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Bibiana Fernández: “Tenía todo para que me quemaran en la hoguera, pero sobreviví”

Empezó su carrera en 1975, días antes de que muriera Franco. Cincuenta años después es un referente de cambio y libertad y musa de la cultura pop española. “Ser símbolo es demasiada responsabilidad para mí, que no tengo corona, ni herencia ni casa en Abu Dabi”, asegura.

Bibiana Fernández acaba de cumplir 72 años y celebra 50 de carrera. La actriz lleva 'look' total de Schiaparelli.Pablo Sáez

De su infancia en Marruecos, Bibiana Fernández (Tánger, 72 años) solo guarda unos viejos cuadernos. Dentro de ellos hay recortes de revistas de mediados de la década de 1960, imágenes de sex symbols de la época como Ursula Andress, Raquel Welch, Brigitte Bardot, Virna Lisi, Gina Lollobrigida o Marisa Mell. “Yo tenía 12 o 13 años y cuando veía una foto de alguna de ellas, la recortaba. Eran muy importantes para mí”, explica, mientras sus tres caniches corretean por el salón de su casa, un gran chalé a las afueras de Madrid. “De alguna manera, siguen siendo muy importantes para mí”.

Hoy, Bibiana Fernández es todas esas mujeres. Tiene la melena rubia de Ursula Andress, la mirada felina de Raquel Welch y Virna Lisi, los labios carnosos de Brigitte Bardot, la voluptuosidad de Gina Lollobrigida y la barbilla partida de Marisa Mell. El ingenio es cien por cien suyo. “Yo me hice como Holanda: cacho a cacho”, proclama orgullosa. Países Bajos no se construyó en un día, y ella, tampoco. La piedra fundacional de sí misma la puso viendo Fantômas, el clásico de Hunebelle de 1964. Al ver la escena en la que Jean Marais se quita la máscara, se dio cuenta de que ella también podía salir de debajo de una careta.

Hija única de Manuel, conductor de camiones, y de Francisca, costurera de profesión, la actriz creció en un humilde patio de vecinos de Tánger. Ya entonces era consciente de que los demás la veían diferente, pero no tenía miedo a llamar la atención. A lo que sí le tenía pavor era a las peleas de sus padres. “Eso era como Cumbres borrascosas, pasaban de la danza al crimen en cero coma uno. Alguna vez terminamos en comisaría”, recuerda.

Cuando había problemas en su casa, se escapaba a la puerta del Café de París, en la plaza de France. Un día se encontraba a la millonaria Barbara Hutton, “blanca como una muñeca de porcelana, sentada con un marica que era su marido”; y al siguiente a Gore Vidal. Bibiana observaba a esa gente y fantaseaba con vivir como ellos. “Mi realidad era que vivía en una portería con una familia desestructurada. Y luego tenía mi mundo, que no compartía con nadie. Era mi Matrix, mi forma de sobrevivir a lo cotidiano”.

Sus padres le consentían sus juegos y fantasías. “Yo era el centro de su universo, el sol de un sistema planetario a punto de explotar”, explica. Al final, ese sistema planetario estalló. Manuel y Francisca se separaron y, con 13 años, terminó en un internado para varones en Málaga. El colegio se llamaba Francisco Franco. No se cantaba el Cara al sol, pero faltaba poco. “Tú no puedes huir de tu vida y terminar en un sitio llamado Francisco Franco. Me tocó la peor de las barcas”, reconoce entre risas.

En ese lugar hostil, sucedió lo impensado. Bibiana se convirtió en la cantinera extraoficial del colegio, en la animadora de sala que caía bien a casi todos. “No me preguntes cómo, pero fue así. Yo tenía todo para que me lincharan y me quemaran en la hoguera, pero sobreviví. Soy una superviviente nata”. Todavía puede enumerar de memoria a todos sus compañeros de promoción por orden alfabético. A lo largo de las décadas, muchos de ellos han ido a verla a sus espectáculos y se han declarado admiradores suyos.

