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* *Draft 2:* La vida

El zumbido de los cazas y las oleadas de sirenas antiaéreas marcan la jornada. Los judíos religiosos se ponen a salvo sin conocer los detalles: era ‘shabat’ y no podían consultar móviles, radio o televisión

Habitantes de Ramat Gan, en Israel, buscaban refugio de los ataques de Irán en las estaciones del metro.Oded Balilty (AP)

Yosef y Dina aprietan el paso. Las sirenas antiaéreas han empezado a sonar sobre Jerusalén, avisando de la inminente llegada de un misil iraní, y el guarda del Museo de la Tolerancia les abre la puerta y anima con un gesto a entrar y resguardarse en una planta subterránea. Les cuesta correr, por su avanzada edad, pero tienen tiempo (unos 90 segundos, habitualmente) y las defensas antiaéreas suelen interceptar los proyectiles.

En realidad, este matrimonio israelí no sabe exactamente qué ocurre desde primera hora de la mañana en Oriente Próximo: son judíos religiosos y aún es shabat, el día sagrado en el que tienen prohibido encender aparatos electrónicos, como móviles, radio o televisor, y que no concluye hasta la caída del sol. Solo intuyen ―por lógica tras semanas de preparativos militares masivos de EE UU e Israel― que Irán ha sido bombardeado y que las sirenas que vienen sonando por oleadas desde primera hora corresponden a su respuesta. Por eso, una vez a cubierto, sonríen sin ápice de miedo.

“No tengo claro qué está pasando, pero rezo porque nuestros pilotos vuelvan sanos y salvos a casa y esto acabe pronto”, señala Dina. Su marido festeja el momento de los bombardeos: la parashá de la semana, como se conoce cada fragmento de la Torá que se lee durante el año, tiene este sábado un añadido que recuerda la orden de borrar la memoria de Amalek, la nación enemiga de los israelitas que Dios pidió exterminar al rey Saúl. “E Irán es el Amalek actual. No es una cosa menor, como si a Francia le gusta más o menos lo que hacemos. Es que quieren acabar con Israel”, sentencia.

Representan a los pocos israelíes que se atrevieron a transitar por la vía pública avanzada la tarde, aprovechando que los ataques de Irán concedieron una tregua. Durante las horas matutinas, con las alarmas resonando con escasos intervalos, la urbe se percibía todavía más vacía, casi carente de peatones o vehículos ajenos a las unidades de policía. Una constante sonora persistió en todo el día: el zumbido habitual de los cazas cruzando el cielo.

Al ya habitual silencio del shabat ( sin transporte público ni apenas comercios abiertos), se han sumado las tiendas que han echado el cierre por precaución. Israel lleva en estado de emergencia desde las 08.00 (07.00, en la España peninsular), cuando anunció su ataque a Irán. Ha prohibido las reuniones públicas, cerrado las escuelas y lugares de trabajo, y trasladado pacientes a instalaciones subterráneas de los hospitales. Mañana domingo, que aquí es el primer día de la semana, solo abrirán las tiendas que vendan necesidades consideradas básicas. El ministro de Educación, Yoav Kisch, ya ha anunciado que las escuelas permanecerán cerradas al menos hasta el lunes, con aprendizaje a distancia. Tampoco habrá actividad parlamentaria.

Los más religiosos fían la protección a Dios. Los más terrenales, al sistema de defensa antimisiles de Israel, uno de los más avanzados del mundo, apoyado además por el del mayor ejército (Estados Unidos) y otros aliados, como Jordania o el Reino Unido. Algunos israelíes han aprovechado incluso el sol de primera hora para ir a la playa en Tel Aviv, antes de la respuesta inicial iraní, casi dos horas más tarde. De hecho, en anteriores conflictos bélicos, la mayoría de muertos se deben a que incumplieron las normas de protección o por falta de refugio, al tratarse de beduinos que habitan aldeas que Israel no reconoce oficialmente.

La gran mayoría de israelíes tiene muy interiorizadas las normas de actuación: cuánto tarda en llegar un misil, cuánto un dron, dónde está el refugio más cercano o cuál es la llamada habitación segura, pese a servir de poca protección ante un misil lanzado desde Irán.

Es justo a lo que se refieren el matrimonio formado por Yonathan e Ilana, de 38 y 31 años, respectivamente. Emigraron hace diez años de Francia a Israel (que concede automáticamente la nacionalidad a quien tenga al menos un abuelo judío) porque, explica Yonathan, suponía “cumplir un sueño” en tanto que judíos. Así que, añade, han tenido tiempo de acostumbrarse al ritual de las sirenas y de las idas y venidas a los refugios, pero les sigue pareciendo nuevo. “No hemos crecido con eso”, señala. “Sí, da miedo. Lo pasas un poco mal, pero nada que nos haga plantearnos volver a Francia o irnos a otro país”.

