Ataque de EE UU a Irán: una ofensiva con sabor a interés político personal de Trump
Además de una lógica militar y de cambio de régimen, tiene peso la voluntad del presidente de distraer de una situación interna muy negativa

El Rubicón está cruzado. Estados Unidos ha vuelto a atacar a Irán después de los bombardeos dirigidos contra sus instalaciones nucleares del pasado mes de junio. El ataque se produce mientras las dos partes llevaban a cabo una compleja negociación. ¿Cuáles son sus objetivos reales? Hay tres planos de análisis: el militar (nuclear y convencional); el político (cambio de régimen); el interno (anotarse un éxito y distraer en un momento de dificultades de Donald Trump).
En el primer plano, la lógica teórica es asestar un nuevo golpe a un adversario ya muy debilitado por acciones bélicas anteriores de Israel y de EEUU, por el colapso o debilitamiento de sus proxies en la región (El Asad, Hezbolá, Hamás) y por las protestas internas, y esperar que ello induzca al régimen iraní a avenirse a un nuevo pacto con concesiones más claras que el que selló en su momento Obama. Los ámbitos de mejoras podrían ser la renuncia al enriquecimiento de uranio, limitaciones al programa misilístico y previsiones sin límites temporales, permitiendo a Trump demostrar su superioridad. El problema de esta lógica es que es improbable que un régimen ideologizado y nacionalista acepte una ninguna de esas condiciones, que serían percibidas claramente como una capitulación humillante.
En el segundo plano, la lógica es aquella de aprovechar el enorme descontento de la población iraní con un liderazgo represor infame, provocar su caída. En este plano también se acumulan problemas. Incluso un descabezamiento amplio y eficaz como el que se llevó a cabo contra la cúpula de Hezbolá en Líbano no garantiza el colapso de un sistema. En un entorno diminuto y con una total disparidad de fuerzas como ocurre en la Franja de Gaza, Israel tampoco consiguió el colapso de Hamás. En un país tan grande como Irán, y con un régimen asentado rocosamente durante décadas, no es nada descontado conseguir un colapso. Sin duda los líderes de la República Islámica habrán elaborado detallados planes de contingencia, incluidas múltiples opciones de relevo en caso de exitoso golpeo de su cadena de mando. Por otra parte, es clásico el fenómeno por el cual los ataques externos producen un cierre de filas con el poder.
El tercer plano, el del interés político personal de Trump, se sostiene sobre numerosas patas. El proyecto trumpista embarca agua a babor y estribor. El Supremo ha propinado un palo tremendo a su política arancelaria, el escándalo Epstein es una cloaca muy amenazante, la aventura del ICE se está hundiendo en la ignominia, se suceden resultados electorales y sondeos muy adversos. Trump es un maestro en la ejecución de la ya célebre teoría de inundar la zona -en este caso no con estiércol informativo, sino con bombas-, la táctica de la distracción. El terreno internacional es su favorito. Pese a haberse siempre posicionado como un líder reacio al uso de la fuerza y a las acciones militares de elección -no de necesidad- la vida política le está llevando hacia otro lado. Le salieron bien las jugadas del bombardeo contra las instalaciones nucleares iraníes en junio -con una respuesta patética de Teherán- y la operación contra Maduro.
Posiblemente, crea que también esta jugada pueda salirle bien, con claros activos que mostrar y sin consecuencias negativas. Pero se trata sin duda de una jugada muy arriesgada. El régimen iraní emite señales de estar dispuesto a la escalada. Esta podría, esta vez, dirigirse no solo a activos de EE UU en la zona o a Israel, sino también a objetivos de países del Golfo, con graves consecuencias, no solo para las personas, sino también en el plano económico global, por ejemplo con una disrupción del mercado energético. Una jugada de alto riesgo por parte de un líder en horas bajas.
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