Cuando salió del Francisco Franco, ya no hubo vuelta atrás. Con 18 años, el verbo comenzó a hacerse carne. “Pasé de ese campo de refugiados que era el colegio a otro campo de refugiados: la calle, la calle de aquella época, en la que te detenían por nada. Los que ahora dicen que vivimos en una dictadura no han vivido la dictadura”.

—¿Por qué la detenían?

—Yo siempre he sido como soy, incluso cuando no se podía ser como yo quería ser. Me detenían por ir pintada. Le decía a la policía: “Si el problema es que me pinte, me van a tener que encerrar a cadena perpetua porque en cuanto salga de aquí voy a volver a maquillarme”. Entonces me pegaban.

—Ahora la extrema derecha reivindica el franquismo.

—Me parece muy peligroso. Parece mentira que no hayamos aprendido nada de la historia. Es desandar un camino que ya estaba andado. La libertad es como la salud: nos parece que es para siempre, pero no es así.

—¿Nos hemos radicalizado?

—Yo no soy radical. A mí me cabe todo, me cabe el Titanic derrapando. Solo he sido radical con mi vida. Yo tuve que elegir: o conmigo o contra mí. Entre las drogas y yo, me elegí a mí. Entre un novio y yo, me elegí a mí. Entre mi madre y yo, yo. ¿Por qué? Por supervivencia. Si hubiera una guerra, sé quiénes estarían en la trinchera de enfrente.

—¿En qué trinchera estaría usted?

—En la que he estado siempre, en la de defender todo en lo que creo.

—¿En qué cree?

—Siempre me he considerado progresista. Es lo más lógico y coherente. Las leyes no te obligan a hacer cosas, te permiten hacer cosas. A mí me gustaría tener un testamento vital para que, si el día de mañana me pongo mala, acaben conmigo. No quiero una miseria de vida donde no tenga memoria o me cague encima. Estoy a favor de la eutanasia, el aborto, el matrimonio homosexual y la libertad. A mí los que fingen ser progresistas me pitan como un reloj falso. Soy como un detector de metales para eso.

Empezó a trabajar con 18 años fregando platos y vendiendo lotería en Málaga. Pero en su cabeza seguían rondando las glamurosas ídolas de su infancia. Se mudó a Barcelona buscando suerte en el teatro. La Cadena Ferrer la contrató como bailarina para uno de sus cabarés. “Empecé como alternadora en la sala Starlet. No es algo de lo que me sienta orgullosa, pero tampoco siento culpa. Ahora soy como James Bond, tengo licencia para matar”, admite. Bibi Andersen nació con ropa hecha por su madre. Su nombre artístico era un homenaje a la actriz sueca Bibi Andersson, musa de Bergman.

Días después de debutar en el cabaré, murió Franco. “Se respiraba una libertad en las calles”, recuerda. En uno de sus shows hacía un desnudo integral. Ahora, 50 años después, cree que no tendría que haber hecho ese espectáculo: “No hay que hacer nada por miedo”.

Con 22 años viajó a París para operarse los pechos. La muerte de su padre la sorprendió convaleciente. “Me estaba recuperando de la operación en una casa que era como la de Irma la dulce, pero llena de travestis”, dice. “Estaba en el extranjero, sola, y las últimas 50.000 pesetas que me quedaban las tuve que mandar a España para enterrar a mi padre. Tuve que volver a alternar con las tetas vendadas como Frankenstein. Era como la criatura de Mary Shelley, pero sin tanta fantasía”.

Los hombres empezaron a hacer cola en el cabaré para ver y admirar a la “criatura”. Unos iban arrastrados por el deseo, otros por la curiosidad o el morbo. “Yo despertaba murmullos. Como los ciegos, que aprenden a moverse agudizando el sentido del oído, con el tiempo aprendí a reconocer cuando los murmullos eran por deseo y cuando eran por desprecio”, dice.

