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Irán: la apuesta más peligrosa de Trump

Estados Unidos ha sufrido este domingo sus primeras bajas, mientras solo un 27% de los votantes respalda la ofensiva

03:12
Cronología del ataque de EE UU e Israel contra Irán
Explosión por el impacto de un misil iraní en Tel Aviv Foto: Gideon Markowicz (REUTERS)

Al dar luz verde a los ataques de Estados Unidos en Irán, Donald Trump ha querido demostrar, una vez más, que es un presidente de acción, dispuesto a hacer uso del inmenso poder militar de su país para doblegar a los países que se le interpongan. Es una apuesta de alto riesgo, que abre numerosos interrogantes y que puede acabar marcando su presidencia y su legado, como Irak le hizo a George W Bush. Las primeras bajas estadounidenses, en una ofensiva muy impopular según las encuestas, pueden ponerlo a prueba.

Este domingo, el Comando Central del ejército de Estados Unidos, responsable de las fuerzas de este país en Oriente Próximo, informaba de la muerte de tres soldados estadounidenses y de heridas graves en otros cinco. Aunque no ha dado información sobre el cómo ni el dónde, su comunicado menciona daños por metralla y conmociones cerebrales entre otros militares heridos leves en el mismo incidente, lo que apunta a un misil iraní. Irán ha lanzado centenares de proyectiles y drones contra bases estadounidenses en el golfo Pérsico.

Por el momento, Trump se muestra eufórico y asegura que la ofensiva va mucho más rápido de lo esperado. Según él, las fuerzas estadounidenses están en camino de hundir la flota iraní y ya ha destruido el cuartel general naval de ese país. También sostiene que los nuevos líderes iraníes quieren negociar, tras la muerte en los bombardeos del líder supremo Ali Jameneí.

Pero no hay indicios de que, al menos por el momento, el liderazgo iraní se debilite o ceda en sus posiciones. “La Administración estadounidense parece esperar que la muerte de Jameneí abra el camino a una implosión de todo el sistema teocrático, pero no hay indicios de que el sistema esté perdiendo el control. Y hay un elemento muy peligroso para Estados Unidos: Jameneí era un líder religioso con muchos seguidores en Irak, Bahréin, Arabia Saudí, Líbano y Pakistán, y ello puede llevar a una desestabilización significativa en esos Estados y ataques contra activos estadounidenses allí”, opina Trita Parsi, vicepresidente del think tank Quincy Institute for Responsible Statecraft.

La resistencia del régimen puede alargar la ofensiva estadounidense-israelí más allá de lo calculado por Trump. Y causar más bajas entre los soldados estadounidenses, algo que los votantes pueden no perdonarle. La operación Furia Épica es, desde el principio, muy impopular en las encuestas: solo un 27% de los estadounidenses aprueban los ataques, mientras que un 43% los condenan, según una encuesta de Reuters/Ipsos. El anuncio de los bombardeos ya causó fuertes divisiones entre el movimiento MAGA, los partidarios más acérrimos del presidente.

La fijación de Trump por Irán, al que ha atacado por segunda vez en nueve meses, deja claro hasta qué punto la política exterior domina el mandato de un presidente que durante la campaña apeló a los sentimientos aislacionistas de sus simpatizantes.

El candidato que prometía no inmiscuirse en las guerras de otros países tiene ahora entre manos —entre otras prioridades geopolíticas— la tutela de Venezuela, convertida en un protectorado estadounidense de hecho desde la intervención del 3 de enero; supuestas negociaciones con Cuba, de la que dice que podría “tomarla de manera amistosa” y otro posible cambio de régimen; intentos de poner fin a la guerra en Ucrania, y gestionar con el resto de países cómo proceder después de que el Tribunal Supremo cancelase los aranceles que impuso el año pasado.

Durante meses, sus asesores han tratado sin éxito de persuadirle de que prestase más atención a la situación económica y al coste de la vida, problemas mucho más prioritarios para los votantes en un año de elecciones, en el que se decidirá si los republicanos mantienen su tenue control de ambas Cámaras del Congreso o si los demócratas recuperan el dominio de una institución clave para imponer cortapisas a su detestado rival político.

De momento, la incógnita es qué ocurrirá en los próximos días en Irán. “Los bombardeos intensos y localizados van a proseguir ininterrumpidos a lo largo de la semana o todo el tiempo que sea necesario para lograr nuestro objetivo de [alcanzar la ] paz en Oriente Próximo y, de hecho, en todo el mundo”, prometía el mandatario el sábado en un mensaje en su red social, Truth.

