‘El mundo del revés’, un país de reyes pintores más allá de Rembrandt
De la biografía de Sontag a la del siglo de oro holandés, Benjamin Moser comunica cómo lo que aprende lo transforma y que hay que desaprender para no cegarse


Benjamin Moser (47 años) es atípico: un historiador de Houston que puso su vida, y su lengua, en segundo plano por amor. Ese segundo plano le ha enseñado a observarse con distancia. También a embarcarse en el retrato de dos de las mayores escritoras, y pensadoras, contemporáneas: la brasileña Clarice Lispector y la norteamericana Susan Sontag, esta en una monumental biografía que le valió el Pulitzer en 2020. Lo vuelve a hacer ahora ordenando el camino con el que se inició en los enigmas del siglo de oro de la pintura holandesa. No eran pocos. Partía de una figura alejada de cualquier duda —Rembrandt— cuando él mismo se había formado dudando: aterrizando en Holanda con 25 años para vivir un amor con un escritor dos décadas mayor que él.
¿Por qué necesitamos el arte? El mundo del revés trata de responder mezclando tiempos, espacios, historia y vida. Así, de Utrech, Delf, Ámsterdam o Pernambuco se llega a los pintores —siempre pobres, cargados de hijos y muertos jóvenes— y, en mucha menor medida, al ánimo de Moser: de la vergüenza del ignorante a la fe ciega del converso y, por fin, al diálogo. El momento en que los lienzos le hablan. Esa idea de aprender enseñando. El mundo del revés indaga en los pintores que muestran lo que la gente quería ver —el poder, la victoria, la fe—, tanto como en los que eligen lo nunca visto —la carne cruda, la cotidianidad, el exotismo de las colonias…—. Rembrandt y su temperamento despreciable, los ochenta autorretratos de un pintor que no salió de su país y que “no nos molesta porque lo queremos” le sirve para plantearse: ¿lo conocemos a pesar de la oscuridad que lo rodea o gracias a ella?
Frente a la obstinación, la imaginación. El viajero Jan Lievens lleva a Moser a escribir que “en arte, el impacto emotivo no es la única vara de medir”. Sobre si es posible medir el arte va este ¿ensayo? ¿memoria? También sobre otra historia del arte: la posibilidad de desaprender y no cegarse con lo aprendido.
Los historiadores “aburridos que rastrean la pintura de género buscando simbolismos con resultados predecibles” salen mal parados en este libro. “No está claro”. “No tenemos muy claro si”. “No se conoce”. “Podría ser”. Esa es la clave. Mucho podría ser en el mundo académico. Por eso, Moser defiende que la verdad documental no es toda la verdad. Sin embargo, cuando se pregunta si las cualidades espirituales pueden verse en un rostro, recurre al historiador Christopher Wood, que lo llevó hasta Arístides de Tebas, el primer pintor que representó la mente y expresó los sentimientos del ser humano.
La sombra de Rembrandt hizo que, desde mediados del XIX, y durante más de un siglo, la producción académica neerlandesa se centrara en identificar las obras que había pintado Rembrandt y las que no. Habían elegido su rey. No vieron su país de reyes. El enfoque psicológico de Rembrandt despreció la crudeza del mundo cotidiano. Moser atribuye el vuelco de esa fortuna a la Revolución Francesa, que reconoció el pionerismo neerlandés a la hora de representar al ciudadano corriente. “Las personas incultas y las refinadas convivían en lienzos que dejaban a un lado la expresión de uno mismo para centrarse en los otros”.
Con 32 años, Carel Fabritius, maestro de Vermeer, pintó El jilguero, un cuadro inolvidable porque posee un atributo distinto a la belleza llamado… carisma
Con 21 años, Carel Fabritius tenía mujer y tres hijos. Con 28, y una segunda esposa, se convirtió en “el artista más grande que haya alumbrado Delft u Holanda”. Con 32, el maestro de Vermeer pintó El jilguero, un cuadro inolvidable porque posee un atributo distinto a la belleza llamado… carisma. “Al igual que las mentiras apuntan a una verdad más profunda, el carisma delata una belleza no evidente”. Fue tras pintar El jilguero cuando Fabritius murió aplastado bajo los escombros de su casa. Como Mozart o Rafael… ¿qué pudo haber llegado a pintar? El jilguero retrata la grandeza del alma que pintó al pajarillo.
Moser ve en Pieter de Hooch la idea de civilidad. Pero sus mejores cuadros se le atribuyeron a Vermeer y fue un padre de siete hijos que pintó solo madres hasta morir en un manicomio. Eso contaron los historiadores. En 2008, otro historiador, Frans Gryzenhout, descubrió que el Pieter de Hooch muerto en un manicomio de Ámsterdam no era el pintor.
A Moser no le interesa quién es la gente, sino qué está haciendo. Se fija en el sfumato de Leonardo convertido en “quietud mágica” en Vermeer. Así, acerca la pintura porque la lee como algo vivo, con capacidad transformadora. Por eso, como para Naipul “la tragedia no es no hacerlo bien, sino no llegar a ser uno mismo. Trabajar para impresionar a los demás”. Todo eso está en el siglo de oro holandés y en la cabeza de Moser. Esta biografía de la pintura le da la vuelta a la historia. Y al propio Moser que ilustra, con su amplitud mental, la decisión que tomó con 25 años de vivir “una vida no heredada”.

El mundo del revés
Traducción de Albert Fuentes
Anagrama, 2025
496 páginas. 29,90 euros
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