Una de esas noches, la vio Vicente Aranda. El director de cine le ofreció un papel en Cambio de sexo, filme de 1977. En la cinta, Victoria Abril interpreta a un joven de apariencia femenina que queda impresionado al ver el desnudo de una actriz trans encarnada por Bibi. “Tampoco tendría que haber aceptado ese papel”, admite Fernández casi medio siglo después.

Cambio de sexo la lanzó a la fama. Ese mismo año, en el mes de octubre, Francisco Umbral le dedicó una columna en Papallones. “Estoy aquí asistiendo al nacimiento de la nueva Venus hermafrodita de nuestro tiempo posterior a la de Villiers, que surge entre las espumas sucias e industriales de la playa de Barcelona y, efectivamente, lleva una concha en el sexo, como la de Botticelli”, escribió el periodista. Y anunciaba: “Un tercer o cuarto sexo, una nueva sexualidad, aparece sobre la tierra”.

Alfredo Amestoy la invitó al programa de variedades 300 millones de TVE. La presentó con un tono burlón: “Una maravilla de mujer. Hermosa como una sirena y que seduce a todos cuantos ignoran los datos que figuran en su documento de identidad”. Tras leerle los datos personales de su DNI, el periodista le preguntó: “Ignoramos si la sirena es una persona o no es una persona, ¿pero a qué sexo crees tú que pertenece?”. Ella, impertérrita, le respondió: “Yo pienso que a las personas hay que mirarlas de cintura para arriba, aunque en realidad yo pienso que lo mejor sería mirarlas a los ojos”.

En 1978 también fue al programa de Dos por dos, presentado por Mercedes Milá e Isabel Tenaille. Iba despampanante con su melena salvaje y un delicado vestido rosa. “Te íbamos a preguntar que cómo te llamábamos, si Bibi o Manolo, pero yo desde luego soy incapaz de llamarte Manolo”, le espetó Tenaille. “Yo pienso que mirándome a mí no hay nadie en la sala capaz de llamarme Manolo. Si alguien es capaz, que me lo diga”, replicó desafiante. Milá le preguntó si, cuando se iba a la cama, no le faltaba algo. Su contestación arrancó una ovación: “Yo te preguntaría si hay alguien aquí capaz de decir que por la noche, cuando se acuesta, no siente que le falta algo”.

En plena Transición, ella encarnaba el cambio. Algunos no entendían el cambio, otros sencillamente no lo querían. Bibiana hizo un ejercicio de paciente pedagogía. “Lo que tenía que defender solamente lo podía defender desde la naturalidad”, reconoce hoy. “No quiero hablar de normalidad porque detesto esa palabra. ¿Qué es normal? Tú coges a una sueca y la pones en medio de Uganda y ya no parece normal. Muy a mi pesar, la naturalidad era la única manera de librar esa batalla. Me habría ahorrado todo eso porque uno no elige ser. Ser nunca debería ser un problema”.

—¿Se siente identificada con la etiqueta de trans?

—No me relaciono bien con esa etiqueta porque entonces no existía. ¿Cómo iba a aspirar a ser algo que no sabía que existía? No me siento reflejada, no me representa, pero no me parece mal. Todo lo que sea bienestar, libertad y defensa de las minorías, me parece una riqueza.

Hoy, es un icono para el colectivo. “Para mí representa los cimientos. Es la efigie de todas mis hermanas trans que caminaron para que yo pudiera correr”, afirma Samantha Hudson (León, 26 años). La cantante y performer la descubrió viendo Kika con 17 años. Luego profundizó en su figura con esas entrevistas de finales de los años setenta. “Para mí fue muy impactante descubrir que ya entonces había alguien como ella haciendo activismo y respondiendo preguntas incómodas con un pelo divino, sin una mueca de más y con una elegancia abrumadora. Lo maneja todo siempre con un talante, unas formas y un garbo… ¡Vivan sus ademanes y sus hechuras! Más allá de lo identitario, para mí es un referente de autenticidad”.

