilómetros de esquí de fondo de los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina.Maddie Meyer (Getty Images)

En el mundo de Johannes Hosflot Klaebo, obsesivo y místico, todo es un asunto de familia.

Más allá de los genes excepcionales, su padre, su madre, su hermano, su hermana, su abuelo, su abuela, todos han puesto un grano para construir al campeón. Y le rodean mientras él, los mofletes colorados, curtidos, tanto viento del norte, del fiordo de Trondheim, de las calles de su Oslo, chocando con su piel suave. Él se mueve el sábado a las 11. Lluvia, luego sol, cinco grados. Gira siete veces por el circuito de 7.150 metros de Val di Fiemme, mezcla de nieve artificial y natural, como a todos les gusta, para ganar la prueba de los 50 kilómetros y su sexta medalla de oro, las seis que componen el programa olímpico de esquí de fondo. Un pleno único que ya había conseguido en los Mundiales del año anterior y repite en los Juegos de Milán-Cortina. Una vez más, el resto de los rivales solo pelea para ser segundo. Al medio día suenan las campanas de todas las iglesias. Apenas dos horas de esquí. Triplete noruego. Klaebo, Martin Nyenget, Emil Iversen.

Tal es la superioridad de Klaebo, asumida en el mundo desde que hace 10 años, a los 19, ganara los Mundiales júnior, y reafirmada dos años después, cuando, a los 21 se convirtió en los Juegos de Pieonchang en el campeón olímpico más joven de la historia en esquí. Entonces solo era sprinter, pruebas cortas, de tres minutos, y muy explosivas. Ahora es todo. Sprints, media distancia, larga distancia, relevos, equipo… Llegó a Italia con cinco medallas de oro ya en su historial. Sale con 11, más que ninguno en la historia de los Juegos de Invierno, y aún a 12 de las 21, récord olímpico absoluto del nadador Michael Phelps.

Público, preparadores, directivos, especialistas. Quienes lo observan desde la tribuna o los laterales únicamente mencionan una identidad al verlo transitar. “Es el Pogacar del esquí”, exclaman asombrados ante su vigor corporal, el aguante, la pulcritud técnica, la armonía motriz de un joven de 1,83 metros, 70 kilos y espaldas muy anchas, musculatura férrea, corazón inquebrantable, fondo de maratonista, y una mandíbula afable, menos angulosa que la de su admirado Petter Northug, el esquiador que deseó ser. “Imaginaba convertirme en alguien como Petter Northug, tal vez convertirme en el propio Petter Northug, con las medallas colgando del cuello”, redactaba tiempo atrás en la bitácora que actualiza cada temporada invernal mientras se ejercita en las cumbres de Livigno, cerca de los parajes donde alcanzó la gloria. “Una vez, en el colegio, fingí tener un dolor de estómago muy fuerte para que mamá viniera a recogerme y pudiera ver su carrera en el Campeonato del Mundo por televisión”.

“Es el mejor de la historia, el esquiador que todos querríamos ser”, dice Martí Vigo, un año menor que Klaebo, olímpico en los Juegos de Pieonchang también, después ciclista profesional y ahora director técnico del fondo español. “Y como Tadej Pogacar, hace que su superioridad haga parecer a todos los demás unos mediocres, cuando el nivel en la competición es más alto que nunca”. El mundillo del deporte de resistencia se divierte explicando sus 800 horas de entrenamiento anuales, a un ritmo en el que aún se pueda hablar mientras se impulsa con brazos y piernas, tan liviano, e imaginando los vatios, más de 1.000, que pueda mover Klaebo en los 15 segundos frenéticos en los que acelera en los repechos finales para pulverizar la competencia, y dejarla sumida en un dolor de piernas paralizante, y él sigue, lavando lactato, metabolizando, alimentando las mitocondrias de sus músculos, o un VO2max –cubicaje del motor: clave de la resistencia— de extraterrestre.

