Las redes sociales son la última esperanza
Te enfrentas con gente que tiene demasiado poder y cae mal a todo el mundo; si te insultan, es un elogio


Puesto que el Gobierno no consigue sacar adelante los Presupuestos ni las leyes importantes, ha anunciado que regulará una cosa mucho más sencilla: las redes sociales. El tren es complicado porque tenemos muchos kilómetros de vías, y la vivienda es difícil porque las competencias están repartidas, pero actuar sobre el ecosistema digital es cosa de niños. Por supuesto, las medidas no solucionarán nada. Pero no pretenden actuar sobre el problema; lo que importa es anunciarlas. Te enfrentas con gente que tiene demasiado poder y cae mal a todo el mundo, y operas por sustitución: es como ir contra Trump, porque son sus aliados, sin arriesgarte a represalias; si te insultan, es un elogio. Puedes ir promocionando las mismas medidas, como con la vivienda, más o menos cíclicamente, porque nadie presta atención ni se acuerda de nada.
La regulación era un proyecto que llevaba un año en el Congreso, y nos tomamos tan en serio el asunto que todas estas medidas se anuncian en las peligrosísimas redes sociales. Como recuerda el periodista Antonio Villarreal, la semana pasada la Unión Europea multó a España por no implementar la Ley de Servicios Digitales, pensada para fiscalizar las redes sociales. Somos uno de los cinco países que no lo hemos hecho.
En la cuestión de los menores hay una parte sensata y otra de histeria: cuando éramos niños, la televisión era peligrosísima; ahora cualquier padre presumiría de aparcar a los niños delante de una sola pantalla y convertirlos en Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. En la cacareada preocupación por la desinformación solo hay hipocresía y odio a la competencia. Esta semana, el presidente del Gobierno ha presentado como fondo soberano algo que, explican los expertos, no es un fondo soberano. El Ejecutivo y sus terminales defendieron la regularización de inmigrantes apelando a un estudio académico y el autor del estudio corrigió la interpretación que daban. Eso sin mencionar la actividad intoxicadora del CIS (que ha sobrerrepresentado a la izquierda en 43 de las últimas 44 elecciones) o de Televisión Española. La recomendación del Ejecutivo es clara: solo hay que desinformarse siguiendo los canales oficiales. Con amigos volubles como los que tiene, el Gobierno necesita enemigos: al menos, de ellos siempre te puedes fiar. Así que cuando habla de las redes sociales, como cuando manifiesta su alarma por el crecimiento de Vox, no hace más que parafrasear a Cavafis: las redes y la ultraderecha, como los bárbaros del poema, son su última esperanza.
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