La periodista y escritora Valeria Vegas (Valencia, 40 años) coincide con Hudson. “Para mí, Bibiana es un referente más allá de la cuestión de género. Es un referente estético, intelectual y vital. La persona y el personaje van unidos. Ella habla de lo que quieras: de sexo, de drogas, de amigos, de decepciones. Y siempre lo hace con verdad. Toda esa verdad a la hora de exponerse es parte de su éxito. Y es algo en extinción”, explica Vegas.

El actor Juanito Navarro fue uno de los primeros en fijarse en esa autenticidad. El popular actor le dio la oportunidad de saltar de los cabarés de Barcelona al teatro de revista en Madrid. “Con cada cosa que elegía, rompía una barrera y me permitía expandir mi mundo”, dice Bibi.

En 1980, participó en la comedia Divorcio a la española en el teatro Lido de la capital. “El interés morboso del espectáculo se centra en la figura travestida, maciza y encumbrada de Bibi Andersen”, reseñó Papallones. La prensa se empecinaba en encasillarla o rebajarla. Ella no estaba dispuesta a aceptarlo. En 1981 se estrenó como cantante y diva del disco con el álbum Bibi Andersen. Si Francia tenía a Amanda Lear, España se merecía a Bibi.

La Movida madrileña encontró a su musa. De repente, Bibi Andersen estaba en todos lados: bailando en las salas de moda como El Biombo Chino o Pasapoga; cantando éxitos como Sálvame o Call Me Lady Champagne en el programa Aplauso; oficiando de jurado de Miss España junto a Luis María Anson y Antonio Mingote, o presentando Sábado noche en la tele pública con Carlos Herrera.

Manuel Gutiérrez Aragón le dio su segundo papel en el cine en La noche más hermosa, junto a José Sacristán y Victoria Abril. En el estreno, durante el festival de San Sebastián de 1984, la actriz se enteró de que el personaje que creía haber hecho, una mujer, en el filme era en realidad un hombre travestido. “Me sentí engañada”, dice. Gutiérrez Aragón negó que hubiera existido fraude o engaño. “Da igual, no tengo nada contra Manolo. Hay cosas de su filmografía que me interesan mucho”.

Sobrevoló la polémica con elegancia. Umbral la elevó a “Venus de Milo atuendada de tarde por Yves Saint Laurent” y la resumió como “una Carmen de Lirio atómica de los ochenta”. En esa época vivía de noche. “Tengo más noches que el camión de la basura. Después de mis shows íbamos a un cabaré detrás de la Gran Vía donde había una mujer que se sacaba pañuelos del chocho. Metros y metros de pañuelos. Y después, sacaba un pájaro vivo. Todo era muy de verdad y libre. Ahora todo es más pacato”, lamenta.

Probó de todo en esos años, aunque aclara que nunca se enganchó a nada. “Lo que pasa es que soy más adicta a mí que a nada”, apunta. Ahora siempre lleva un Lexatin en el bolso. “Soy como Djuna Barnes, nacida para la ansiedad”. Una mujer al borde de un ataque de nervios.

A Pedro Almodóvar lo conoció una de esas noches de la Movida en una terraza del paseo de la Castellana. En 1985, el director le dio un papel en su mediometraje Tráiler para amantes de lo prohibido. Pedro ya era Pedro, el creador de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón y Entre tinieblas. Y Bibiana ya era Bibiana. Tráiler para amantes… fue el comienzo de una fructífera colaboración entre el director y la actriz. Le siguieron Matador (1986), La ley del deseo (1987), Tacones lejanos (1991), y Kika (1993). Bibi se convirtió oficialmente en “chica Almodóvar”.

—¿Cuál ha sido el papel de su vida?

