Yo, el caos
Bruselas está a punto de lanzar un nuevo comunicado condenando a los ingenieros del desorden mundial; sin citar a Trump, por supuesto, no vayan a enfadarse en el Despacho Oval


Dicen sus biógrafos que en el fondo quiere ser Madonna, pero no pasa de ser un lanzallamas salvaje. Trump tiene un ego rampante con más necesidad de atención que un niño recién destetado. Adicto a la hipérbole, posee un retrato de tamaño natural en una de sus mansiones titulado El visionario. Como gracia divina exhibe un gaseoso parloteo con términos como fantástico, extraordinario, asombroso, brutal, estupendo, formidable, magnífico, increíble y varios sinónimos de enorme. Es un folclórico, un narciso cínico que cumple a rajatabla su primera y única regla: nunca ser aburrido.
Hace 100 años un politólogo le susurraba a Hitler al oído que el negocio de la política consiste sobre todo en identificar al enemigo; el carnaval nacional-populista de estos tiempos tiene a su propio politólogo filofascista, Steve Bannon, que le susurra al presidente de Estados Unidos que está bien eso de aliñarse enemigos, pero que el objetivo último es el caos. Entropía, desbarajuste, desconcierto y una cámara de eco: una vez sembrado el caos, un puñado de tecnomagnates hacen su magia negra, a través de las redes sociales, que se encargan de alimentar con ese desorden el formidable malestar de la ciudadanía.
El caos se declina de distintas maneras. Se puede amenazar a Panamá, México y Canadá. Se puede intimidar a Europa. Se puede intervenir Venezuela y llevarse a su presidente en helicóptero para que sea juzgado en Estados Unidos. O bombardear Irán y Yemen, dejar sin ayuda a Ucrania y darle permiso a Netanyahu para que deje Gaza como un solar para construir un resort turístico. Y hay una modalidad geoeconómica en esa ópera de Wagner: también se puede sembrar el caos en el mar de los sargazos de la economía, y usar los aranceles para dejar patas arriba el comercio global.
“El presidente no goza de autoridad para imponer aranceles en tiempos de paz”, han dicho en el Tribunal Supremo un puñado de jueces designados por el propio Trump, que confirman lo que ya dijo en mayo el Tribunal de Comercio Internacional, y en agosto el Tribunal de Apelaciones. ¿Son estos tiempos de paz? La respuesta de Trump a esa pregunta angelical es sacar el lanzallamas y sembrar más caos con un arancel global del 15% para los próximos 150 días. Los grandes periódicos de Estados Unidos han tildado ese fallo de “gran derrota política”, y señalan que los índices de popularidad de Trump están por los suelos. Los mercados son menos dados a las palabras de charol, y han respondido con una sacudida de incertidumbre: el oro vuelve a subir, el dólar vuelve a bajar y, alehop, todo se vuelve caótico e impredecible. Como uno de aquellos conciertos de Madonna, pero con una finalidad destructiva. Puro Trump.
Bruselas ha respondido a ese fenómeno de la galaxia con una combinación lastimosa: las babas de Rutte como secretario general de la OTAN mezcladas con el vasallaje feliz de la jefa de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. El verano pasado, Von der Leyen firmó un acuerdo con Trump en uno de los clubes de golf del presidente de EE UU para rebajar (mínimamente) los aranceles europeos a cambio de promesas de gasto en la industria de defensa estadounidense, en energía (750.000 millones) en inversión en infraestructuras (600.000 millones en varios años) y en tecnología (40.000 millones en chips). Su séquito nos aseguró que eso no era una genuflexión, sino una manera de garantizar que Estados Unidos no iba a dejar en la estacada a Ucrania. Ahora ni siquiera se puede confiar en ese acuerdo: el Parlamento Europeo acaba de acordar, con buen criterio, que se retrase la firma hasta que las aguas se calmen.
Pero las aguas no van a calmarse: el objetivo es el caos. Hay que tener un ojo en los datos comerciales, aunque ahí no ha habido una debacle a pesar del trumpismo, y otro en los mercados financieros, los únicos que han sabido darle un par de papirotazos a Trump en el último año. Los mercados han demostrado que pueden disciplinar al presidente, pero de momento les va la mar de bien: adonde de veras hay que mirar es a la geopolítica. No va a haber apaciguamiento: vamos a ver cómo se alimenta la máquina del caos una y otra vez. Los griegos quitaban la ciudadanía a quienes no tomaban partido por uno u otro bando. Dante dejaba a los tibios a las puertas del infierno, atormentados por las avispas. Sería interesante ver qué harían los griegos y Dante con gente como Rutte y, en menor medida, Von der Leyen.
Cuentan los cronistas que cuando las primeras noticias del desembarco de Hernán Cortés llegaron a la capital del imperio azteca, Moctezuma convocó a sus consejeros. Unos le decían que había que rechazar a los intrusos en el acto. Otros que cuidado: tal vez no fueran bárbaros, sino dioses. Moctezuma decidió no decidir: al querer evitar la guerra a costa de su deshonor, tuvo deshonor y guerra. Eso no va a ocurrir en Europa: Bruselas está a punto de lanzar un nuevo estupendo comunicado condenando a los ingenieros del caos. Sin citar a Trump, por supuesto. No vayan a enfadarse en el Despacho Oval.
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