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Lecturas internacionales
Columna

La bola de derribo lleva sello israelí

Antes de desafiar a los europeos con sus ambiciones anexionistas respecto a Groenlandia, Trump ya les ha echado de Oriente Próximo, como ha echado a Naciones Unidas

El presidente de EE UU, Donald Trump, conversa con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en la Knesset, el pasado 13 de octubre, en Jerusalén (Israel).Evan Vucci (via REUTERS)

La excavadora y la bola de derribo son herramientas militares imprescindibles junto a la bomba o la carga de dinamita. Se utilizan desde hace años para castigar a las familias de los terroristas palestinos que han cometido un atentado mortífero. El método usado a pequeña escala en Cisjordania se ha extendido desde el 7 de octubre de 2023 al entero territorio gazatí, también como sistema de venganza provechosa, puesto que a la demolición le suele seguir la ocupación de todo o parte del territorio arrasado.

No es extraño que tales armas-herramientas hayan inspirado a los autores de En destrucción, el informe de la Conferencia de Seguridad de Múnich dedicado al cambio de la política exterior de Estados Unidos, especialmente en relación a Europa. Fascinados por la demolición del ala este de la Casa Blanca para la caprichosa construcción de un enorme salón de baile, los politólogos Tobias Bunde y Sophie Eisentraut han dado con la metáfora para el asalto trumpista al “sistema de normas internacionales, el desprecio por los procedimientos legales y la consideración de la presidencia como propiedad personal”.

Gaza no estaba en la cabeza de ambos politólogos, a pesar de que en pocos lugares se superpongan tan exactamente la demolición del orden internacional y el uso de la excavadora y la bola de derribo para dejar como un solar una extensa zona urbana ya bombardeada. Allí la faena está casi terminada, con el 90% de los edificios arruinados, los campos de cultivo arrasados, el 60% de infraestructuras de comunicación, saneamiento, agua y electricidad inutilizadas y 50 millones de toneladas de escombros amontonados. Se ha perdido de paso el 10% de la población, entre el cuarto millón que ha huido y la cuenta final e incompleta de 71.000 muertos, reconocida por Israel.

También el plan de paz es parte de la demolición del orden internacional. No ha habido participación ni representación de los palestinos en su negociación ni la habrá en los organismos políticos destinados a aplicarlo. Tampoco hay prisas para intensificar la ayuda humanitaria ni atender debidamente a una población exhausta, acampada bajo la lluvia y el frío, en contraste con la exhibición megalómana de proyectos urbanísticos que alimentan las sospechas de una expulsión generalizada. Ni siquiera tiene plena vigencia el alto el fuego, que arroja un constante goteo de muerte y destrucción a manos del ejército israelí y de bandas de delincuentes, algunos armados por el Gobierno de Netanyahu. El balance de 600 personas muertas y 1.500 heridas desde que se decretó el alto el fuego, sin contar los enfermos fallecidos, es propio de una guerra de baja intensidad.

Antes de desafiar a los europeos con sus ambiciones anexionistas respecto a Groenlandia, Trump ya les ha echado de Oriente Próximo, como ha echado a Naciones Unidas. Estuvieron en el acuerdo nuclear con Irán de 2015 y tuvieron un papel crucial en la paz de Oslo, todo lo que Netanyahu ha destruido, en especial con sus decisiones anexionistas sobre Cisjordania y su rechazo radical al más mínimo asomo de Estado palestino. Aun así, nadie se opuso al Consejo de Paz trumpista en el Consejo de Seguridad. Tuvo los cinco votos europeos. Incluso Argelia votó a favor. Se abstuvieron Rusia y China, que reservan sus vetos para Ucrania ahora y quizás para Taiwán en un futuro. Como premio, Trump se ha tomado algunas licencias, como atribuirse la presidencia, exigir la cuota de 1.000 millones de dólares para quien quiera participar y proyectar sus habilidades pacificadoras al ancho mundo, pues se propone sustituir a Naciones Unidas y absorber sus recursos. La bola de hierro que destruye el orden internacional multilateral cuenta así con la bendición de la institución que sufre sus golpes y mejor lo representa.

La demolición empezó propiamente en Oriente Próximo, antes de que llegara Trump, desde la invasión de Irak en 2003 y la guerra global contra el terror de George W. Bush. Los europeos, como Naciones Unidas y las organizaciones humanitarias, ya no tienen papel alguno en la región, ni nadie les va a informar antes de atacar a Irán. No es extraño que Oriente Próximo haya tenido un peso tan leve en la Conferencia de Múnich. Su informe anual ni siquiera presta atención a la improbable reconstrucción de la Franja, la creciente ocupación de Cisjordania, la destrucción de los Acuerdos de Oslo o el peligro de guerra regional que acompaña a la diplomacia por la fuerza desplegada por Trump contra Jameneí.

En otras épocas hubieran despertado la máxima atención en Múnich, pero ahora el elefante en la habitación es el giro de la política exterior de Donald Trump, tal como ha señalado el presidente de la Conferencia de Múnich, Wolfgang Ischinger. Una vez tranquilizado por el discurso cortés y apaciguador de Marco Rubio, podemos respirar aliviados. El orden reina en Gaza… y en Europa.

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