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La manera en que respiramos define quiénes

Las investigaciones científicas documentan que nuestro modo de respirar impacta en las zonas cerebrales vinculadas a la concentración, el recuerdo, el sentido del olfato y los estados emocionales.

Marta Sevilla

El acto de respirar constituye un mecanismo depurativo. Al menos esa era nuestra creencia previa. Al inhalar, introducimos en el organismo una corriente de aire cargada de oxígeno. Este flujo desciende a través de la faringe, laringe y tráquea hacia los pulmones, sitio donde los alveolos pulmonares sustituyen el oxígeno sanguíneo por el dióxido de carbono destinado a ser eliminado al exhalar. La respiración sanea el torrente sanguíneo que el corazón distribuirá mediante sus latidos constantes. Tal es la labor que tradicionalmente hemos vinculado a la actividad respiratoria. No obstante, por suerte estamos descubriendo que la fisiología humana posee una mayor complejidad, y que la respiración refleja e influye en nuestro estado cognitivo y emocional. En realidad, se trata de un conocimiento que habíamos omitido y que ahora estamos recuperando.

Las referencias al papel de la respiración en la mente, alma o espíritu, según la época de la que hablemos, están presentes en los papiros del Antiguo Egipto, en los fundamentos de la medicina hipocrática y galénica de la Grecia clásica, en la mística hebrea y la medicina sefardí de Maimónides o en la cosmovisión sufí de la sabia Persia. Y por supuesto, en la cultura india del yoga, que durante siglos ha desarrollado y difundido una amplia gama de técnicas de respiración que persiguen moldear la mente y a las que denominan pranayamas, término sánscrito que hace referencia al impacto de la respiración en el ser humano. Su impronta histórica ha sido recogida recientemente en la neuroanatomía.

En el año 2017, la Universidad de Stanford publicó un estudio científico donde se detallaban las vías nerviosas que transmiten el impacto de la respiración por el cerebro, a las que llamaron “vías pranayama”. Hoy la literatura científica recoge evidencias que muestran que la forma en la que respiremos influye en el funcionamiento de las áreas neuronales involucradas con la atención, memoria, olfato y emociones. Aprender a respirar es una forma de cuidado mental. Sin embargo, los estudios nos invitan a conocer primero la forma natural de nuestra respiración, observar su patrón y familiarizarnos con él. Respiramos alrededor de unas 1.000 veces cada hora sin darnos cuenta de que cada respiración es un espejo de nuestra salud mental. Pocos sabríamos decir cuántas respiraciones realizamos normalmente por minuto, si inspiramos por la nariz o por la boca, o si solemos interrumpir brevemente la respiración después de cada exhalación. El analfabetismo sobre nuestro propio cuerpo nos convierte en bárbaros, y nos priva de la capacidad de influir en él para sanear o mejorar nuestra experiencia.

El patrón respiratorio natural, llamado eupnea y que es aquel que tenemos instaurado en nuestro cuerpo cuando estamos quietos, en ausencia de movimiento, y callados, refleja una cantidad asombrosa de información sobre el funcionamiento de nuestro cerebro y por tanto de nuestra salud mental. La respiración consiste en tres fases. La primera es la fase inspiratoria, donde se introduce el aire, y que activa áreas cerebrales encargadas de la memoria, atención y percepción de uno mismo. La segunda fase es la exhalación, donde se expulsa el aire contaminado, y conlleva la regulación de redes neuronales emocionales. Y la tercera fase, frecuentemente olvidada o menospreciada, es la pausa o suspensión de la respiración. Es una fase de apnea donde solemos decir que no respiramos. Sin embargo respirar consiste también en dejar de hacerlo.

Esta tercera fase acaba de desvelarse como uno de los periodos que más información nos proporciona sobre la salud mental. Recientes estudios han mostrado que la ansiedad modifica la pausa respiratoria. Una de las estructuras cerebrales más involucradas en estados ansiosos es la amígdala, cuya actividad se desmesura ante emociones desagradables. El exceso de actividad amigdalina provoca una prolongación de la pausa que sigue a la exhalación, y que se conoce como apnea inducida por la amígdala. Todos lo hemos podido sentir en los típicos suspiros, donde uno parece quedarse atrapado en el vacío que sigue a la exhalación, como si costase volver a tomar aire. Literalmente, la amígdala retrasa la activación de los núcleos neuronales que se encargan de iniciar la inspiración. La duración y regularidad de esta tercera fase están relacionadas con la red cerebral de alerta, muy activa en situaciones ansiosas, y que comprende a la ínsula y corteza cingulada. Cuanto más prolongada y desordenada sea dicha apnea, mayor reflejo de ansiedad. Los estudios científicos aconsejan conocer y trabajar sobre la exhalación y su pausa para tratar desórdenes moderados de salud mental, como la ansiedad. La Universidad de Tokio sugería prolongar la exhalación lentamente, hasta hacerla más duradera que la inhalación con el fin de aminorar la ansiedad ante un evento estresante. También se nos invita a corregir el desorden del ciclo respiratorio, procurando realizar respiraciones rítmicas. A la mente le perturba la incapacidad de anticipar el siguiente aliento, por lo que se tranquiliza al notar una pauta respiratoria organizada, semejante al pulso de un reloj. Una respiración sin rumbo implica una psique sin rumbo, aseguraba el maestro de yoga Iyengar, algo que la neurociencia podría sostener en la actualidad. Diversas sociedades lo han manifestado por centurias y hoy el entendimiento científico lo corrobora: el respirar revela quiénes somos y es un modo de interactuar con nuestro interior. Inhalar y exhalar es una especie de reflejo para contemplarnos y, a partir de ello, una circunstancia para mejorar nuestra esencia.

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