¿Estás comiendo ortigas por los motivos equivocados?
No necesitan ser exquisitas ni milagrosamente saludables para tener sentido en la cocina. Lo tienen por conectar con un pasado agrario que no conviene olvidar o por la economía circular


Estamos en temporada reina de la enemiga número uno de los niños, la primera planta de la que aprendimos el nombre. Tienes diez años y vas a la velocidad de la luz, levantando polvareda y dando botes cuesta abajo, con la bici fuera de control. Ante ti, el dilema: estamparte en el margen izquierdo, frondoso de zarzas, o en el derecho, verde de ortigas.
Hoy hay quien va a por ellas voluntariamente, al taller de foraging (ir al campo a forrajear pagando) o al mercado, donde ronda los veinte euros el kilo. Para los amantes de cocinar con la llamada hierba de los ciegos (porque se anuncia a gritos al tacto), el momento estelar es ahora: con la tierra bien regada y antes de que vuelvan las golondrinas del todo. Crecen más de un metro y son gratis.
Encontrar ideas y trucos para cocinar ortigas no es difícil. La gastroesfera está llena de recetas en cuya introducción se cantan sus bondades gustativas y se celebran sus supuestas propiedades medicinales, en un ejercicio parecido al “tranquilo, no te va a doler” que acompaña a cada niño que entra en la consulta del dentista. Curiosamente, ese ritual de persuasión no suele aparecer en recetas con jamón ibérico o helado de fresa.
Nunca falta la mención a Aristófanes, de donde bebe la idea de que la ortiga se consume desde tiempos de los romanos. Si bien es cierto que los legionarios romanos recolectaban ortigas, las usaban mayormente para fustigarse la espalda y entrar en calor, no para hacer tortillas. Aristófanes era un autor satírico y sus obras, comedias políticas y humorísticas. Su mención a estas hierbas en The Knights, una obra de teatro del 424 aC, sirve para situar a inicios de la primavera la escena en que un pillo roba carne de un comerciante para, ahora sí, hacerse la cena.
En los recetarios actuales o en los muros de Instagram se juega a menudo a la falacia de la Sopa de Piedras, aquel cuento tradicional del soldado harapiento que llega a un pueblo castigado por la guerra y el hambre y, después de mendigar sin éxito un pedazo de pan, planta una olla en medio de la plaza en la que pone a hervir piedras y agua. “¡Voy a hacer sopa de piedras!”, anuncia. “¡Una cosa exótica y buenísima!” Los niños de los alrededores, entusiasmados, corren a sus casas a hurgar a escondidas en cajones y armarios para participar en aquella hazaña misteriosa. Uno a uno van echando a la marmita lo que consiguen rapiñar: una pizca de sal, un tallo de apio, medio tomate... Hasta una pata de pollo. Al cabo de cinco horas, y ante un corro de niños expectantes, de aquella olla sale un caldo delicioso.
En algunas recetas actuales se explica que hay que rehogar las ortigas, previamente escaldadas, con abundante mantequilla, cebolla y patata, cubrirlas con caldo vegetal y, cuando todo está cocido, añadir yemas de huevo, nata y queso cremoso. Para rematar, se tritura el conjunto con batidora eléctrica y se pasa por el colador chino para que quede bien liso y, con suerte, no se noten las ortigas. Apuntan que un poco de sésamo tostado o unas tiras de beicon frito le dan un toque fantástico. Digo yo que un hueso de jamón en ese caldo vegetal también le tiene que sentar de lujo. Cuando las ortigas aparecen en forma de potaje, no faltan a su lado los garbanzos y los ajos laminados fritos en abundancia, el pimentón dulce o el chorizo. Supongo que con un buen trozo de panceta bien dorada también podría funcionar.
No tengo nada en contra de cocinar con ortigas. Pero tampoco veo necesidad de defenderlas por los motivos equivocados. A falta de hierro, probablemente sean más efectivos un bistec o unas lentejas. Si las ortigas son tan deliciosas que, con los ojos cerrados, uno las confundiría con espinacas, quizá sería más práctico hacer la tortilla de espinacas.
Las ortigas no necesitan ser exquisitas ni milagrosamente saludables para tener sentido en la cocina. Pueden tenerlo por otras razones mucho más interesantes: porque conectan con un pasado agrario que no conviene olvidar, porque nos remiten a una economía circular de aprovechamiento o porque, a falta de espárragos, cocinar con ellas prende la llama de gozo inigualable que da hacer la cena con algo cazado con las propias manos.
Son fabulosas como complemento a otros cultivos en sembrados biodinámicos o regenerativos. Pero Dios nos libre de llegar a ciertos extremos de romantización de la miseria: si alguna vez se me hubiera ocurrido servirle a mi abuela un cuenco de sopa de ortigas, la habría apartado de un manotazo, como recuerdo amargo de tiempos difíciles.
Las ortigas, cuando están deliciosas, es cuando se las ha comido una cabra, las ha convertido en leche y luego se han transformado en queso.
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