El escándalo del expríncipe Andrés, el mayor desafío del reinado de Carlos III
El palacio de Buckingham lucha desesperadamente por poner distancia con el caso y frenar un debate sobre la monarquía


Pocas horas después de que su hermano Andrés fuera arrestado el jueves por la policía en su propio domicilio y trasladado a comisaría para ser interrogado, el rey Carlos III acudió a la London Fashion Week (Semana de la Moda de Londres). Formaba parte de su agenda desde hacía meses, que en su afán por preservar la normalidad no estaba dispuesto a alterar. Se le vio charlar entre risas con Stella McCartney, hija de Paul, el carismático componente de los Beatles. “Es genial, sí. Es genial. Vosotros dos tendrías que pasar un rato juntos”, le decía la diseñadora al monarca cuando le preguntaba por su padre.
La monarquía es tan indisoluble de la imagen del Reino Unido como el cuarteto musical de Liverpool. Resulta imposible imaginar al país sin esa institución, y por eso todavía muchos expertos en realeza evocan sin ruborizarse la distinción que hizo Walter Bagehot, el legendario director del semanario The Economist, en su libro The English Constitution (La Constitución Inglesa). La corona, según el autor, era la parte solemne, majestuosa y digna del Estado. El Gobierno, por otro lado, era simplemente la parte eficaz. Poesía frente a prosa. “No debe permitirse que la luz del día entre en la magia”, defendía Bagehot. El poder de la monarquía residía en su misterio y no debía ser sometida a un escrutinio minucioso.
El escándalo de la relación del hermano del rey con el multimillonario pederasta estadounidense Jeffrey Epstein ha reventado cualquier pretensión de magia y misterio en torno al palacio de Buckingham, obligado a regañadientes a levantar sus alfombras para poner freno a la crisis constitucional más grave que enfrenta desde la abdicación de Eduardo VIII. La muerte de Lady Di, reflejada en películas y series como el momento más delicado y grave en el reinado de Isabel II, parece ahora un asunto menor comparado con la tormenta desatada esta semana.
“Es como comparar una pequeña zozobra con el hundimiento del Titanic. Aquello fue un grupo de gente molesta porque la reina no iba a Londres [tras la muerte de Diana de Gales] a saludar. Lo hizo y todos fueron felices de nuevo. Esto es un escándalo de dimensiones completamente diferentes. Se trata de hechos delictivos. Andrés ha sido arrestado presuntamente por filtrar documentos, pero lo realmente tóxico son las acusaciones de abusos sexuales. No se puede ser acusado de algo más tóxico, y la casa real no va a poder escabullirse de esto”, afirma Graham Smith, el fundador del movimiento Republic, que en las últimas horas ha multiplicado sus encuentros con una prensa internacional ávida de explicaciones y pronósticos.

El grupo ha conseguido, desde la coronación de Carlos III, reactivar un debate que, en cualquier caso, siempre ha tenido una naturaleza marginal en el Reino Unido. Monarquía o república. Smith ha denunciado ante la policía al expríncipe Andrés desde que comenzaron a hacerse públicos sus turbios manejos con Epstein. Nadie le hizo caso. Hasta ahora. La reciente montaña de archivos del financiero fallecido en prisión publicada por el Departamento de Justicia estadounidense ha provocado un alud que no han podido esquivar ni la casa real, ni la policía, ni el Parlamento ni, por supuesto, el propio Andrés. Fue el grupo Republic el que denunció las supuestas filtraciones de información confidencial económica del Gobierno a Epstein, durante el tiempo en que Andrés ocupó el puesto de enviado especial de Comercio Exterior del Reino Unido 8entre 2001 y 2011), que son presuntamente la base de la investigación abierta sobre el expríncipe. Se intenta comprobar, a través de su interrogatorio y del registro de sus viviendas, si cometió un delito de conducta inapropiada en el desempeño de un cargo público.
