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COLUMNA

No soy tu ‘boomer’

Entretenidos con el cuentecillo del enfrentamiento entre generaciones, no entendemos que la sociedad se divide, sobre todo, entre privilegiados y desposeídos

Acampada reivindicativa en la puerta del Sol de Madrid en las protestas del 15-M.Cristóbal Manuel

Cada vez que escucho a alguien que nació entre los cincuenta o los sesenta autodenominarse boomer me da una mezcla de rabia y vergüenza. Sería como llamar “mi chico” a un marido que tiene 70 años. Las hay. La obediencia con la que asumimos términos llegados del imperio da una idea de lo difícil que nos resulta crear nuestro propio lenguaje y asumir, como dice el ensayista Pankaj Mishra, que el momento de la desamericanización ha llegado. Así lo expresa Mishra: “Fueron los estadounidenses, con toda su influencia, quienes dieron prioridad a la felicidad individual por encima del bien común y relegaron los viejos debates sobre el propósito y el significado supremos de la existencia humana al ámbito de la vida privada de los ciudadanos”.

Aquel influjo estadounidense sigue alumbrándonos y haciéndonos creer que su cultura, incluyendo en esta las vanas aspiraciones, nos define. Mientras observamos a una sociedad que se resquebraja y repetimos aquello del fin del sueño americano, seguimos prisioneros de su música, su cine, su literatura y pensamiento, su orden moral. Palabras prestadas brotan de la boca de nuestros expertos hasta que consiguen, de tanto machacar, que sean las que utilicemos para nombrar los movimientos sociales. Nadie se planteó que hubiera una alternativa a woke, de tal manera que durante un tiempo los pioneros en usar el término advertían al público de su origen, tan incrustado por cierto en la historia americana, para luego explicarnos que wokes éramos los nuevos progresistas, dado que los progres ya habían caducado. Por su parte, el adversario asumió encantado el término como definición denigratoria, y todos tan contentos.

Lógico que hayamos sido también diligentes al adoptar esa afición tan americana de clasificar a los seres humanos por generaciones. Cuando vivía en EE UU, no dejaba de fascinarme la naturalidad con la que la población, obediente, se autosegregaba. Los viejos, que ya no producían, se iban a vivir a lugares adaptados para personas que, resignadas a su inutilidad y falta de atractivo, convivían con otros de su especie. Como los elefantes, se situaban a un paso del cementerio. Entendí la fascinación que provoca al extranjero (que no alien) comprobar que en países como el nuestro hay ancianas que meriendan en las cafeterías mezcladas con otros seres vivos. Luego se van a buscar a sus nietos al colegio. Sin guardar la reverencia de los países asiáticos hacia los mayores, aún nos sirven para algo. Pero la distinción narcisista ha llamado a nuestra puerta, cómo no, y así cada día se añade una letra distinta para denominar la generación de los que acaban de nacer. Dada la baja tasa de natalidad llegará un día en que habrá una letra por cada recién nacido. A falta de casa, que tenga casilla (sociológica).

Lo más irritante de todo es cómo se intenta teorizar sobre el enfrentamiento generacional dando a cada grupo de personas nacidas en torno a unos años rasgos distintivos que las convierten en puras caricaturas. Yo, por ejemplo, sería una más de esa generación que nació en brazos del desarrollismo, estudió más allá que sus progenitores, vivió locamente la movida ochentera y ahora anda esquilmando las arcas del Estado con pensiones que asfixian a los X, Y o Z. Es tan miope la mirada que a veces hasta se desliza un reproche del joven al viejo por el mundo heredado, como si los tecnoligarcas no tuvieran la misma edad de quienes se quejan. La pura verdad es que quien nos mire dentro de 40 años, sea como sea lo que el futuro nos depare, no podrá distinguirnos a unos de otros, porque estamos agitados por el mismo vaivén de la historia. Hoy, entretenidos con el cuentecillo generacional, somos incapaces de entender que la sociedad se divide, por encima de todo, entre los privilegiados y los desposeídos, y que personas como yo (o mi chico) compartimos con los más jóvenes un mismo sentimiento de alarma.

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