Con esta afirmación, el republicano se desmarcaba de la preferencia que había demostrado hasta ahora por ataques rápidos y muy cinematográficos, con un riesgo relativamente reducido para los soldados estadounidenses. Trump reconocía entonces la probabilidad de que ahora sí hubiera bajas entre los militares de su país, a diferencia de lo que ocurrió en la intervención en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro o, en junio pasado, contra instalaciones nucleares en el propio Irán.

La campaña más larga puede desencadenar represalias iraníes en otros países de la zona -en su primera respuesta ha lanzado centenares de drones y misiles contra las bases estadounidenses en el golfo Pérsico-, y amplíen el conflicto a otros puntos de la región. Especialmente si los grupos radicales bajo patrocinio de Teherán optan por reaccionar.

Tampoco está claro qué pueda ocurrir en el interior de Irán y sus llamamientos a un cambio de régimen. El gigantesco despliegue militar estadounidense no puede, por sí solo, imponer un nuevo Gobierno. No incluye fuerzas terrestres, y nunca en la historia se ha logrado una meta así simplemente mediante bombardeos a distancia.

Está también por ver si las Fuerzas Armadas y los ciudadanos de ese país escucharán su llamamiento de este sábado a rebelarse contra su Gobierno u optarán por cerrar filas frente a un agresor extranjero. En caso de sublevación, tampoco está definido qué reemplazaría al actual régimen de los ayatolás. Jonathan Panikoff, del Atlantic Council, prevé que lo más probable no es una democracia liberal, sino “algo que algunos llaman ‘Guardia Revoluciona Islamistán’, un Estado controlado por los militares que presente un nuevo líder supremo como gesto a los millones de iraníes conservadores, pero cuyo poder esté firmemente en manos de la Guardia Revolucionaria Islámica”.

Incluso si se llegara a una democracia, tampoco hay una hoja de ruta clara para ello: se desconoce si sería posible repetir el actual experimento que se vive en Venezuela, o si comenzaría una guerra civil. La oposición iraní, tras décadas de República Islámica, está profundamente dividida, buena parte de ella en el exilio. Tampoco se ha puesto a prueba la capacidad de aguante de Trump, poco conocido por su paciencia, si la situación se prolonga o sus tropas empiezan a sufrir bajas o reveses.

“Al atacar Irán, el presidente Trump arriesga las vidas de soldados estadounidenses por una guerra innecesaria, bajo la falsa noción de que un país tan débil y lejano como Irán, que no puede atacar el territorio estadounidense, representa una amenaza inminente contra este país”, apuntaba Rosemary Kelanic, directora del programa para Oriente Próximo del think tank Defense Priorities, en una reacción inicial a los bombardeos. “Trump nunca ha llegado a presentar objetivos claros para atacar Irán, mucho menos un plan militar factible para lograr los objetivos de Estados Unidos, sean los que sean, a un coste y riesgo aceptables. Las guerras lanzadas sin metas claramente definidas pueden expandirse con demasiada facilidad y 25 años de políticas estadounidenses fracasadas demuestran que es mucho más fácil empezar una guerra en Oriente Próximo que acabarla”.

A lo largo de estos dos meses de amenazas contra Irán, Trump siempre insistió en que quería llegar a un acuerdo por la vía diplomática. Sus representantes favoritos, Steve Witkoff y su propio yerno, Jared Kushner, se desplazaron tres veces para otras tantas rondas de negociaciones indirectas, en Omán y Ginebra, sobre el programa nuclear iraní. Pero mientras tanto, Estados Unidos acumulaba un enorme despliegue naval y aéreo en Oriente Próximo, que incluía dos portaaviones - uno de ellos, el Gerald Ford, el mayor del mundo y el más moderno de la flota estadounidense, empleado ya en la operación en Venezuela.

“Es posible que las intervenciones en Irán el año pasado y Venezuela en enero hayan dejado a Trump y su entorno convencidos de que pueden conseguir metas ambiciosas con pocos medios y bajo coste. Pero la historia advierte de que aunque solo hace falta uno para empezar una guerra, son necesarios dos para acabarla. Irán tiene ahora voz y voto en este conflicto, en lo grande que puede llegar a ser y lo mucho que dura”, advierte en su blog Richard Haass, presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores.

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