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Las caras de la ansiedad en el trabajo: “Doy gritos y lo pago con quien no debo”

Las personas afectadas por estrés han aumentado en los últimos tres años, con mayor incidencia en la sanidad, la construcción y la educación

Mónica, maestra de educación infantil, fotografiada en Madrid. Álvaro García

Los ciudadanos están cada vez más estresados por el trabajo y los datos lo reflejan: cuatro de cada diez empleados declaran sufrir ansiedad o estrés por motivos laborales, tal y como asegura el informe Seguridad y salud en el trabajo en la era del cambio climático y digital elaborado por la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo en 2025. El porcentaje es tres puntos más elevado que en 2022. En algunos casos, ese malestar conduce a bajas laborales: las enfermedades mentales suponen una de las principales causas del crecimiento de la incapacidad temporal, según datos de la Airef, la autoridad fiscal independiente. En el caso de los menores de 30 años, son el principal motivo.

Muchos de estos trabajadores estresados ejercen su profesión en la construcción, la sanidad y la educación, los tres sectores más afectados según una encuesta del grupo de recursos humanos Randstad elaborada en septiembre. Para amortiguar el problema, el Gobierno firmó la semana pasada un acuerdo con los sindicatos para reformar la ley de prevención de riesgos laborales. El texto, argumenta el Ejecutivo, “reforzará la protección frente a riesgos psicosociales” y se articulará a través de una norma diferenciada, como ya existe para otros riesgos, como los biológicos o los químicos. Las instituciones europeas, por su parte, han prometido una ley de calidad del empleo para tratar de reducir estas cifras.

Nieves Rojas, de 49 años, le pone rostro a las cifras. Trabaja en la constructora Dragados en Madrid, donde tiene que hacer largos turnos que no le permiten “tener una vida tranquila” por la exigencia de cumplir con plazos de ejecución de las obras muy cortos. Esta empleada lleva en su sector 25 años y se muestra frustrada: “Sufro estrés continuado en mi puesto y me afecta en mi día a día”. Rojas sostiene que la construcción está “muy anticuada” en cuanto a la protección de la salud mental y pide al Gobierno más medidas de protección. A su empresa le solicita que facilite más la conciliación entre la vida personal y la laboral y más flexibilidad horaria.

Los problemas de salud mental relacionados con el trabajo no solo tienen consecuencias en la situación de los empleados, sino que salpican a toda la economía. La Organización Mundial de la Salud asegura que cada año se pierde el equivalente a 12.000 millones de días laborales debido a la depresión y la ansiedad, lo que genera un descenso de productividad y pérdidas de billón de dólares anuales (840.000 millones de euros). Con estos datos, Eva María Blázquez, catedrática de derecho del trabajo y seguridad social de la Universidad Carlos III de Madrid, sostiene que el estrés en el empleo “se está convirtiendo en un problema estructural del mercado laboral español que necesita soluciones”. Bibiana Romero, responsable de consultoría de Randstad, añade que el estrés “es el mayor enemigo de la eficiencia. Un trabajador con ansiedad pierde capacidad de enfoque, de resolución, comete más errores y bloquea su creatividad”.

En el sector de la educación señalan un posible culpable: la carga de trabajo que se llevan a casa. Juan Blasco, de 47 años, es profesor de secundaria en un instituto en el sur de Madrid. Aunque su jornada termina poco después de las tres de la tarde, explica que “no es exactamente así”. Todos los días tiene que trabajar en su casa para “corregir exámenes, responder correos, preparar las clases y las dinámicas en el aula y atender las peticiones de los padres”, lo que le genera ansiedad. Blasco argumenta que es difícil poder compaginar la vida laboral y familiar para cuidar a su hijo. También destaca “la creciente carga de trabajo en el aula”, ya que “cada vez hay más alumnos por clase y menos recursos”. La suma de estas dos circunstancias, afirma, “no permite dar una enseñanza de calidad”.

Mónica Rodríguez, de 49 años, es maestra de educación infantil —en el tramo de 0 a 3 años— y pone el foco en la carga mental que se lleva a casa todos los días. Cada día está al cargo de unos 20 niños y el estrés que sufre está relacionado con la especial atención que tiene que dar y la gestión del día a día con los padres. Señala que esta circunstancia le pasa factura con su familia: “Doy gritos y lo pago con quien no debo, con mis hijos”. Blasco y Rodríguez coinciden en que para mejorar su situación hace falta tener más profesorado y reducir las ratios de alumnos.

El caso de Andrea es sintomático de lo que ocurre en el sector sanitario. Con 50 años, trabaja en el servicio de cardiología en un hospital de Andalucía y pide no difundir su verdadera identidad porque, al no tener una plaza fija, teme perder su empleo por contar su situación laboral. Esta sanitaria describe que sufre “cansancio extremo, dolores de cabeza, irritabilidad y problemas para dormir”, lo que le ha generado “muchos problemas” en su vida personal. Ha contado en numerosas ocasiones su situación a sus superiores pero “todo sigue igual”, lamenta. Lleva ejerciendo esta profesión desde hace casi tres décadas y siempre le ha gustado su trabajo. Pero sus condiciones, sostiene, se han deteriorado, con turnos de diez horas en muchas ocasiones. Eso la ha llevado a perder la pasión por su labor, una sensación que comparten el resto de trabajadores consultados.

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