El Centro Nacional para la Investigación Social, que publica una encuesta en profundidad sobre las actitudes sociales de los británicos desde 1983 (aborto, gasto público, impuestos, muerte asistida… y monarquía) reflejó en sus últimos datos el menor apoyo a la corona en cuatro décadas. Solo un 51% de los consultados consideraba muy importante que el Reino Unido tuviera esa forma de Estado, frente al 86% que opinaba así hace 40 años. La brecha generacional hablaba por sí sola: un 59% de las personas de entre 16 y 34 años quería poder elegir a su jefe de Estado, frente al 76% de 55 o más años que apoyaba la continuidad de la monarquía.
Sin embargo, el apoyo directo a una abolición de la institución apenas llega al 15%. Estar descontento no supone, al menos en el Reino Unido, querer derribar la casa. Sin embargo, el escándalo del expríncipe Andrés ha logrado agitar los cimientos.
“Hay mucha más voluntad de poner en cuestión el modo en que se financian, y mucha menos deferencia hacia ellos. Les va a resultar casi imposible recuperarse de este escándalo, recomponer su reputación o reavivar su popularidad. Aunque siguen estando muy atrincherados, y los políticos no quieren saber nada sobre un cambio de régimen. Pero que ha habido un movimiento sísmico es evidente, y la cuestión ha pasado de ser un quizás a un cuándo”, afirma Smith con cierta dosis de voluntarismo.
Un rey a la defensiva
La mayoría de los medios británicos convencionales y de los expertos en realeza que habitan normalmente en las pantallas británicas se lanzaron el jueves a elogiar el comunicado emitido por Carlos III, nada más conocerse el arresto de su hermano. El rey se refirió a él casi como a alguien que no conociera, Andrés Mountbatten-Windsor (ni la menor referencia familiar), y exigió que “la ley siguiera su curso”, además de ofrecer su “completa colaboración y apoyo” a la investigación.
Por fin había hecho lo que tenía que hacer, celebraban los más monárquicos. Poner una barrera cortafuegos entre la corona y los desmanes de su hermano, desentenderse de él definitivamente. Transmitir finalmente la firmeza que no logró transmitir con gestos que no decían nada a la ciudadanía, como la retirada a Andrés de sus títulos de príncipe o duque, o la expulsión de la mansión que había disfrutado durante décadas en el complejo de Windsor para buscarle acomodo en otra vivienda, quizá no tan fastuosa pero igual de inalcanzable para el común de los mortales, en la propiedad familiar de Sandringham.
Hasta un monárquico rabiosamente crítico con el modo en que el palacio había gestionado durante años los desmanes de Andrés ha aplaudido la reacción de Carlos III. El historiador Andrew Lownie, autor de Entitled: The Rise and Fall of the House of York (William Collins , 2025 ; Privilegiado: auge y caída de la Casa de York), una sentencia demoledora y definitiva de 450 páginas contra el hermano del rey que ya contenía parte de las informaciones que ahora parecen haber sorprendido a tantos, ve en el movimiento del monarca una jugada inteligente.
“Creo que por fin se han dado cuenta de la gravedad de la situación, y de que necesitan colaborar abiertamente con la policía. Y que, si es necesario, Andrés tiene que caer. Creo que ha pasado a ser un momento existencial”, dice Lownie a Papallones en una apresurada conversación telefónica. En las últimas horas, el historiador es reclamado en numerosos medios y se felicita por sentirse reivindicado.
“Por fin estamos avanzando hacia un debate público serio en torno a la necesidad de cierta rendición de cuentas por parte de la monarquía. Resulta alentador el modo en que ha reaccionado el rey, que lleva a pensar en que sea posible una mayor transparencia”, celebra el historiador.
La supuesta transparencia, sin embargo, no acaba de convencer a los más críticos. Es evidente que los Windsor quieren soltar amarras con un personaje tan tóxico como Andrés. El príncipe heredero, Guillermo, ha tenido mucho que ver con la dureza mostrada hacia su tío, porque es consciente de que solo si su padre el rey adopta ahora medidas contundentes, podrá él heredar en algún momento que hoy parece cercano una monarquía con visos de futuro.

