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Experta en oncología radicada

Silvia Vega lidera una investigación que ha hallado una nueva vía para luchar contra algunos de los tumores más agresivos

Silvia Vega, científica e investigadora, posa el 14 de enero pasado con alumnos del colegio Carmelitas de Vitoria.FERNANDO DOMINGO-ALDAMA

Silvia Vega se encuentra en unas instalaciones de laboratorio que no le pertenecen. Su centro de investigación se sitúa a una distancia superior a 1.400 kilómetros, en territorio extranjero, concretamente en Alemania, lugar donde hace poco tiempo logró un descubrimiento científico prometedor para combatir ciertos tipos de cáncer altamente agresivos. No obstante, en la actualidad —a mitad de enero—, esta investigadora de 48 años, oriunda de Villanueva de la Peña, una diminuta localidad de Cantabria, permanece en Vitoria. Se halla en un espacio de trabajo más sencillo, perteneciente al Colegio Carmelitas, rodeada de alumnos de segundo de Bachillerato, en una estancia de unos días para inspirar vocaciones entre un alumnado que tiene la Ebau a la vuelta de la esquina y gestiona de la mejor manera posible la tensión derivada de afrontar una de las elecciones, en teoría, más trascendentales de su existencia: la titulación de grado que cursarán el próximo año académico.

“Ya sois expertos pipeteando, ¿quién se anima?”, pregunta Vega a una docena de chavales ataviados con bata blanca a los que ofrece una pipeta con la que terminar la práctica de electroforesis, una técnica habitual en los laboratorios para hacer análisis de ADN. En la clase, hay alumnas que quieren seguir sus pasos. “Siempre he tenido claro que quería hacer algo de investigación”, explica Kira, de 17 años, que se va a decantar por el grado de Química, con una nota media de acceso más accesible que Bioquímica, la carrera que le hubiera gustado emprender. En Bioquímica, precisamente, lo va a intentar Ane, también de 17 años: “El trato con el paciente no me gusta tanto, me gusta más ayudar desde el laboratorio”.

Apenas un curso antes, en primero de Bachillerato, hay muchas más dudas que certezas. “He mirado carreras como ingeniería biomédica o psicología pero, al final, estoy barajando un montón de cosas”, cuenta Mikel. “A mí me gusta la investigación, lo que pasa es que no lo tengo muy claro”, añade Luca. Mikel y él, como otros muchos alumnos, han pasado por una tutoría con Vega. Algunos le han contado que el Bachillerato se les ha atragantado, otros le preguntan sobre cómo es su día a día, hay quien le pide consejo para la elección de la carrera. Ella les dice que si no lo tienen claro, “no pasa nada”, que cuando ella tuvo que elegir en el instituto si iba por ciencias o letras, tampoco sabía qué decisión tomar. Les explica que las oportunidades hay que ir a buscarlas, que es mejor estudiar algo que te apasione porque “las carreras no tienen salidas, lo que tiene salidas son las personas”. Les da consejos más prácticos: no acabar nunca una clase con dudas y echarle un vistazo a los apuntes ese mismo día. Y cuando le preguntan curiosos por su profesión, por la investigación científica, para intentar desentrañar si ese puede ser el futuro que desean para sus vidas, ella responde que es un trabajo “nada rutinario” pero que en determinados momentos puede resultar muy absorbente y requerir “muchas horas”. Y recomienda su profesión por muchas razones, porque en “algún momento, va a ayudar a alguien” o porque en pocas profesiones se puede decir “soy la primera persona del mundo que ha visto esto”.

Efectivamente, Vega, bióloga y bioquímica y directora del grupo de Autofagia en el Cáncer del Instituto de Biología Celular del Hospital Universitario de Essen (Alemania) ha visto cosas que nadie ha visto antes, o que al menos nadie ha publicado y ha patentado como en el caso de su última investigación, dada a conocer el pasado año. “Proponemos un tratamiento nuevo para una serie de tumores que se generan en distintos órganos, pero que tienen en común que les falta la proteína BAP1, un factor supresor de tumores, lo que provoca que los niveles de autofagia sean bajos”, detalla. La autofagia es un proceso de regeneración celular propio del cuerpo humano, vital en su desarrollo y que ayuda a combatir infecciones y enfermedades. En este caso concreto, con una autofagia debilitada, los tumores tienen ventaja: “Si no tienes esta proteína, los tumores son más agresivos, más metastásicos”.

El primer descubrimiento fue relacionar la ausencia de esa proteína en tumores con una autofagia inhibida que no funciona bien. El siguiente paso fue buscarle un remedio. “Lo que hemos hecho ha sido proponer un tratamiento en el que aumentamos la autofagia por dos vías diferentes, y lo que hemos visto en líneas celulares, también en modelos de xenoinjertos y en muestras de tumores de los pacientes en cultivo, es que el tratamiento funciona muy bien porque el tumor ya no crece, y no sólo eso, sino que la combinación de ambos tratamientos no tiene un efecto aditivo sino sinérgico”. Un efecto mayor que la suma de los dos tratamientos por separado. El equipo de Silvia Vega —junto al grupo de Genómica Traslacional del departamento de Oftalmología del Hospital Universitario de Essen con el que está impulsando estos hallazgos científicos y que dirige otro investigador español, Samuel Peña-Llopis— está abordando experimentos en ratones y espera poder comenzar cuanto antes con ensayos clínicos en pacientes.

Dichos progresos se han focalizado en el melanoma ocular, junto con diversas clases de tumores concretos de pulmón o riñón. La carencia de la proteína BAP1 —localizable mediante un procedimiento de laboratorio bastante simple— se emplea hoy en día para establecer la predicción del mal: al faltar dicha molécula, las neoplasias presentan un desarrollo más desfavorable. “Pero ahora lo podemos utilizar como método para determinar el tratamiento, no solamente el pronóstico”, relata Vega. Una estrategia de tratamiento con una exactitud superior.

El Instituto de Biología Celular en el que trabaja Vega está dentro de un ecosistema público de hospitales y centros de investigación en Essen que facilita el contacto entre médicos y científicos. “La ventaja de este tipo de organización es que la colaboración con los médicos suele ser muy fluida”, explica. Y a ello hay que sumar que la financiación de las investigaciones científicas en Alemania “es mucho mayor que en España, tanto por parte del Gobierno como de fundaciones”. Su investigación pionera sobre el cáncer ha estado financiada en gran parte por el equivalente de lo que sería la Asociación Española contra el Cáncer y por la Fundación Alemana de Investigación. Los presupuestos en España son mucho más ajustados, sostiene. “A mí me gustaría vivir en España, hay gente que está haciendo una investigación buenísima, pero tienes que andar contando los euros y los céntimos porque se te pasa el presupuesto, además de otros problemas burocráticos, de inestabilidad y precariedad en general”. Ella se doctoró en un centro del CSIC en Valencia y trabajó en EE UU durante más de una década. Quiso regresar a España pero “no había muy buenas oportunidades” y desde 2017 está asentada en Alemania. Silvia Vega también se lo cuenta a los alumnos que le piden consejo. Ahora a ellos les toca tomar la decisión.

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