—El papel de mi vida soy yo misma. Soy mi mejor personaje. Es el rol que más tiempo llevo ejerciendo y en el que he puesto más amor, más conciencia, más esfuerzo y más fantasía. Soy la persona que quería ser, con todos los defectos y taras que eso conlleva.

Una nueva generación la descubrió en los años noventa, en programas como ¡Hola Raffaella!, Tómbola o Crónicas marcianas. Con 44 años, llegó al clímax de su transición. Para celebrarlo, en 1994 posó desnuda para Interviú en las playas de Bahamas. No llevaba nada, salvo un anillo de plata que le prestó el fotógrafo. “Ese desnudo, a diferencia de los primeros, sí que me gustó”, confiesa. Le pagaron 20 millones de pesetas (el equivalente a 15 años de salario medio de la época). A los editores de Interviú les valió la pena. Vendieron cientos de miles de ejemplares.

En 1997, aprovechando el estreno de la película No me hables de los hombres que me pongo atómica, se despidió de su nombre artístico, Bibi Andersen, y adoptó el suyo verdadero, Bibiana Fernández. Lo utilizó para su boda tailandesa con el modelo cubano Asdrúbal en 2000. Tres años después se divorció. “He hecho todas las locuras por amor: aprendí a conducir y a esquiar, he volado en parapente, he ido en moto a 190 kilómetros… Estoy viva porque Dios no me quiere con él”, reconoce. “He sido muy fiel cuando he estado en pareja. Ahora, te digo: cuando he estado soltera, he sido muy puta. He follado todo lo que tenía que follar, me he drogado todo lo que me tenía que drogar y he bebido todo lo que tenía que beber”.

En 2012, le confesó a Karmentxu Marín que se retiraba de los hombres. Hoy, cree que la soledad es un lujo. “Yo no he vuelto de la pandemia. Vivo confinada”, bromea. Al final, ha conseguido vivir como las divas que admiraba de niña. Pero no está sola. Vive rodeada de amigos. Alaska y Mario Vaquerizo son sus vecinos. “Dicen que jamás tienes que conocer a tus ídolos. En el caso de Bibiana, desde que la conozco, la admiro más. Si hay alguien dueña de su vida, esa es ella”, señala Vaquerizo. “No veo diferencia entre la Bibiana de las tertulias y la que viene a casa a tomar café. Ella es muy de verdad”, añade el líder de las Nancys Rubias, que en 2005 la contrató como estrella invitada del videoclip de Sálvame, versión del éxito de Bibi de 1980.

“Nuestras primeras fotos juntas son de 1981. Compartíamos discográfica. Yo ya era ultrafán de ella antes de conocerla”, recuerda Alaska. La cantante considera a Bibiana como una buena amiga, pero también como un símbolo nacional: “Si tuviera que haber un espíritu de la Transición, sería ella. Bibiana es la transformación de un mundo en otro con absoluta libertad, pero también con absoluta responsabilidad”.

La historia de España es la vida de Bibiana y la vida de Bibiana es historia de España. “Soy hija, hermana y prima de la Transición. Yo soy la Transición. Pero toda la sociedad española hizo posible el cambio. No me siento un símbolo de nada. Ser símbolo es demasiada responsabilidad para mí, que no tengo corona, ni herencia ni casa en Abu Dabi”, concluye. Nunca le han gustado las etiquetas. Nunca ha esperado homenajes o reconocimientos. “Ya tengo mi premio. Mi recompensa es haber sido libre y haber vivido como quería y soñaba”. Siempre está impagable en su mejor papel: ella misma.

Créditos de equipo:

Fotografía: Pablo Sáez.
Estilismo: Juan Cebrián.
Maquillaje y peluquería: Pablo Iglesias (NS Management) para Lancôme.
Diseño de set: Irene Luna.
Producción: Cristina Serrano.
Asistente de fotografía: Mario Val.
Asistentes de estilismo: Paula Alcalde y Carmen Cruz.
Asistente de producción: Marina Marco.

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