“El palacio [de Buckingham] hizo algo bastante insólito por sí mismo: emitió un comunicado en el que decía que apoyaba la investigación policial. Algunos pensaron que se trataba de algo muy relevante. Yo creo que era lo mínimo que podían hacer”, critica Smith, que recuerda que todos los gestos anteriores de años pasados se habían revelado inútiles.
“Con cada nuevo paso que daban, pensaban que era suficiente. Más tarde se daban cuenta de que no lo era. Han llegado al final del camino y han entendido que lo único que pueden hacer ya es colaborar con la policía”, señala.
El final de ‘la empresa’
Fue Felipe de Edimburgo, el esposo de Isabel II, quien más tiempo dedicó a teorizar cómo debía funcionar una monarquía moderna para preservar su relevancia. A él se debe que se conociera a la familia real como The Firm (la empresa), un término que hizo fortuna durante décadas entre los periodistas que cubrían los asuntos del palacio de Buckingham, del que ahora reniegan Carlos III o su hijo Guillermo.
El príncipe Felipe concibió una familia amplia, en la que sus numerosos miembros activos se extendieran como tentáculos en la vida social del Reino Unido hasta convertirse en parte inesquivable del paisaje. Hijos, cónyuges, sobrinos y nietos distribuidos a lo largo del país y del calendario para inaugurar colegios, asistir a ferias agrícolas, abrir hospitales o participar en eventos caritativos. Llegaron a competir entre ellos por ver quién era el más trabajador. La princesa real Ana, la segunda hija de Isabel II, estaba siempre a la cabeza de la carrera, con cerca de medio millar de actos públicos al año.
Con el éxito de ese diseño llegó también su maldición. Personajes como Andrés, o como su exesposa, Sarah Ferguson, conquistaron una relevancia que no les correspondía y que utilizaron para hacer sus negocios, adquirir contactos como el multimillonario Epstein y sostener un tren de vida costoso.
Ya antes de acceder al trono, cuando todavía era el eterno heredero y príncipe de Gales, Carlos de Inglaterra transmitió a sus fieles (y estos a la prensa amiga) su idea de reducir la monarquía, acoplar su tamaño al de otras casas europeas más funcionales y modernas como las nórdicas, o como la española. Iba a ser su legado, con la idea puesta el reinado de su hijo Guillermo. La grandeza de su reinado iba a ser la de rediseñar la institución para asegurar su supervivencia.
Como escribió Shakespeare, otro símbolo de lo británico, en la comedia Noche de Reyes, “algunos nacen con grandeza, otros la conquistan y a algunos la grandeza se les viene encima”. A Carlos III le tocó lidiar con los ataques y despechos desde Estados Unidos de su hijo Enrique, y con un cáncer que le obligó a retirarse casi del todo de la actividad pública presencial durante casi un año.
El terremoto provocado por su hermano Andrés ha sido su verdadera prueba de fuego. Pero su lucha contra la enfermedad le ha granjeado la popularidad de los británicos. Y el despecho de su hijo Enrique, cierta solidaridad. La institución monárquica no parece correr peligro, pero está obligada de una vez por todas a dejar de ser The Firm para ser algo más transparente y responsable.

“Reemplazar la corona con una república, que en principio podría ser preferible para muchos, supondría una empresa descomunal que robaría el tiempo de una clase política que ya se las ve y se las desea para llevar a cabo reformas modestas como la supresión del elemento hereditario en la Cámara de los Lores. Pase lo que pase con Andrés, pocos políticos querrán dedicar su tiempo y su esfuerzo en reconstruir nuestra arquitectura constitucional, mientras Carlos y Guillermo preserven su popularidad personal”, ha escrito en el semanario Prospect el abogado y analista jurídico Dat Green.
Pero para preservar esa calma y esa estabilidad, Carlos III está obligado, a ojos de críticos y aliados, a eliminar definitivamente la sombra de su hermano Andrés, el hijo consentido y protegido de Isabel II, sobre la monarquía británica. Quizá la última lección del difunto Felipe de Edimburgo, en su empeño por manejar los asuntos de Buckingham como una empresa, sea la necesidad ineludible que surge tarde o temprano de poner a los negocios por delante de la familia para poder sobrevivir.
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