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Cisjordania llora tras un fallecimiento

El artefacto impactó al lado de una modesta peluquería donde se alistaban para una celebración islámica. Se trata de los fallecimientos iniciales en esta zona bajo ocupación dentro del conflicto actual en Oriente Próximo.

Entierro de tres palestinas en Beit Awa, en Cisjordania, este jueves.Anadolu (Anadolu via Getty Images)

El miedo y una puerta atascada salvaron la vida a Talaa Masalha. Era una de las nueve palestinas que —como es tradición con vistas al Eid al Fitr, la festividad por el fin del Ramadán este viernes— se peinaban y pintaban las uñas entre risas cuando penetró el estruendo de una guerra ajena de la que, hasta ahora, eran solo espectadoras. Un proyectil, aparentemente una pequeña bomba de fragmentación, cayó junto al salón de belleza en el que se encontraban en la localidad de Beit Awa. Como el salón era una precaria y barata estructura de hojalata, la metralla atravesó las finas paredes, causando un baño de sangre que un operario limpiaba este mediodía con mangueras. El impacto, en la noche del miércoles, mató a cuatro de las mujeres (enterradas este jueves en medio de un silencio grave y viscoso) e hirió al resto. Como Beit Awa es una localidad árabe del sudoeste de Cisjordania (y no Israel, ni un asentamiento judío), no hubo sirenas antiaéreas, ni refugios, ni costumbre de protegerse. Son las primeras víctimas mortales palestinas de una guerra, la de Israel y EE UU contra Irán, que llena los cielos de Cisjordania de estelas de misiles e intercepciones.

Talaa, de 17 años, acaba de llegar a casa del hospital, aún dolorida, cojeando y con puntos y vendas en las piernas, hombros y oídos. Se sobresalta al escuchar un trueno en el exterior, pero rememora cómo una divertida conversación sobre colores de esmalte de uñas (para una de las fechas más festivas del calendario islámico) se transformó de repente en “una escena aterradora, indescriptible”.

“Estábamos sentadas tranquilamente, felices, riendo y disfrutando del momento. Oímos las sirenas [de un asentamiento judío cercano]. No nos asustamos, hasta que una fuerte explosión sacudió el lugar. Ahí sí me asusté y, por miedo, salí y dije al resto: ‘Chicas, algo brilla como en rojo’. Hadil, una de las heridas, me dijo que no pasaba nada y siguió trabajando. Iba a entrar de nuevo, pero el mecanismo se bloqueó cuando intentaba cerrar la puerta. De repente, algo nos quemó. No sé qué pasó: venía gente y las chicas gritaban y pronunciaban la shahada [la profesión de fe, que los musulmanes suelen decir cuando creen que van a morir]”.

Aún siente, cuenta, “la explosión en uno de los oídos” y rompe a llorar al recordar su mano manchada de sangre después de tocarse la oreja y el pecho. “Gritaba ¡Papá! ¡Mamá!, pero nadie me oía”.

Peligro

Beit Awa, con una población de 20.000 y situada prácticamente junto a Israel, jamás había experimentado algo parecido. Los pueblos palestinos no constituyen el blanco de los misiles lanzados por Irán o Hezbolá. No obstante, los fallecimientos en Cisjordania resultan prácticamente ineludibles debido a la proximidad de metas estratégicas, tales como instalaciones militares y colonias judías, sumado al riesgo de los impactos fortuitos de los interceptores que los detienen o de los fragmentos de proyectiles interceptados en pleno vuelo.

Aconteció en octubre de 2024, durante una confrontación de menor escala entre Israel e Irán: un gazatí perdió la vida en Jericó al ser golpeado por fragmentos mientras transitaba por la vía pública. La amenaza es superior en este conflicto, dado que Irán está empleando proyectiles de fragmentación. Estos descargan múltiples submuniciones sin un blanco específico antes de impactar, lo que los vuelve más aleatorios.

Es lo que ocurrió aquí, según Israel. El miércoles murieron Sahira (37 años), Amal (29) y Mais (22), todas con el apellido Masalma, uno de los dos únicos clanes familiares en Beit Awa. Este jueves, mientras enterraban juntos los tres cadáveres, el hospital comunicó una cuarta muerte, la de Asil, de 32 años. Los enterradores improvisaron dejar el nicho sin cerrar hasta que llegase, por miedo a vulnerar las normas del islam sobre enterramientos. Dos de ellas estaban embarazadas.

