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¡VAYA, VAYA!
Columna

El poder del arte

Hace falta una ímproba labor de educación para desechar la idea de que el arte es un lujo. Para muchos es necesidad, calma, refugio...

'La naturaleza de la ilusión visual' (1994-1997), de Juan Muñoz.Luis Asín (Museo Nacional del Prado)

El otro día me enfadé escuchando la radio. Hasta ahí nada nuevo, no es raro enfadarse escuchando la radio. Pero me enfadé durante los anuncios y no, no era por uno de esos que recomiendan una alarma para que no te okupen la casa; por suerte, por desgracia, por costumbre o por cansancio, estoy inmunizada. Era por uno de la ONCE, uno en el que hablaba de alguien que iba a un museo y se pasaba mucho tiempo delante de una obra, y luego otro rato larguito frente a otra, y así... Algo a lo que aspirar si te toca la lotería. ¿¡Qué!? (Léalo con toda la indignación posible).

Hace falta una ímproba labor de educación para desechar la idea de que el arte es un lujo. Las galerías están en plena batalla para conseguir que se rebaje el 21% de IVA que grava sus transacciones y que es mayor que el de sus vecinas europeas. Pero el problema es de impuestos, de imaginario colectivo y de educación, y los dos últimos son más profundos y difíciles de solucionar. Es fácil entender que para evadirse, descansar o disfrutar uno puede comprar un libro o música... ¿Las artes plásticas dónde quedan? Y, por supuesto, no me refiero a piezas cuyo precio tiene muchas cifras; hay obras de arte más baratas que el iPhone que muchos llevan en el bolsillo.

En ese tren de borrascas que nos cala a casi todos y no hablo de lluvia; hablo de esa marejada en la que habitamos, en la que queremos combinar la vida profesional con la sentimental, con la cultural, con la familiar, con la casa, con el ocio, con estar en forma, con, con, con... Y hacemos de cada día una partida de Tetris en la que muchas veces llegamos a la noche al borde del game over, si no nos han atropellado las piezas antes. Un día, al salir del Prado a toda prisa para coger el autobús que me llevara a mi próximo destino, me di cuenta de que el rato que había estado en el museo, entre las figuras de Juan Muñoz y con mi visita obligatoria cada vez que voy al Cristo de Velázquez ―por devoción al sevillano―, había sido feliz. No sé si feliz es la palabra; quizá, tranquila. Había estado centrada en una única cosa, con todos mis sentidos en ella y sin que pensamientos intrusos okuparan mi cabeza (para estos no hay alarmas disuasorias). Juan Muñoz, como bálsamo, como estímulo único. ¿Dónde hubiera llegado si no hubiera fallecido tan pronto? Mi cabeza y mi cuerpo descansaron, se renovaron, disfrutaron, se llenaron de ideas y de nuevos amores: ese cortinaje de La naturaleza de la ilusión visual. Ojalá se quedara alguno de sus balcones en alguna pared del Prado, para que los observemos y nos observen. Nada de esto es un lujo; para algunos es una necesidad, una protección de todo lo que nos daña, ocupa y enfada a diario.

A los pocos días comencé a leer el librito que Olga Tokarczuk escribió gracias a su participación en el programa “Escribir el Prado”, una residencia para que grandes literatos creen una obra enmarcada en la historia, colecciones, vida... Lo que les surja de su inmersión en el museo. La Nobel polaca lo tituló Refugio. No está mal coincidir con una Nobel en esa sensación, y me consta que somos multitud. Es un gusto ver la primavera madrileña a través de los ojos de una autora de esta talla, ella estuvo en la ciudad en la de 2024. “La hermosa luz española bañaba las calles y el verde de los plátanos nos parecía perfecto y relajaba nuestros ojos nórdicos no acostumbrados a aquella cantidad de luz”. En Refugio describe desde el futuro ese 2024: “Parecía que hasta a las catástrofes era posible acostumbrarse”. “El mundo que conocíamos iba a desaparecer”. Penetra en el azul de Patinir, en El olfato de Rubens y Brueghel el Viejo, se refugia ahí, incluso en el olor de las hormigas, algo recuerda a su admirado Philip K. Dick y su ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Y sí, claro que me gustaría que me tocara la lotería, pero no para poder estar un rato observando la obra de Juan Muñoz o a Nicolasito Pertusato, o para imaginar el olor de la civeta de El olfato..., eso ya puedo hacerlo. De hecho, se puede hacer gratis.

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