Si merece o no la pena
Te piden que informes internamente, bajo la apariencia de proteger tu anonimato, pero en realidad buscan priorizar el control del daño político


El PP respalda la destitución de una de sus concejalas de Móstoles porque, entre otros motivos, el PSOE ya se lo había solicitado un mes antes por su ineficacia (acabáramos: ese PP tomando nota), y Vox, una concejala valiente, reclama la dimisión del alcalde porque esa misma política pública informó haber sufrido acoso laboral y sexual, por lo que el alcalde debe retirarse para defenderse: es “inaudito” que no lo haya hecho (solo una mujer lo denunció; si lo hubieran hecho 27, a ese alcalde de Vox en Madrid le habría ocurrido “hijo predilecto” como a Plácido Domingo). El PSOE responde con firmeza ante las acusaciones de acoso sexual contra Salazar al hacerse públicas, no antes, al igual que Sumar con Errejón. Te piden que presentes una queja interna, entre otras supuestas razones para asegurar tu anonimato, pero en realidad buscan priorizar el manejo del daño político: silenciar y calmar hasta agotar o aburrir a la denunciante, hacerle ver lo incómodo que es para todos la situación (el después del acoso siempre es incómodo, nunca el acoso en sí); la víctima termina buscando fuera —cuando puede, y si puede— la justicia que no encuentra dentro, y el daño que se pretendía evitar con cinismo resulta doble: porque hay un acosador y porque el partido intentó ocultarlo. Todo esto demuestra hasta qué punto, en las denuncias de acoso, quien menos importa es la denunciante, cuyo sufrimiento resulta rentable según estudios de mercado. Y tras la habitual ceremonia de giros lingüísticos en privado (“tirar los tejos”, “dar calabazas”), llega la reducción al absurdo de las posturas frente a la denuncia, como en Móstoles: el PP se aferra al PSOE para justificar la renuncia de la concejala (¡ya ellos decían que su desempeño era pésimo!) Y Vox, en conflicto con su aliado, no entiende cómo el alcalde sigue en su puesto tras la denuncia de lo que en Madrid suelen llamar “tiranía feminista”. Al fondo surge un pequeño ser perverso: la competencia laboral de una concejala encajada en un debate sobre acoso. Queda un marco perfecto: si te dice que no, no puedes despedirla; si te dice que sí, no puedes promoverla.
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