Ilana tercia con tono más enfadado: “Es un poco esquizofrénico. Nos hemos acostumbrado, por la fuerza de los hechos. Estamos más tranquilos que en [la anterior guerra con Irán) junio y que el 7 de octubre [de 2023, con el ataque de Hamás)”.

La prueba, señala a los carritos de bebé, es que se han atrevido a sacar a pasear a sus hijos de casi uno y dos años, aunque les haya supuesto acabar corriendo hacia el refugio, cargándolos a toda prisa para subir las escaleras. Aunque son religiosos, sí consultan las ruidosas alertas que las autoridades mandan a los móviles cuando identifican un lanzamiento desde Irán, unos 15 minutos antes, aproximadamente. Es pikuaj nefesh, el principio de la ley judía que permite saltarse normas religiosas para salvar vidas.

La urbe muestra además imágenes que rozan lo inverosímil. Como si el tiempo se hubiera detenido desde el amanecer, tres judíos ultraortodoxos continúan con su habitual protesta de cada semana y claman “¡Shabbes, shabbes!” (shabat, en yidish) denunciando que la policía o los judíos seculares conduzcan o utilicen el teléfono móvil en la jornada sagrada. Un par de niños juegan al balompié con su padre en una pequeña plaza, hasta que un sujeto les regaña desde su ventana por el alboroto en shabat. Hay quien incluso saca partido de las calzadas deshabitadas para salir a correr o circular en bicicleta. En un bloque con múltiples viviendas de alquiler, un conjunto de turistas cristianas estadounidenses sube los escalones orando: los elevadores permanecen apagados por seguridad mientras el estrépito de las alarmas resuena en todas las plantas.

Entre los escasos viandantes, la mayoría son judíos religiosos que pasean o se dirigen a la sinagoga. Tres de ellos dan media vuelta a regañadientes, cuando enfilaban hacia la antigua ciudadela amurallada. “¿Vais al Muro de las Lamentaciones? Está cerrado”, les avisan otros que vienen de allá. A falta de móviles, se enteran de las noticias por el boca a boca.

En el barrio de Mea Shearim, el bastión ultraortodoxo de Jerusalén, lo celestial pesa mucho más que lo terrenal. El colegio que aparece habilitado como refugio en el listado oficial está cerrado, pero al lado hombres y mujeres (separados y con entradas distintas) rezan al aire libre. Son decenas, como Shalom, que repite plegarias mientras balancea el torso de adelante hacia atrás. “Es tiempo de milagros”, dice sobre el ataque a Irán. “Yo solo tengo miedo de pecar. Y de Dios, de su juicio, porque quien lo teme, no teme las cosas de la tierra”.

También se ven por las calles algunos jornaleros palestinos (que se han visto sorprendidos por el ataque) y trabajadores extranjeros, que suelen vivir en pisos pequeños y pasar los días libres en el exterior. Es el caso de los ceilaneses Indira, de 38 años, y Upeshka, de 43. Llegaron en los últimos dos años a trabajar como cuidadores y Upeshka admite que (tras cuatro enfrentamientos con Irán, más de dos meses de guerra con Hezbolá y misiles puntuales de los hutíes de Yemen o de Hamás) ya ha “memorizado la práctica”, sobre todo para proteger a los niños que cuida. “Venimos de un país [Sri Lanka] que ha estado casi 30 años en guerra [de 1983 a 2009], así que esto no nos gusta, pero tampoco nos cambia la vida. Lo que es una pena es que una persona tome una decisión así y mucha otra resulte dañada en consecuencia”, apunta Indira.

Los hermanos Jesse (20 años) y Noah (19) van Halteren están solos en el refugio, pese a que no hay alarma. No es por miedo (se nota en su lenguaje corporal), sino por pereza y aburrimiento —son las palabras que usan— mientras pasan el tiempo haciendo scroll en el móvil. Son holandeses, vinieron como turistas por cuarta vez por motivos religiosos y tenían previsto volar de vuelta este domingo. “Obviamente, nos han cancelado los vuelos”, explica Jesse. “Entre que es shabat y lo que ha pasado, no podemos hacer nada. Y tampoco está la situación como para irse a hacer senderismo al norte [frontera con Líbano]“, bromea Noah.

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