La tentación de desaparecer
Cuando los valores en los que cree una sociedad se derrumban, podría ocurrir como con los neandertales, que se disolvieron en las sombras


Hay momentos en que se tiene la tentación de desaparecer. Ir poco a poco yéndose, sin dejar mucho rastro, como si se pudieran descender unas escaleras y se llegara cada vez más abajo y fuera posible fundirse en la hierba del campo o en la tierra del jardín. Cada vez ser menos, más transparente, con poco peso ya en el mundo, como si fuera una maniobra de distracción para regresar más adelante, quizá, con nuevos bríos o con esperanza. Pero la sensación que manda es la de derrota, algo salió mal, algo se torció, toca la retirada, pero una retirada silenciosa, realmente no quedan fuerzas, cuanto me rodea se ha vuelto extraño y ya decir cualquier cosa es como tirar unas palabras sobre una mesa en la que los demás las ven con una distancia escéptica, como calderilla que ya nada aporta. Incluso alguien, en esas circunstancias, podría levantar la cabeza, estirar un brazo y señalar la puerta de salida. Se acabó.
Viene esto a cuento porque algo parecido debió sucederles a esos remotos primos hermanos del Homo sapiens, los neandertales. Lo contaba hace unos días en una entrevista que le hizo Nuño Domínguez para este periódico el paleoantropólogo Ludovic Slimak, que acaba de publicar El último neandertal (Debate). “Es un libro triste”, explica. Los neandertales controlaban el fuego, pintaban en las paredes de las cuevas —eso que se ha llamado arte rupestre—, tenían sexo y lo tuvieron con nuestros antepasados, y de hecho “hay una pizarra de ADN en los humanos actuales”, explica Slimak. Pero un día fueron poco a poco yéndose, hasta desaparecer del todo.
Slimak ha investigado durante una década a Thorin, un neandertal que formó parte de un grupo que vivió aislado durante unos 60.000 años. A todos ellos les encantaba su pequeño valle del Ródano, no les tiraba nada lo de salir a husmear para saber qué podía haber un poco más lejos, ni tenían el menor interés en “propagar sus genes”. En su libro habla de una especie de colapso de su esfera mental.
En ese punto de la entrevista, recuerda a un indio yahi, llamado Ishi, que en 1911 apareció en Oroville, California, iba desnudo y llevaba su arco y sus flechas. Era el último que quedaba de los suyos, se habían retirado hasta convertirse en sombras, desaparecidos del resto del mundo, dedicados a cazar y recolectar al margen de los demás, sin contactos, así durante siglo y medio. Sucumbieron a la tentación de la nada y se borraron.
Vuelta a los neandertales. “Para mí está claro que estos humanos se derrumbaron sobre sí mismos”, dice Slimak. “Dependiendo de la zona, puede que decidiesen hacerse invisibles, y en otras simplemente ya no quisieron seguir viviendo. Fue un suicidio individual y social de la población. Así es como desaparecen los humanos, cuando ya no quieren seguir viviendo porque sus valores se han derrumbado”. Se caen, se estrellan, dejan de tener relevancia, se postergan como antiguallas. Ya no se comprenden, provocan risa, despiertan suspicacias. Es lo que ocurre hoy cuando se colocan sobre la mesa algunas palabras —los pactos entre adversarios, la discusión en el Parlamento, la separación de poderes, las normas del derecho internacional, el respeto por el otro, etcétera— y ves cómo son muchos los que las apartan como si fueran migajas, huesos de aceituna, monedas de un céntimo. A la basura. Es entonces cuando podría surgir esa tentación por desaparecer y fundirse en la nada. Ojalá que no, hay que aguantar. Pero si al final no se puede, Ludovic Slimak tendrá al menos materia para su próximo libro: El último demócrata.
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