Efectos económicos y cambios políticos en América Latina
Las economías de América Latina dependen en enorme medida de las materias primas que se importan, las cuales también se van a ver encarecidas al aumentar las cadenas de suministro por el incremento del valor del transporte y de los precios ligados al petróleo

La globalización y la interdependencia de las relaciones exteriores generan que hoy por hoy, un conflicto que ocurre al otro lado del mundo pueda tener efectos muy palpables para la región. El impacto en la economía y la reconfiguración política internacional son algunos de los coletazos más evidentes que generan consecuencias en América Latina de las confrontaciones en Oriente Próximo.
Después de que Estados Unidos e Israel colaboraran para, de acuerdo con sus comunicados, realizar una ofensiva contra Irán bajo el argumento de protección anticipada frente al desarrollo de su arsenal atómico, además de reaccionar ante los constantes atropellos a los derechos humanos del actual gobierno teocrático, las hostilidades en Oriente Próximo se han agudizado. Por una parte, el poderío bélico de Estados Unidos no únicamente ha provocado el fallecimiento del líder supremo iraní, Alí Jameneí, sino también pérdidas humanas masivas. Por otra, las represalias de un Irán seriamente afectado han derivado en diversos ataques aéreos sobre las ciudades más importantes de Israel, Emiratos Árabes, Baréin, Catar, y otras naciones. No obstante, dejando de lado el sufrimiento humano, ¿de qué manera podría repercutir este enfrentamiento en América Latina?
El primer impacto directo es de orden económico y tiene que ver con el mercado de energía. Debido a las tensiones, se ha dado un cierre de facto del denominado Estrecho de Ormuz, un canal oceánico localizado entre las costas de Irán al norte y Omán al sur, que en su punto más reducido tiene 33 kilómetros de ancho. Este espacio marítimo, aunque cuenta con la posibilidad del ejercicio al paso inocente o libre tránsito que proporciona la Convención del Mar de la ONU, actualmente no se encuentra en funcionamiento, tanto por las advertencias emitidas por Irán como por las amenazas de ataque, lo que desestimula a los navíos petroleros a continuar con sus operaciones cotidianas. Se calcula que allí transita más del 20% de toda la oferta energética del mundo.
La interrupción de este canal energético privilegiado ocasiona una caída en la disponibilidad de crudo y gas licuado (esencialmente), pero asimismo despierta inquietud en el sector, lo que fomenta el acopio de hidrocarburos ante la expectativa de peores dificultades, provocando que el requerimiento exceda con creces la provisión y, por lo tanto, derive en subidas importantes de las tarifas. Antes de que empezaran las agresiones, el barril de crudo oscilaba en los 70 dólares; al arrancar la semana ya bordeaba los 80 dólares y, si la disputa se prolonga, podría escalar hasta los 90 o 100 dólares.
Ante los incrementos, aunque algunos podrían pensar que países como Brasil, México, Venezuela, e incluso Colombia, Ecuador o Argentina, podrían beneficiarse, porque podrían vender el crudo que exportan a precios más altos, lo cierto es que las economías de América Latina dependen en enorme medida de las materias primas que se importan, las cuales también se van a ver encarecidas al aumentar las cadenas de suministro por el incremento del valor del transporte y de todos los precios ligados al petróleo. Y es que del mercado energético dependen bastante otros sectores económicos como la energía y los combustibles, pero también la logística y el transporte, así como alimentos y bienes de consumo. En otras palabras, esta guerra en Oriente Próximo genera aumento de las divisas, incremento de costos de producción, inflación y aumento no previsto de los precios en los mercados locales. Se calcula que, por cada 10 dólares que sube el precio del barril de petróleo, puede aumentarse la inflación hasta 0,4%.
Así mismo, ante la inestabilidad económica, los grandes inversionistas deben buscar alternativas para encontrar mercados sustitutivos para sus activos, lo que a su vez genera incrementos en la inflación, la deuda externa, así como desaceleración de la participación de inversiones extranjeras en economías emergentes.
En términos políticos, el conflicto en Oriente Próximo intensifica igualmente las divisiones, lo cual incrementa la fragilidad externa de América Latina. De este modo, mientras hay administraciones, como la colombiana de Gustavo Petro, que rechazan frontalmente las agresiones de Estados Unidos e Israel y respaldan a Irán, surgen otras, como la argentina, chilena o ecuatoriana, que optan por vincular estrechamente sus prioridades con la potencia global, centrando sus críticas en las respuestas de Irán hacia las naciones de Oriente Próximo en lugar de la incursión estadounidense, apoyándose progresivamente en la narrativa del combate al terrorismo. Este fenómeno además reconfigura o consolida el escenario del panorama geopolítico global entre potencias como Estados Unidos, Rusia y China, junto a sus correspondientes socios internacionales.
Inestabilidad de los mercados con fuertes impactos económicos directos e indirectos, agudización de la polarización política e ideológica con Brasil y Colombia a la izquierda, por un lado, y Argentina, Ecuador, Chile, Paraguay y Perú a la derecha, por el otro, frente a una Bolivia y Uruguay más moderados; así como la consolidación del MAGA de Trump, cada vez más arraigado en la comunidad internacional, son algunos de los efectos más evidentes que ha dejado esta primera fase de un conflicto que arde en Oriente Próximo y que, por lo pronto, se proyecta más a su continuidad que a su cesación.
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