I por meses hasta encontrar el momento de abatirlo
El servicio de inteligencia de EE UU detectó un encuentro del líder supremo iraní con su alto mando en Teherán y proporcionó los detalles a Israel, que atacó la instalación.


El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel que mató a Ali Jameneí fue una operación fraguada durante meses en busca del instante propicio, que llegó finalmente el sábado.
La CIA estuvo todo ese tiempo vigilando los movimientos del líder supremo iraní, Ali Jameneí, para extraer patrones de comportamiento, según la reconstrucción publicada por los medios estadounidenses a partir de fuentes anónimas de los ejércitos israelí y estadounidense. Cuando estuvo claro que Jameneí —cuya muerte anunció el presidente Donald Trump y confirmó horas después la televisión del régimen desde Teherán— iba a participar en una reunión junto a su cúpula en una dependencia gubernamental del centro de la capital, la inteligencia estadounidense dio el aviso y la maquinaria militar israelí se puso en marcha.
Debido a de la Operación Furia Épica, denominación que, con su habitual entusiasmo guerrero, otorgó el Pentágono al comenzar una operación armada de resultados todavía inciertos en Oriente Próximo, 48 líderes del régimen murieron. Esa cantidad fue comunicada este domingo por Trump a Fox News, aunque no presentó evidencias que la respaldaran.
Antes de lanzar las bombas, Israel había concluido, según The New York Times, que a la junta del sábado por la mañana estaba convocada la plana mayor de la máquina represora del régimen, que en las últimas protestas del pasado mes de enero asesinó a unas 30.000 personas, según cálculos de fuentes sobre el terreno. Entre otros, asistieron Mohammad Pakpour, comandante en jefe del Guardia Revolucionaria Islámica; el ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh; el almirante Ali Shamkhani, jefe del Consejo Militar; Seyyed Majid Mousavi, comandante de la Fuerza Aeroespacial del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica; y Mohammad Shirazi, viceministro de Inteligencia. Todos ellos murieron junto a Jameneí. El domingo por la noche, Trump, que se pasó toda la jornada hablando con periodistas por teléfono, aunque no hizo ninguna comparecencia ante la prensa en 48 horas, le dijo al reportero de ABC News Jonathan Karl que Washington tenía candidatos para suceder al líder supremo (tampoco especificó cuáles), pero que todos estaban muertos.
El ataque ocurrió durante el día, mediante una táctica diseñada para aprovechar el elemento inesperado; la ocasión anterior en que Estados Unidos agredió a Irán, el pasado junio, los proyectiles impactaron de noche en tres centros de depósito y procesamiento de uranio pertenecientes al plan atómico de la República Islámica. En esta oportunidad las aeronaves despegaron a las 6:00 desde Israel (una hora de diferencia con España; siete respecto a Washington) y lanzaron un mínimo de treinta explosivos 160 minutos más tarde, cerca de las 9:40.

La Casa Blanca difundió al final del día unas imágenes de Trump siguiendo —en directo, dijo el Gobierno de Estados Unidos— el operativo. Están tomadas en una sala improvisada en su residencia privada de Mar-a-Lago, a la que no renunció a ir el viernes para pasar el fin de semana después de visitar Texas, y aparecer en una hamburguesería de Corpus Christi.
Su Administración también publicó una foto en un lugar más propicio para ocasiones tan trascendentales como esta: la Situation Room (la sala de crisis) de la Casa Blanca. En esa imagen se ve al vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, presidir una reunión a la que asisten, entre otros, la Directora Nacional de inteligencia, Tulsi Gabbard, y los secretarios de Energía, Chris Wright, y del Tesoro, Scott Bessent.
Trump estuvo escoltado en Mar-a-Lago por su jefa de Gabinete, Susie Wiles, el jefe del Estado Mayor, el general Dan Caine, y Marco Rubio, secretario de Estado. Y la foto carece de la épica, que tal vez se buscaba, semejante a la que publicó la Administración de Obama sobre la velada en que las fuerzas estadounidenses abatieron a Osama Bin Laden. El presidente de Estados Unidos compareció con la idéntica gorra roja con las letras “USA”, en azul, que utilizó en el discurso nacional grabado y compartido en su plataforma Truth a las 2:30 de la madrugada (horario de Florida). Esto significa: casi dos horas después de que los misiles hicieran blanco en el complejo de Teherán en el que mataron a Jameneí.
En un giro que resulta verdaderamente paradójico, The Wall Street Journal relató que la ofensiva se ejecutó mediante el apoyo de Claude, el sistema de inteligencia artificial creado por la firma Anthropic, la cual momentos previos fue sancionada y apartada por Trump de la lucrativa oportunidad de las licitaciones del Pentágono.
La contundente respuesta surgió después de que la firma tecnológica mantuviera un enfrentamiento con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, quien se encuentra sospechosamente ausente desde el arranque de la Operación Furia Épica, una misión cuya extensión sigue sin definirse (Trump señala ahora “una semana”; luego, “cuatro”; poco después, “cuatro o cinco”). Anthropic solicitaba supervisar el uso que el Pentágono hiciera de sus recursos. El Comando Central de Estados Unidos en Oriente Próximo había obtenido órdenes, según el Journal, para utilizar Claude “para evaluaciones de inteligencia, identificación de objetivos y simulaciones de escenarios de batalla”.
The Washington Post da cuenta, por su parte, del papel que tuvo el principe heredero saudí, Mohammed bin Salman. El diario desveló el sábado que este habló en repetidas ocasiones con Trump para apoyar la opción de un ataque estadounidense, pese a que públicamente el saudí abogaba por una saluda diplomática. Mientras tanto, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, presionaba en favor de un golpe militar como el que acabó produciéndose.
Entre las razones que Trump ha dado para un ataque que no ha buscado la aprobación del Congreso ni se ha esforzado en justificar frente a la opinión pública de su país, el presidente de Estados Unidos citó en su vídeo pregrabado una serie de viejos agravios que se remontan a la toma del poder de los ayatolás en 1979, así como el deseo de que sean los iraníes los que culminen la tarea de cambiar el régimen que Washington ha comenzado desde el aire, y sin intención de mandar tropas sobre el terreno.
Trump, como Netanyahu, también citó la aniquilación del programa nuclear iraní, aunque ese pretexto lo contradiga la propia inteligencia estadounidense, que considera improbable que Teherán fuera capaz de lanzar un ataque sobre territorio continental de Estados Unidos en la próxima década. Tras conocer los detalles de la operación militar, parece claro que ambos vieron cómo se abría una oportunidad de eliminar a Jameneí que pensaron que no debían desaprovechar.
Si algo ha demostrado el presidente de Estados Unidos en su segundo mandato es la preocupación del que ve cerca el final de su aventura en Washington por cimentar su legado. Pasar a la historia como el inquilino de la Casa Blanca que mató a Jamenei, que ejerció su poder con sanguinaria determinación desde 1989, es casi tan importante para Trump como consagrarse como el único que tuvo las agallas de meterle mano a Irán, uno problema enquistado para Estados Unidos desde hace 47 años. Un trabajo minucioso de la CIA y el concurso de los aviones israelíes fueron el primer paso.
El futuro de todo lo demás estará sujeto a lo que acontezca desde este momento en un territorio arrojado al vacío de la duda. Teniendo en cuenta a Trump, solo existe una certeza: buscará la forma, ocurra lo que ocurra, de promocionarlo como un logro individual si sale bien, y de atribuir la responsabilidad a los demás si acaba mal.
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