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Tribuna

Busca la armonía con los otros

Nada causa tanto desasosiego como el éxito que parece estar teniendo en Europa y Estados Unidos la xenofobia organizada

ENRIQUE FLORES

Nuestro tiempo es desagradable y frustrante por varias razones: por la zafiedad inmarcesible de los líderes que elegimos, por la alegría inconsciente con que nos abandonamos a la crispación manufacturada de las plataformas tecnológicas (que a cada segundo ganan dinero y poder con nuestros miedos y nuestros odios), por la influencia irresistible que la estupidez y la ignorancia de unos pocos van teniendo en las vidas de todos: uno puede pensar en el sabotaje grotesco de las políticas ambientales que se lleva a cabo en el país más contaminante de Occidente, pero éste no es el único ejemplo de las decisiones que, tomadas sólo en una parte del mundo, tendrán consecuencias en todas. Pero tal vez nada me causa tanto desasosiego como el éxito que parecen estar teniendo en Europa y Estados Unidos la xenofobia organizada, la persecución de los inmigrantes y el racismo sin complejos. Nunca, desde que tengo uso de razón política, había visto en las democracias occidentales un ejercicio tan ostentoso y desacomplejado de propaganda cuyo único propósito sea convencer al ciudadano medio de que su modo de vida corre peligro, y de que la culpa es de los inmigrantes.

Pero eso es lo que estamos viendo. Ahora es tiempo de elecciones en muchas de esas democracias (salvo que siempre es tiempo de elecciones, o eso parecería a veces, en nuestro tiempo hipertrofiado) y por todas partes ve uno a gente que se cree decente apoyando a candidatos matones o racistas, o anunciando su voto o su simpatía por los que envenenan deliberadamente nuestra convivencia, como si para vivir fuera necesario vivir contra los otros: como si se hubiera trasladado a la vida de todos aquella necesidad de inventar enemigos que siempre ha sido una regla de la vida política. Exacerbar el resentimiento, la sensación de humillación o el enfrentamiento entre ciudadanos: es cierto que la estrategia no es nueva, pero también es cierto que nunca había sido tan eficaz. Porque algunos ciudadanos se han dejado convencer, sobre todo de unos años para acá, de que viven en un estado perpetuo de riesgo o de amenaza, a pesar de que la vida real, cuando salen estos ciudadanos de su teléfono móvil y se ponen a vivir en ella, les demuestre todo lo contrario. El nefasto resultado es una especie de espejismo apocalíptico, una realidad paralela que poco tiene que ver con la vida de todos los días.

Esta situación explica en parte el ambiente de rechazo al extranjero que se percibe en numerosos lugares. Por un lado se encuentra la cotidianidad humana, ese entorno auténtico donde las personas intentan coexistir de la mejor manera posible superando recelos y dudas, esa esfera concreta y palpable donde percibimos al prójimo sin considerarlo un adversario; por el otro, la realidad falseada o distorsionada de la propaganda xenófoba, que vive en las redes sociales penetra desde ese espacio la mente de una generación instruida en el temor y guiada por la sensación de peligro, un grupo que únicamente consume lo que aparece en las plataformas digitales y se niega a reconocer que puede ser víctima de engaños deliberados. Frecuentemente me cuestiono la opinión de tales internautas cuando, tras el homicidio de tres menores en Inglaterra, la plataforma X sirvió de escenario para difundir falsedades que culpaban del acto a un peticionario de refugio, de religión musulmana concretamente, lo que derivó en jornadas de revueltas agresivas contra la comunidad islámica, los albergues de refugiados y cualquier elemento vinculado a la migración. Elon Musk, el individuo del gesto fascista con una audiencia masiva, compartió su visión sobre los altercados, y su intención no fue apaciguar la tensión o evitar agresiones evitables: “La guerra civil es inevitable”, redactó, ajeno a cualquier sentimiento de vergüenza.

Se trata de azuzar los odios raciales y no pararse a pensar en las consecuencias; se trata de inocular el miedo al extranjero (salvo que tenga la piel blanca, como cuando el racista Trump se preguntaba por qué los inmigrantes no pueden venir de Noruega); se trata de susurrarles a los ciudadanos que están en peligro, que los llegados de fuera los van a reemplazar. Uno diría que sólo un idiota o un completo ignorante —ignorante de la historia de las migraciones, que es la historia de Europa— se cree semejante cuento, pero hay que ver lo resultona que es la llamada teoría del Gran Reemplazo. No importa: los ciudadanos incautos o atemorizados, los que se sienten abandonados por su gobierno o dejados de lado por la vida, caen en la trampa: pues su atención ha sido colonizada por mensajes insistentes de amenaza o de riesgo, memes en que extranjeros con capucha vienen a robarles la paz o campañas publicitarias en las que el cuidado de un menor inmigrante misteriosamente le quita la pensión a una abuela española. Son supercherías que ninguna persona educada debería dar por buenas, pues su interés manipulador y tramposo es evidente, y sin embargo parecen convencer a muchos.

La publicidad que contrastaba el gasto de la jubilación de la anciana frente al del joven extranjero —el mena, de acuerdo con la despreciable sigla que los xenófobos emplean como proyectil— surgió en una jornada de 2021 en el suburbano de Madrid. Al inicio de aquel ejercicio yo había lanzado un relato, Volver la vista atrás, donde un clan de españoles desterrados después del conflicto debió deambular por las delegaciones latinoamericanas de Francia buscando una nación que los recibiera. Los Cabrera, nombre de aquel grupo familiar, terminaron arribando a la República Dominicana en una embarcación de vencidos que partió de la desembocadura de Burdeos, y padecieron carencias y atravesaron penurias y persiguieron un futuro próspero en Venezuela hasta hallarlo finalmente en Colombia, y en ese peregrinaje se asemejaron a multitud de expatriados de la misma contienda que rehicieron su existencia en América Latina. Evoco con claridad la charla que mantuve con un redactor cultural, sujeto íntegro sin duda, quien durante nuestro diálogo acerca de la obra equiparó —aunque resultó un cotejo fortuito, sin profundidad— el cartel del metro con el recibimiento que en América Latina obtuvieron los desterrados de la Guerra civil. “Qué vergüenza me da a veces”, comentó, si bien él no poseía motivo alguno para sentir bochorno: no había infectado la urbe común con la discriminación mezquina de unos pocos.

Los escritores de los años 30 —pienso en Paul Valéry, que no era judío, y en Joseph Roth, que sí lo era— deploraron con frecuencia el papel de la radio, esa tecnología que todavía entonces era novedosa, pues le había abierto las puertas de las casas privadas al veneno de la retórica nazi. No soy el primero en sentir un eco molesto de esas transformaciones centenarias en las nuevas transformaciones, que nos han cambiado la vida en la última década pero que, al mismo tiempo, se han convertido en altavoz de los movimientos más reaccionarios: la plataforma de Musk es hoy el terreno predilecto de la desinformación racista y los bulos xenófobos, y sólo ahora comienzan a despertarse las democracias europeas a la necesidad de ponerle coto. Sí: sólo ahora comienza a aceptarse la idea de que regular el discurso de odio no significa coartar la libertad de expresión de nadie. Y es de esperar que no sea demasiado tarde.

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