Manuel Tique, el colombiano que vivió meses en una prisión de Venezuela: “No duermo pensando en mis compatriotas que siguen encerrados”
El trabajador humanitario, acusado falsamente de terrorismo, salió en libertad a inicios de febrero. Es el único colombiano excarcelado desde la caída de Maduro


Manuel Tique se enteró una semana después que el resto del mundo de la caída de Nicolás Maduro. La noticia que había copado las portadas de cientos de medios de comunicación el 3 de enero llegó a oídos de este colombiano de 33 años a través del agujero que usaba como letrina de su minúscula celda. Apenas tenía contacto con el exterior: hacía 16 meses había sido arrestado por el régimen venezolano y estaba encerrado en la cárcel de máxima seguridad El Rodeo I, a las afueras de Caracas. Lo habían acusado, sin prueba alguna, de ser mercenario y estar asociado con el terrorismo. La noticia le cayó como un bálsamo: “Sin el régimen, esperábamos que iniciara un proceso rápido de liberación”, cuenta.
Aunque el régimen no se vino abajo, la presión militar y económica sobre las nuevas autoridades chavistas las han llevado a excarcelar a más de 300 presos políticos desde el 8 de enero, según cifras de varias organizaciones civiles. Entre ellos hay españoles, italianos, holandeses o estadounidenses. Pero solo un colombiano ha sido liberado: Tique, que llegó a Cúcuta el pasado martes. “Veíamos que empezaban a salir personas de todas las nacionalidades, menos nosotros, los colombianos. Sin saberlo, un día me llevan a la oficina del director. Me afeitan, me hacen cambiar de ropa y me hacen firmar una boleta de excarcelación. No creía lo que estaba pasando”, dice, emocionado, en la sala de su casa ubicada en el occidente de Bogotá.
Solo cuando se subió al avión que lo iba a llevar hasta San Antonio de Táchira, ciudad fronteriza con Colombia, fue consciente de que su liberación era una realidad. “Fue un alivio total, un desahogo inexplicable. Apenas cruzo la frontera, llamo a mi hermana y le digo que estoy en Cúcuta. Ahí empiezo a llorar”, rememora. A las pocas horas ya se reencontraba en Bogotá con su familia, a la que había visto por última vez en septiembre de 2024. “Nos abrazamos y soltamos todo”.

Tique es un trabajador humanitario del Consejo Danés para Refugiados (DRC), una ONG dedicada a apoyar a desplazados y migrantes. Ese septiembre viajó al estado venezolano de Apure, limítrofe con Colombia, para una capacitación de una herramienta para registrar información que él había creado. Al llegar al punto de migración, miembros de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) venezolana lo llevaron a una estación para hacerle una entrevista adicional. Le preguntaron qué hacía allí, a qué se dedicaba, cuánto tiempo se iba a quedar... Todo parecía rutinario. Pero, al día siguiente lo esposaron, lo montaron en un carro, le pusieron una capucha y lo condujeron a un sitio desconocido.
“Fue un secuestro. Ni siquiera me sellaron el pasaporte cuando entré a Venezuela, entonces siempre estuve allí de manera ilegal. Nadie me explicaba nada y yo creí que tenía que ver con un problema con migración. Incluso pensé en mi pasado y dudé de si había hecho algo indebido”, explica Tique. Durante sus primeros 22 días en El Rodeo estuvo encerrado en su celda, un cuarto de 4x2 metros que tenía un camarote y una letrina. Hedía a desechos humanos y no era rero ver cucarachas, cuenta. La comida se la pasaban tres veces al día por una pequeña abertura en la puerta.
Solo a finales de 2024 supo por qué estaba encerrado: lo acusaban de asociación y financiación del terrorismo y de conspiración. El ministro del Interior, Diosdado Cabello, lo acusó en una comparecencia televisada de ser un mercenario. “Supe que había hablado de mí cuando un compañero regresó del hospital y dijo que había visto mi cara en la televisión. A la fecha no he visto el video”, asegura.

