“Si hay un gallego en la Luna, tendrá una lata de nuestros grelos”: Luis de Lorenzo, director de A Rosaleira, compañía precursora en conservas vegetales de Galicia
Establecida en la década de 1950, la empresa produce en Galicia y mantiene el sabor tradicional, con su legado en la elaboración de productos que han trascendido generaciones.
José Sánchez García (Soria, 1897) eligió O Rosal porque había luz eléctrica en la escuela y porque, con ese nombre, tendría que ser un lugar bonito. En 1922, este maestro se trasladó a un pequeño municipio del Baixo Miño (Pontevedra), una zona reconocida por sus vinos atlánticos de la D.O. Rías Baixas. “Cuando llegó, se encontró una especie de vergel sin explotar”, relata Luis de Lorenzo, su nieto. Allí conoció a su mujer, Consuelo de Santiago, con quien tuvo tres hijos.
Comenzó su carrera en la escuela unitaria de Fornelos, donde implementó la agricultura como materia extraacadémica a través de la división de pequeñas parcelas de campo para cada alumno. Allí, en los recreos, aplicaban lo aprendido en el aula, su conocimiento sobre el campo y descubrían el potencial agrícola del entorno que les rodeaba. Les enseñó a combatir plagas con insectos, a hacer abonos naturales, a nutrir los suelos con cultivos rotativos —leguminosa, cereal y hortaliza—, y, sobre todo, a querer el campo. Como si fuera un juego, formó a generaciones de agricultores en una tierra llena de posibilidades que, en aquel momento, estaba marcada por la patata y la berza.
Su carácter emprendedor se reflejó en la introducción de especies como el mirabel, la creación de la cooperativa El Pilar y la fundación de la primera conservera de vegetales de Galicia en los años 30. “El problema del producto fresco es que es especulativo y sufre mucho, por eso decidió crear una conservera, para aprovechar el excedente”, cuenta su nieto. En 1936, la producción se paró debido al Golpe de Estado y la conservera quedó intervenida por el ejército de Franco, dedicándose únicamente a producir dulce de frutas, que servía como snack energético militar. Cuando José murió, en 1948, sus hijos mantuvieron la conservera por una cuestión sentimental, vendiendo sobre todo a barcos de pesca y a quien se lo podía permitir: “Estas conservas eran para vender fuera y dar valor al producto local. Había que ser un poco sibarita”.
Mechones de gran cabellera preservados, con gusto a suelo y sazón.
A pesar de su gran presencia en las huertas y en el recetario tradicional gallego —cocido, caldo, lacón con grelos o empanadas—, la idea de conservar el grelo no surgió hasta 1967, cuando una cadena de restaurantes gallegos de Madrid con la que trabajaban se lo propuso. “De primeras fue raro, porque era una verdura con un valor escaso y vinculada a la pobreza. El que tenía más dinero llenaba el plato de lacón, y el que tenía menos, de grelos. Pero eso ocurría en Galicia, porque si salías fuera, estaba mucho mejor considerada y, por suerte, los restaurantes gallegos siempre estaban en el alto standing. El gran éxito de la fábrica ha sido este”, cuenta Luis.
Percibieron que el mayor inconveniente para iniciar fue recolectar materia prima suficiente, pues en el municipio predominaba la berza o el nabicol. Por este motivo y la falta de organización, hubo momentos en que los camiones entraban vacíos a la planta. Para remediarlo, nació la posición del “hombre bueno”, personas de su entera confianza cuya labor era agrupar a los campesinos de diversos entornos rurales para encargarles la cosecha del día siguiente. Esta dinámica laboral se mantuvo hasta los años 2010, tras la implementación de la Indicación Xeográfica Protexida Grelos de Galicia, que requería una mayor fiscalización y nitidez. Persiguieron el distintivo porque garantizaba un nivel de excelencia y originalidad: “Defendemos nuestra marca haciendo producto que una conservera que está fuera de Galicia no puede hacer. Esto es hacer patria”, indica Luis, con una postura muy firme sobre la misión de A Rosaleira, que sigue operando como una conservera de dimensiones reducidas donde el flujo de trabajo no es recto, sino que avanza en zigzag.
En estos momentos, plena campaña del grelo y pico de ventas debido al Entroido, están trabajando 20 mujeres y cuatro hombres. Las ventanas de la fábrica dan al campo y en el aire se mezcla el vapor, ligero, y el aroma a verdura recién cosechada. Cada día reciben 4.000 kilos de Grelo de Galicia con Indicación Xeográfica Protegida (IXP) y lo procesan al natural —escaldado y conservado con agua y sal— en latas y tarros de cristal. En 2025 elaboraron 300.000 latas de 850 gramos, 30.000 de 425 gramos y 100.000 de 580 gramos. Esta campaña se alarga de noviembre hasta mayo, pero su objetivo es conseguir una campaña anual a través de una rentabilidad real del cultivo, que animaría a más agricultores a trabajar el grelo y a ponerlo en regadío. Para este propósito les han dotado de maquinaria para la recolecta y también se han asociado con Sementares, una productora de semillas cuyo objetivo es conservar las variedades antiguas gallegas con mayor adaptación al medio. Con ellos han ido “ajustando” una semilla autóctona que les ha permitido suministrar las mismas semillas a todos sus trabajadores y homogeneizar los cultivos, asegurando la resiliencia de los suelos y de la especie.
El grelo se ha convertido en la insignia de la casa, dándole un giro a la concepción popular de esta verdura y formando parte de despensas de gallegos que viven fuera y anhelan los sabores de su casa. “Yo siempre lo digo: si hay un gallego en la Luna, tendrá una lata de A Rosaleira”.
Además de la patata, ofrecen greñes, grelos, y otros productos como la lacanera y el greño, junto con el caldo y el repollo, complementados por el corte y la preparación tradicionales.
La tercera generación
Luis de Lorenzo (Madrid, 1968) creyó toda la vida que el cocido madrileño incluía grelos. Lidera A Rosaleira desde el año 2017, si bien se unió a la empresa de su familia durante la década de los 90 al trasladarse a la localidad, un sitio que vincula con la autonomía, el entorno rural y los productos naturales. Él asumía las tareas de administración, mientras que su hermano Curro gestionaba las ventas y su hermano José supervisaba la fabricación. Le comentaban a su progenitora que, para expandirse, resultaba necesario realizar inversiones, dado que los beneficios del sector resultaban reducidos. Debido a ello, en 2007, se integraron en el grupo Terras Gauda. “Esto nos permitió hacer una gran obra y mecanizar todo lo que no afectaba a la calidad. No aportaba nada seguir escaldando en perolas de cobre o despaletizando a mano; en cambio, sí que seguimos embotando a mano, porque es un control de calidad”, señala Luis.
Sobre el futuro de A Rosaleira, tiene claro que sigue asociado a Galicia, a crecer en producción, a mejorar las condiciones de los trabajadores agrícolas y a una alimentación saludable. No tiene claro si quiere que sus hijos sigan sus pasos. “Es un trabajo que depende del campo y a veces es muy duro, porque al elaborar un producto tan natural, somos más cosecheros que conserveros. Hay que salir a ver mundo y, si quieren, que vuelvan”.
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