Un tribunal absuelve al anticuario condenado a cárcel por apropiación de una talla del siglo XVII de unas monjas de Granada
La nueva sentencia tilda de “insólito”, “dudoso” o “difícil de creer” lo contado por las religiosas, que dijeron que habían dejado la escultura de José de Mora para presupuestar su restauración, cuando realmente la habían vendido


Esta es una historia con muchos dobleces y giros inesperados. El primer doblez es la denominación de la pieza en el centro del asunto, una talla policromada del siglo XVII del artista granadino José de Mora. Según el momento y el sitio en el que estuviera, ha recibido diferentes denominaciones. Durante muchos años fue, en su lugar de residencia, el convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Granada, Santa Rosa de Viterbo. En 2019, sin embargo, viajó a Nueva York como Santa Margarita de Cortona. Y así todo durante ocho años de una historia que comienza en 2018, con el cierre del convento y la desaparición de numerosas piezas patrimoniales que había en él, algunas de las cuales no se podían vender. En 2024, la peripecia parece concluir con la condena a un anticuario a cuatro años de cárcel por apropiación indebida de la talla de José de Mora. Y ahora, en 2026, concluye con la absolución total de este anticuario, que recurrió su condena, en una nueva sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía que considera todo lo que las monjas contaron para justificar la salida de la talla del convento como “dudoso”, “insólito” o “difícil de creer”.
A principios de 2018, sor Josefa llega al convento granadino con un decreto firmado en Ciudad del Vaticano y un encargo fundamental: reubicar a las dos monjas clarisas que quedaban y organizar el traslado de bienes a otros conventos. Cualquier decisión importante, decía la orden firmada desde Roma, tenía que ser consultada. A juzgar por el relato de hechos de la sentencia, Sor Josefa se dejó llevar por su propio criterio sin encomendarse a nadie.
El cierre de conventos no pasa desapercibido en el ámbito de los anticuarios. Unas y otros se encargan de darlo a conocer. Por ello, en abril, un par de meses después de la llegada de Sor Josefa a Granada, el anticuario zaragozano Santos Boy Jiménez Cortés viajó hasta en dos ocasiones hasta el convento y compró bastante material. Entre otras cosas, la entonces Santa Rosa de Viterbo, luego Santa Margarita de Cortona, por la que pagó 21.600 euros. Le imaginaba valor pero no sabía exactamente qué estaba comprando, explica la sentencia. La puso en venta y consiguió revenderla por 90.000 euros a la Galería de Arte Nicolás Cortés. Aquí encargaron un informe a un experto que ya puso nombre y autor a la pieza, lo que subió su valor a 350.000 euros, precio por el que la pieza se puso en venta año y algo después en una feria de arte en Nueva York, donde sorprendentemente viajó con los correspondientes permisos de exportación otorgados por el Ministerio de Cultura, que luego la valoró en el entorno de los 400.000 euros.
La ley de patrimonio impide enajenar, vender, etc. Todo bien patrimonial catalogado como este. Bien es cierto que no ayuda que en el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH), la pieza está inscrita como Santa Rosa de Viterbo y que la foto que muestra es distinta. Tampoco ayuda que la referencia del IAPH a Santa Margarita de Cortona se refiere a otro convento distinto del de las clarisas en Granada.
En uno más de los giros inesperados de esta historia, alguien descubrió en un anticuario madrileño —e identificó como del convento granadino— un banco de la sillería de un coro. Lo denunció y arrancó una investigación policial que incomodó a las monjas hasta el punto de pedir a Santos Boy que les devolviera todo lo que le habían vendido. El anticuario aceptó y lo hizo. Excepto que devolver la talla de José de Mora era asunto imposible porque ya estaba en Nueva York, con otro nombre y en un circuito en el que ya era difícil intervenir.
Al final, el hilo del banco del coro acabó en la desaparición de la obra de José de Mora. Y ahí es cuando las monjas comienzan a dar distintas versiones, cuenta ahora la sentencia, que explica que el anticuario siempre mantuvo la misma: que él compró y pagó a las monjas por esa talla y que consideraba legal su adquisición. Las monjas, en cambio, relataron que la habían dejado a Jiménez para que hiciera un presupuesto para su restauración. Esta versión tenía algunas pegas: un especialista explicó en el juicio que la obra no necesitaba ser restaurada y, por otro lado, Santos Boy Jiménez siempre ha mantenido que él no es restaurador y que todo el mundo en el sector lo sabe, por lo que él jamás acometería ese trabajo. Pero era la mejor versión posible para las monjas, que sabían que esa pieza no podía ser vendida.
La explicación —explicaciones diversas— de las religiosas es la principal motivación para anular los cuatro años de cárcel a Jiménez Cortés. La sala de apelación no cree en absoluto la versión de las religiosas y pone en duda muchas de las verdades aceptadas en la primera sentencia. Esta daba por víctimas a las monjas. La de apelación afirma que en absoluto fueron las víctimas del delito; también asegura que estas no fueron capaces de probar ni documentar que entregaran la obra para su restauración. Al tribunal último también le parece raro que entregaran sin más una talla de ese valor a un desconocido como era Jiménez para ellas, un anticuario aragonés al que no habían visto jamás. Y recuerdan los jueces, la precariedad de la comunidad religiosa era tal que no tenían siquiera dinero para restaurar. En general, viene a decir la sentencia ahora, la versión del anticuario es “mucho más verosímil” mientras que la de sor Ángela fue una manifestación “errática y contradictoria” a la que no se puede “dar crédito alguno… con significativos virajes”.
Un nuevo giro fue la aparición inesperada de una talla falsa. En algún momento —no se ha podido acreditar cuándo, de dónde, ni cómo— las monjas muestran a los investigadores una fotografía de una imagen colocada en la misma peana de la capilla donde antes estaba la verdadera. Los jueces explican que no hacen falta “especiales conocimientos artísticos dada la rotunda diferencia entre ambas imágenes” para comprobar que es una “burda copia”, como reconocía el primer fallo judicial . Las religiosas achacaron esta figura a un engaño del anticuario, lo que desmienten los jueces. Este había pagado la talla al llevársela y, tras los nervios de las monjas y a pesar de no poder devolverla, les había reintegrado lo pagado por ella. “¿Para qué va a devolverle el dinero el señor Cortés si pensaba entregar una talla falsa al convento?”, se preguntan los jueces.
La sentencia es recurrible en casación en los próximos días pero el caso está ya amortizado. El abogado de Jiménez Cortés, el zaragozano Manuel Catalán Lázaro, está convencido de que “no es previsible ningún recurso y, si lo hubiera, está abocado al fracaso”. Santos Boy, por su parte, ha asegurado a este diario que le “han hecho mucho daño, con muchos días sin dormir”. Santa Margarita de Cortona volvió hace años de Nueva York. A pesar de haber salido con los permisos necesarios, su último propietario tuvo que reintegrarla, y está custodiada en el Museo de Bellas Artes de Granada, a la espera de que se decida sobre su futuro. Y en un cambio de giro final, el convento que acogía a Santa Margarita de Cortona, fundado en 1538, fue vendido en 2023 a una orden budista, la Nueva Tradición Kadampa, que prevé tener las instalaciones listas para su inauguración este 2026.
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