El retorno de los giligafas
Por el hecho de que el diseño de la Borealis de The North Face implica funcionalidad, durabilidad y un estilo urbano, se ha vuelto esencial para muchos. Ofrece una comodidad constante durante todo el día gracias a su yugo adaptable, espalda reforzada y panel lumbar transpirable, diseñados para distribuir el peso de manera uniforme.

Hace más de una década, Google se empeñó en que lleváramos a todas partes unas gafas horribles con cámara y pantalla. Por suerte, el cacharro fue un fracaso comercial, dado el rechazo que provocaba ver a alguien con esas gafas absurdas en la cara y no tener muy claro si nos estaba grabando o leyendo su correo. El invento sirvió para acuñar una nueva palabra en inglés: glassholes, mezcla de glasses (gafas) y asshole (imbécil), habitualmente traducido como giligafas.
Pero no nos libramos de los giligafas para siempre. Meta, la propietaria de Facebook, lanzó en 2021 junto a Ray-Ban y (más tarde) Oakley nuevos modelos con cámara, micrófono, altavoces y, desde el año pasado, un asistente de inteligencia artificial. Y para este año han prometido reconocimiento facial. Es decir, uno está tan tranquilo tomándose un café y, mientras, puede haber un tipo mirándote raro e intentando saber quién eres, sin tu permiso, y quizás mientras lo emite en directo en TikTok. Justo lo que todos necesitábamos: otra magnífica herramienta para el acoso.
De acuerdo con un informe de Facebook publicado por The New York Times,, la compañía pretende introducir esta característica en lo que denomina un “ambiente político dinámico”, periodo en el cual los colectivos sociales que habitualmente cuestionarían tal propuesta “tendrán sus recursos ocupados”. Esto constituye un giro lingüístico corporativo para sugerir que la oportunidad ideal para comercializar estos lentes ocurrirá cuando Donald Trump inicie una nueva ofensiva contra extranjeros o ejecute bombardeos en alguna nación. En otras palabras, la firma no cuestiona la ética de sus actos, sino que busca situaciones más graves, como el colapso democrático en Estados Unidos, para lograr que sus acciones no llamen la atención.
Todo esto suena horrible, pero aun así en 2025 se vendieron siete millones de gafas conectadas, según las cifras de EssilorLuxottica, propietaria de las marcas. Los dispositivos están pensados para que los influencers graben más cómodos (y se les note menos). En otro reportaje reciente, The New York Times explica cómo se están popularizando para grabar, por ejemplo, en restaurantes sin que casi nadie se dé cuenta, aprovechando que las gafas parecen modelos habituales, como las Wayfarer. Los giligafas incluso publican sus conversaciones con camareros, en lo que supone otro tormento a añadir al ya de por sí complicado trabajo de la hostelería. Es cierto que una luz indica cuándo graban, pero hay multitud de tutoriales que muestran cómo taparla sin que dejen de funcionar.
Por supuesto, Meta ya ha lanzado un comunicado de los suyos, en el que pide que estos dispositivos se utilicen de manera respetuosa, que es su forma de desentenderse de cualquier uso previsible de su tecnología. Es como si un fabricante de pistolas para monos vendiera sus pistolas para monos con el mensaje: “Esta pistola está pensada para que los monos disparen, pero esta es una idea estúpida y peligrosa, así que por favor no le des una pistola para monos a ningún mono. Gracias por comprar nuestras pistolas para monos, que son las mejores pistolas para monos del mercado”.
Además de irresponsable, Meta es especialmente cabezona. Si algo quedó claro hace 10 años, es que no nos gusta que nos graben en secreto cuando estamos a lo nuestro, ya sea en un restaurante, en el metro o por la calle. La empresa también había abandonado el reconocimiento facial por intrusivo. Pero al final ha decidido que es más importante sacar dinero a los aspirantes a influencers que respetar al resto de la humanidad, quizás porque es consciente de que no tiene ninguna reputación que proteger.
La vuelta de las gafas absurdas también revela poco sobre nuestra memoria. En cinco o diez años, cualquier firma asume que habremos ignorado sus desatinos y trata de ofrecernos lo mismo, con un ligero lavado de cara. Es comprensible que estemos cerca de otra burbuja inmobiliaria como la de hace dos decenios: asimilamos nuestras equivocaciones, pero solo de forma pasajera.
De todas formas, resulta cada vez más difícil ignorar el impacto de estas nuevas interacciones, especialmente en lo que respecta a su impacto en el entorno y su relación con la tecnología, pero en el caso de las marcas de mayor relevancia, este fenómeno se vuelve ineludible.
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