Vigo va más allá. “No solo es su potencia y su resistencia lo que le distingue, que, de hecho, no son superiores a las de otros, sino su eficiencia, que nace de su perfeccionismo, de su disciplina y su afán”, explica el técnico que está revolucionando la forma de competir de los fondistas españoles, y de la nueva estrella, Jaume Pueyo. “Al principio solo era el mejor en estilo clásico y en distancias corta. Después fue mejorando en estilo libre, como el patinaje, y en distancias largas. Mantiene los músculos y ha aumentado la resistencia. Y es tan bueno técnicamente, tiene tanta coordinación de las cuatro extremidades, tal sentido del equilibrio, es tan fino esquiando, que gasta menos que ninguno para ir a más velocidad”. Y es capaz de pasar de 20 kilómetros por hora subiendo muros.

Cuando viaja a Noruega, a Vigo le maravilla ver en los parques de Oslo circuitos de esquí de fondo en los que centenares de niños practican todas las tardes después de salir del colegio. Por allí se divertía de niño Klaebo, al que su abuelo regaló su primer par de esquís a los dos años.

Estos meses de invierno, Klaebo es el personaje más admirado de Noruega, pero en el país paraíso del esquí de fondo, de los mitos Daehlie o Bjorndalen, y de atletas excepcionales como Jakob Ingebrigtsen o Karsten Warholm, el recordman mundial de 400m vallas, Klaebo quería más que nada ser Odegaard o Haaland, los futbolistas de oro. Y tenía tanto talento que podría ser ahora titular de la selección noruega. “Me entrenaba a tope para ser futbolista, pero mi madre me hizo ver que un futbolista no solo tiene que ser fuerte, sino también resistente y capaz de correr durante 90 minutos sin parar”, escribe en su blog. “Aunque convertí mi vida en un concentrado de sacrificio, nieve y hielo, esa explicación, curiosamente, me bastó. Me pareció perfectamente lógico, así que me centré en el esquí de fondo. Tenía 15 años. Y mi abuelo también me convenció: en un deporte individual tú eres responsable del éxito y el fracaso”.

Kare Hosflot, su abuelo, no únicamente se encargaba de sus traslados a los circuitos de Oslo, e incluso a las pistas del fiordo de Trondheim, núcleo de esta disciplina, sino que además diseña sus rutinas de práctica y su formación mental y estratégica, fomentando el rigor y la constancia. A pesar de sus 83 años, todavía prepara sus extensos esquís, aplicando parafina en las puntas y cera adherente en la zona media, evitando que retrocedan en las pendientes al deslizarse por las huellas del estilo clásico. Se alimenta con lo que su padre ha cocinado, su patata, comenta, debido a su versatilidad de uso. “Mi padre es mi mánager y cocina”, redacta Klaebo, mencionando seguidamente a los demás familiares que están presentes en cada desplazamiento y estancia deportiva. “Mi hermano fue quien me ayudó cuando empezamos el canal de YouTube y lleva mi comunicación. Él era quien editaba todos los vídeos. Mi hermana era quien los traducía del noruego al inglés. Mi abuela era la que horneaba el pan para llevar a la Copa del Mundo. Y mi madre se encarga de las finanzas”.

La vida interior, el cierto misticismo, la búsqueda de la felicidad en el esfuerzo y en comunión con la naturaleza, lo que él llama ligereza de espíritu, son cosa suya. “La ligereza me la da, en primer lugar, la disciplina en sí misma”, escribe el mejor olímpico de invierno de la historia. “El esquí de fondo siempre había sido mi espejismo, mi momento de paz con el universo. Nunca pensé que llegaría muy lejos. Lo soñaba. Pero era uno de esos sueños lejanos, dulcemente excesivos. Casi infantil. Como los niños que quieren ser astronautas, convertirse en presidentes de los Estados Unidos o en grandes actores: no había ambición en mi deseo, ni motivaciones ocultas. No había ningún plan”.

Tampoco soñaba con ser ciclista, con ser Pogacar de verdad, pero quizás el destino le lleve al Tour de Francia, que ya ha seguido desde el coche del Uno-X, el equipo con el que se entrena cuando sale en bicicleta, y con el que ya ha dejado caer que, quizás, antes de los próximos Juegos de los Alpes franceses, podría debutar en el pelotón. Y querrá ser el mejor también.

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