¿Acabará Vox con la derecha ‘latte’?
El partido de Abascal está en ese momento en el que todo le cuadra, pero tendrá que elegir: o estar con la impugnación o estar con el orden


Señoras y señores: si el partido tory cae, no hay nada en este mundo que no podamos ver venirse abajo. Los tories son el partido que —no solo en la derecha— todo partido soñó ser, y un Gobierno conservador en el Reino Unido parecía formar parte del orden de las cosas, como el paso de las estaciones o la exactitud con que, cada mañana, llegaban a la puerta la leche y el ejemplar de The Times. Los llamaban “el partido de la nación” y quizá parecían más los dueños que los gobernantes del país. Ahora, en las elecciones locales de mayo, Nigel Farage quiere acabar con los conservadores mediante el mismo sistema de absorción con que acaba con las pintas en el pub. Señoras y señores, si los tories caen, podremos por primera vez decir que torres más altas no han caído.
¡Y si solo fueran los tories! El gaullismo ya nos remitía al siglo XX, como los teléfonos fijos o fumar en las películas: después de Nicolas Sarkozy, también nos remite al Código Penal. Los democristianos alemanes, con su alto pabellón de moralidad y eficiencia, han sufrido la reescritura negativa del legado de Angela Merkel, y sufren ahora unas encuestas que sitúan en cabeza a un partido, AfD, de gentes que buscan poner el nazismo en su contexto. Ocurre en todo el continente: ¿cuántos políticos húngaros conoce usted que no sean Viktor Orbán? Si constituyera un único partido —en la Eurocámara son tres—, la derecha identitaria sería el primero de Europa. Y el viejo Adenauer se moriría del susto.
Hasta ahora, las derechas clásicas soportaban la burla de las derechas duras como un precio que pagar por gobernar. Eran, sin duda, unas derechas muy pacatas. Tenían su poquito de conservador, su poquito de liberal, su residuo seco de valores cristianos: de nada en exceso. Creían que el gobierno y el mismo ser humano eran cuestiones complicadas, que los actos de voluntad no siempre bastaban para mejorar las realidades y que —pese a todo— había grandes ideales que, como el bien común, se podían incluso mencionar sin ironía. Y quizá esa pacatería hoy sea un elogio porque, con ella y con todo, lograron hacer cosas chulísimas: el consenso de posguerra, el vínculo atlántico, el euro que nadie quiere romper; la Europa que, por cierto, ya nadie quiere abandonar.
¿Están condenadas estas derechas europeas? ¿Está sentenciada nuestra derecha latte del PP? Un lugar común dice que Vox debería arrasar, pero que sus equipos son muy malos. No lo creo: no hace tanto Santiago Abascal daba mítines subido a una caja de frutas y, en cuanto a apoyos mediáticos, les ha zurrado hasta Losantos. Hoy los votan los que leen a Chesterton, los que leen a José Antonio y los que les leyeron alguna frase en un reel de Instagram. Los votan no pese a su agresividad sino por ella. Los votan en el barrio de Salamanca y en los barrios a secas. Los votan en el campo con un discurso anti-UE pese a las subvenciones con origen UE. Los votan los autónomos por el dolor existencial de ser autónomos. Los votan porque es el partido nacionalista que faltaba en Albacete. Los votan por antiwokes aunque lo woke vaya a menos, y los votan los católicos aunque Vox busque —o porque busca— la fricción con los obispos. Los votan los thatcheritas y ahora también los rojipardos. Los votan quienes han dejado el PSOE castizo y quienes se han hecho de derechas por la misma razón —la moda— por la que otros se compran unas Samba. Los votan aunque pongan una vela a Trump y otra a Putin; una al estatalismo de Orbán y otra a la barra libre de Javier Milei. Hay quien los vota porque no son perfectos pero al menos no son los demás. Y hay quien los vota porque si a la política no puedes pedirle soluciones, al menos sí le puedes pedirle un desahogo. Sí, Vox está en ese momento en que todo le cuadra.
Otra cosa es que el momento se prolongue o cuánto se prolongue. La derecha identitaria lleva menos años con los españoles pero muchos con los europeos: no es una tarde de lluvia, es parte del clima. Pero quizá resulte prudente no pronunciarse sobre cambios epocales cada 10 días en un país donde, en los últimos 10 años, se ha dado por seguros presidentes del Gobierno a Albert Rivera o Yolanda Díaz. A ver si estamos trasladando al plano de la cultura coyunturas políticas de las que Vox también es reo. Está escrito que la derecha identitaria compite, no que deba arrasar: véanse Holanda, Portugal y hasta las últimas encuestas para los tories en Reino Unido. De hecho, ya otras veces —año 2022— Vox ha tenido encuestas donde arrancaba la rama dorada del 20%. Y tampoco es la primera vez que el PP se reboza en la indecisión: ¿confrontar con Vox porque son sus rivales en las ideas y en las urnas, o más bien suavizar la confrontación por si los necesitan de compañeros en los gobiernos? Con ejemplaridad involuntaria, María Guardiola ha trasladado a la opinión pública estas agonías: en un mes ha pasado de criticar su “tufo machista” a identificarse con su “feminismo”. Por lo demás, aun en la comprensión de que no son meros raspones, no es un acontecimiento único en la historia que un partido que está gobernando —Extremadura, Aragón, y más aún Castilla y León— se deje escaños. Y, curiosamente, si no cabe minimizar el problema del PP con Vox, vemos cada día, en cambio, cómo se minimiza el que tiene el PSOE. Al fin y al cabo, si Vox va a coger a los populares será porque antes ha cogido a los socialistas. Y va a ser necesaria más fantasía que pedagogía para argumentar por qué los socialistas, en vez de apoyar al centroderecha, dejan que las derechas bailen solas.
Vox se retiró de los gobiernos autonómicos como quien mete un pie y comprueba que el agua está muy fría. Era, claro, una manera de evitar el desgaste y capitalizar la oposición, pero también mostraba una confianza restringida en sus equipos. Es célebre, en ámbitos conservadores, la observación de Robert Conquest, según la cual “toda organización que no es expresamente de derechas acaba volviéndose de izquierdas”. A la vez, y por mucho que importen los carismas individuales —Santiago Abascal a caballo cual Santiago Matamoros—, parece que los carteles de Vox durasen menos que, por volver a los tories, las lechugas iceberg de Liz Truss.
Cuando terminen sus horas de sol, la formación de los gobiernos será, como ya les ha pasado a algunos de sus colegas en Europa, un momento aún más definitorio para Vox: el tiempo de decidir entre dos realidades, estar con la impugnación o estar con el orden, que no pueden armonizarse demasiado tiempo. Han de probar muchas cosas: si les interesa lo mismo mejorar tu carretera que reformar la ONU; si su conservadurismo tiene que ver con los afectos y no solo con el rechazo; si están en la política o en la revolución. Todo el mundo temía un escenario de tinieblas y Giorgia Meloni —tan cercana a Abascal— parece un epígono del CDS. Sería una ironía para Vox, pero en Italia ya saben que, al final, si muore tutti democristiani; todos morimos democristianos.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a Papallones desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en Papallones.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes




























