Varias ONG han denunciado violaciones de derechos humanos que se cometen en El Rodeo I. Amnistía Internacional, la Organización Mundial Contra la Tortura y otros organismos reportaron en 2024 que las condiciones allí eran “crueles, inhumanas y degradantes y, en ciertos casos, podrían llegar a constituir tortura”. El colombiano cuenta que, una vez, varios compañeros comenzaron a hacer ruido en sus celdas para exigir su liberación. Era una protesta pacífica, pero al segundo día entraron los antimotines y lanzaron gas pimienta a su celda. “Me cayó directo al rostro y se me dificultó respirar”, aclara. Aun así, cree que haber mantenido un bajo perfil lo ayudó a nunca ir a la celda de castigo, sobre la que había todo tipo de historias de maltrato físico y mental.
Fue muy gratificante ver a los compatriotas salir, pero también sentimos la frustración de saber que los demás seguíamos allí
Su mayor reto era, precisamente, salvaguardar la salud mental en una situación tan precaria. “Costaba más que el tema físico. Había que buscar distracciones. Hicimos un ajedrez tallando las fichas con jabón que sobraba, hicimos un parqués... Dormía lo más que podía para matar el tiempo”, sostiene.
Las buenas noticias fueron llegando a cuentagotas. En febrero de 2025, pocos días después del regreso de Donald Trump al poder en EE UU, Venezuela liberó a seis estadounidenses. Varios salieron de esa cárcel. En julio, Caracas liberó a otros 10 ciudadanos estadounidenses, tras llegar a un acuerdo con Washington para la liberación de más de 250 venezolanos que se encontraban detenidos en El Salvador.
Para los colombianos, el primer consuelo tardó hasta octubre. El embajador en Caracas, Milton Rengifo, los visitó para preguntarles sobre su situación. Sin ellos saberlo, el Gobierno colombiano estaba preparando la liberación de una veintena, que sucedería el día 24. “Fue muy gratificante ver a los compatriotas salir, pero también sentimos la frustración de saber que los demás seguíamos allí. Intentamos buscar un patrón, pero fue imposible. Creemos que los eligieron por azar”.
Esa misma “suerte” alcanzó la semana pasada a Tique. Para ese entonces, habían sido liberados varios de sus compañeros, incluidos extranjeros. Un día, le respondió de mala manera a un guardia y al rato lo hicieron llamar a la dirección. “Creía que me iban a reprender. Tan de sorpresa me tomó que no salí con zapatos, sino con chanclas. Me llevaron a donde el director, me dieron un cambio de ropa y me quitaron la barba. Estaba con tres venezolanos”, recuerda. De El Rodeo lo llevaron a una estación de la DGCIM, en la que varios agentes lo forzaron a grabar un video diciendo que había tenido un proceso justo y que no se habían violado sus derechos.

El regreso ha estado lleno de emociones contradictorias. Por un lado, siente un gran alivio; al tiempo, sufre un gran desconsuelo por la veintena de colombianos que siguen como presos políticos en cárceles venezolanas. “No duermo pensando en los que siguen encerrados porque sé lo que están viviendo. Mi familia dice que el hecho de que yo esté fuera es un milagro, y algo de razón tienen. En lo que me concentro es en seguir presionando para que los demás salgan libres”, insiste. La Asamblea Nacional de Venezuela aprobó este jueves una ley de amnistía con la que cientos de presos podrán salir de la cárcel. Aunque los tribunales revisarán caso por caso, existe la posibilidad de que algunos colombianos puedan acogerse al beneficio.
Tique dice que no sabe bien qué hará en las próximas semanas. El DRC, que presionó hasta el final por su liberación, le abre sus puertas para que mantenga su trabajo. Cuenta que también le ha proporcionado apoyo social y psicológico para retomar la vida de civil. Del Gobierno no ha escuchado nada, mientras la Defensoría del Pueblo le ofreció asistencia en su retorno. “Le pido al presidente Gustavo Petro que se apersone y cree un diálogo directo con Delcy Rodríguez para que no quede un solo colombiano secuestrado. Es una injusticia”, concluye.
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