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Alí Jameneí, el ayatolá que gobernó Irán con mano de hierro durante casi cuatro décadas

La máxima autoridad del país estaba considerado por gran parte de la población como un dictador que no dudó en dar la orden de disparar cada vez que salieron a la calle pidiendo mayores libertades

Alí Jameneí, en una imagen del 28 de junio de 2024, tras emitir su voto durante las elecciones presidenciales en Teherán. Associated Press/LaPresse (APN)

El ayatolá Alí Jameneí, líder supremo de Irán desde 1989, ha muerto en un bombardeo de su archienemigo Israel. Así lo afirmaron fuentes israelíes y de Estados Unidos. Tenía 86 años. Sus seguidores llorarán la desaparición del hombre que mantuvo la llama de la revolución que en 1979 acabó con la monarquía y transformó el país en una República Islámica. Para la mayoría de los iraníes, desaparece un dictador que no tuvo empacho en dar la orden de disparar cada vez que salieron a la calle pidiendo mayores libertades o denunciando penurias económicas, y a cuyo empeño nuclear responsabilizan del aislamiento internacional y de los bombardeos de EE UU e Israel. Quien le sustituya nunca alcanzará el mismo poder, dado el peso que durante su mandato han adquirido los militares de la Guardia Revolucionaria y la pérdida de legitimidad que ha experimentado el régimen islamista.

El viejo lema antimonárquico “marg bar diktator” (muerte al dictador) que los iraníes rescataron en 2009 (cuando se manifestaron contra el pucherazo electoral) y han repetido en cada protesta desde entonces, refleja no solo la polarización del país, sino el fracaso del máximo dirigente para tender puentes. A partir de entonces quedó en agua de borrajas la idea del líder supremo como árbitro entre las facciones que desde el nacimiento de la República Islámica competían por el control del Estado. Jameneí se alineó con los sectores más conservadores ante el riesgo de que dejar paso a los reformistas diera al traste con un sistema cuya estructura aparentemente democrática (elecciones, Parlamento) siempre estuvo constreñida por la supremacía de instituciones no electas como la del propio líder. La creciente represión durante sus 37 años en el poder ―era el autócrata más longevo de Oriente Próximo― ha dejado una oposición diezmada y con escasas posibilidades de plantear una alternativa viable en lo inmediato.

Poco después de aquellas manifestaciones, en la Dirección General de Prensa Extranjera aparecieron enmarcadas algunas citas del “imam Jameneí”. No era un ejercicio de propaganda más. La anteposición de ese título honorífico, imam (literalmente, “el que predica la fe”), buscaba reforzar la legitimidad de Jameneí, cuestionada desde su llegada al cargo por otros ayatolás. El hombre más poderoso de Irán evidenciaba así su punto débil.

Cualquiera hubiera tenido difícil relevar al fundador de la República Islámica, el ayatolá Ruholá Jomeiní, autor también del marco doctrinal del velayat-e faqih (gobierno del jurisconsulto) sobre el que se asienta la teocracia iraní y que otorga al líder supremo la máxima autoridad sobre todos los asuntos de Estado, incluidos los militares. Además, Jameneí no era el hombre previsto. Pocos meses antes de morir, Jomeiní había descartado a su delfín, el gran ayatolá Hosein Alí Montazerí. A diferencia de éste, Jameneí apenas tenía el rango inferior de hoyatoleslam, pese a lo cual obtuvo el respaldo de dos tercios de los 86 clérigos que entonces integraban la Asamblea de Expertos. La élite gobernante hizo piña en torno al nuevo dirigente y todos los medios oficiales pasaron a referirse a él con el tratamiento de ayatolá.

Consciente de que carecía del carisma y las credenciales religiosas de su predecesor, Jameneí se concentró desde el principio en desarrollar redes de fidelidad tanto en la Guardia Revolucionaria (el ejército ideológico y espina dorsal del régimen) como entre los clérigos que administran las principales fundaciones y seminarios del país. Fueron sobre todo los miembros de la Guardia, también conocidos como pasdarán, quienes le ayudaron a consolidar su autoridad dentro de Irán y a expandir la influencia del régimen en Oriente Próximo. A ellos recurrió para silenciar cada estallido de descontento sin que le temblara el pulso ante las miles de víctimas de su represión. Y les premió con crecientes cotas de poder económico y político.

Su otro instrumento de poder fue el fondo de cobertura llamado Setad, que agrupó inicialmente las propiedades confiscadas durante la revolución, pero que luego amplió su alcance con inversiones propias. La organización, que la agencia Reuters valoró en 95.000 millones de dólares en 2013, incluye cuantiosos bienes raíces y decenas de empresas en todos los sectores, desde el petróleo y la industria hasta las finanzas y las telecomunicaciones. Esta riqueza ha permitido recompensar a los leales del régimen, mientras la mayoría de la población se empobrecía como resultado de la inflación generada por la mala gestión económica y las sanciones internacionales a su controvertido programa nuclear.

Como adalid de la República Islámica, Jameneí hizo de la enemistad hacia Estados Unidos e Israel el fundamento de su política exterior. De ahí se deriva la apuesta por la red de grupos armados que financió en Oriente Próximo (el hoy menguado Eje de la Resistencia) y el empeño por dominar el ciclo atómico como disuasión. Solo de forma renuente aceptó el acuerdo nuclear de 2015 (en parte porque los pasdarán, responsables de ese proyecto, esperaban beneficios económicos y tecnológicos). El abandono del mismo por la primera Administración de Trump tres años después ratificó su desconfianza hacia el Gran Satán, como el régimen tilda a EE UU. El bombardeo israelí de junio de 2025, justo cuando Irán volvía a negociar al respecto, evidenció los límites de su estrategia. Muchos iraníes le responsabilizaron de haber provocado la animadversión con esa política.

Alí Hoseiní Jameneí, nacido en la ciudad santa de Mashhad en 1939, fue el segundo de los ocho hijos del ayatolá Jawad Hoseiní Jameneí, un clérigo de origen azerí (una minoría étnica de lengua túrquica). Como es habitual en las familias de la curia chií, empezó sus estudios religiosos antes incluso de completar la educación primaria. Más adelante asistió a las clases de varios destacados ayatolás, entre ellos del propio Jomeiní, de quien con el paso del tiempo llegaría a ser confidente. Desde muy pronto se implicó en actividades islamistas, lo que motivó su primera detención en 1963.

A partir de ahí, y aunque regresó a sus estudios en la ciudad de Mashhad, Jameneí se dedicó más a la política que a la erudición. Según su página oficial, la policía secreta del shah lo detuvo varias veces más antes de la revolución. Se unió desde el principio a las revueltas contra el monarca y Jomeiní le incluyó en el Consejo Revolucionario Islámico poco antes de regresar del exilio en París. Una vez proclamada la República Islámica, ocupó varios cargos hasta ser elegido presidente en octubre de 1981. Cuatro meses antes había sido objetivo de un atentado terrorista de los Muyahidin-e Jalq que le dejó el brazo derecho paralizado para siempre.

Además de persa y algo de turco (la lengua materna de su padre), conocía bien el árabe, idioma fundamental para cualquier estudioso del islam y que le permitió traducir al egipcio a Sayyid Qutb, uno de los teóricos de cabecera de los movimientos islamistas modernos y que sin duda influyó en el conservadurismo de su pensamiento. Poco se conoce de sus actividades privadas, más allá de que era un apasionado de los caballos. En alguna ocasión confesó que de joven había fumado y que le gustaba la música tradicional, dos aficiones consideradas debilidades entre los islamistas.

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