La noticia de la cuarta muerte generó un suspiro de tristeza entre los cientos de hombres que, previamente, habían rezado en grupo en el patio de la escuela secundaria al que llegaban los cuerpos, cubiertos por completo con mantas y banderas palestinas. Nada de los habituales cánticos de venganza o en apoyo a los grupos armados entre los asistentes. Solo algunas expresiones religiosas esporádicas, como “Dios es el más grande” o “No hay más dios que Alá”.

A modo de burla lúgubre, en el instante en que los tres cuerpos iniciales iban a arribar, un estruendo invadió el ingreso del colegio: las ruidosas alarmas en los teléfonos (gran parte cuenta aquí con número israelí, por vecindad o labor) apremiando a hallar cobijo ante el peligro de impacto de un proyectil.

El agujero al lado del modesto establecimiento de estética es diminuto. El muro se encuentra más perforado que demolido. Al mirarlo, se siente que, si hubieran estado en una vivienda de hormigón, habrían salido ilesos. Igualmente, nadie aguardaba un suceso así ya que este conflicto les resulta ajeno.

“Jamás imaginé ni se me pasó por la cabeza que algo así pudiera suceder”, asegura Hanam, tras perder a su hija Zahira y rodeada entre sollozos de otras mujeres, todas vestidas por completo del color negro tradicional. “Esta no es nuestra guerra. No tiene nada que ver con nosotros, y mira lo que nos ha pasado: todo está en contra nuestra, incluso cuando no es en nuestra tierra”.

Su vivienda se localiza a muy pocos pasos del centro de estética. Era el objetivo de Zahira, de 37 años, al inaugurarlo hace un par de años con su colega Hadil, que sufrió lesiones. El establecimiento era diminuto, no obstante —comentan los residentes— se abarrotaba en fechas señaladas, como casamientos o, en esta situación, días festivos.

Aunque es una de las zonas más conservadoras de Cisjordania, se han difundido los rostros de las muertas. Cuando los “mártires” son hombres, suelen mostrarse; pero si son mujeres y niñas, se sustituyen a menudo por una rosa, acompañada del nombre.

Yusef Sweiti tiene 66 años, fue alcalde de Beit Awa y vuelve a competir por el cargo en las elecciones locales que la Autoridad Nacional Palestina celebra el próximo mes. Con un tono más calmado que el dolor desde el que hablaban los jóvenes en el cementerio, culpa de las cuatro muertes tanto a Israel (por embarcarse en otra guerra) como a Irán, por lanzar misiles que sobrevuelan Cisjordania. “Un Ramadán ya oscuro ha acabado de la forma más oscura”, dice junto al centro comunal donde los locales se acercan a dar el pésame a las familias. “Es un desastre que ha caído sobre nuestras cabezas, pero no es nuestra cosa. Son unos hechos que nos han sido impuestos”.

Sin refugios

Mahmud Masalma, primo de la fallecida Amal, lo expresa así: “Cuando van hacia los asentamientos [judíos], los misiles pasan por encima de nuestras cabezas”. Algunos palestinos, de hecho, suben a las azoteas a grabar la trayectoria con los móviles. No hay refugios a los que ir, ni costumbre de bajar al subsuelo. El hermano de Zahira, Rida, admite que “no imaginaba ni en un 1% que pudiera suceder” semejante tragedia.

A diferencia de Israel, donde la población vive la guerra con Irán como un claro antes y después, aquí los problemas son otros, principalmente derivados de décadas de ocupación militar israelí. Los vecinos mencionan más el 7 de octubre de 2023 como inicio del mayor empeoramiento de sus vidas que el 28 de febrero en el que Benjamín Netanyahu y Donald Trump pusieron Oriente Próximo patas arriba.

Por ejemplo, Beit Awa es famoso como un centro de venta de chatarra y productos de segunda mano. Es fácil ver en los márgenes de las calles lavadoras, alimentadores eléctricos, cintas de correr o squads, en peor o mejor estado. Hasta 200 camiones pasaban a diario a Israel por un acceso hoy cerrado, explica el exalcalde Sweiti.

Este municipio padece dificultades similares a las de los demás territorios de Cisjordania. Los empleados públicos de la ANP, tales como docentes o agentes policiales, perciben únicamente del 50% al 60% de su salario, porque Israel retiene parte de unos fondos que recolecta en su representación y tendría que remitirle. Por encima de 100.000 ciudadanos palestinos de Cisjordania con empleo en Israel (especialmente en sectores como edificación, campo y servicios hoteleros) sufrieron la revocación repentina de sus autorizaciones de entrada, tras la ofensiva a gran escala de Hamás que provocó 1.200 fallecidos. En esta zona, dicha situación perjudica a 220 familias.

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