Mayas de Brooklyn preservan su fe
El arresto de un dirigente de la congregación evangélica guatemalteca en el vecindario de Bensonhurst refleja el acoso persistente aunque silencioso hacia este colectivo de inmigrantes durante los meses recientes.


Lo normal es que la migra ronde las estaciones de metro, ahí por la calle 79, allá por la esquina de la 18 y New Utrecht Ave., en esas horas que preceden al amanecer, a la caza de: hombres madrugadores con botas de puntas de acero, jeans manchados de cemento, acento quiché. El 15 de enero, sin embargo, los agentes esperan apostados con café en el interior de una furgoneta frente al bloque de apartamentos gris de Bay Ridge Parkway, en el Bensonhurst guatemalteco, en el corazón del Brooklyn maya. La cámara de seguridad graba —un metraje granulado, en blanco y negro— cómo Sebastián Renoj abandona el edificio entre las cinco y las seis de la mañana, se sube la capucha para ahuyentar el invierno neoyorquino, se aleja por la acera. La cámara no graba cómo los policías le caen encima, cómo Renoj es arrestado, cómo otros seis hombres, todos guatemaltecos, todos albañiles, seguirán uno a uno sus pasos.
Los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) abandonan Bensonhurst sin hacer mucho ruido. Para la hora del almuerzo, cada tienda de abarrotes, restaurante, deli y grupo de Facebook guatemalteco ya sabe que el ICE ha arrestado a Renoj (57 años), el diácono de la Iglesia de Evangelización Misionera Jóvenes Cristianos, a las puertas de su casa. Pero mientras los ojos del país —del mundo— miran esos días hacia las calles de Minneapolis, donde patrullas de hombres tras pasamontañas detienen niños de cinco años y matan a tiros a ciudadanos estadounidenses, pocos se fijan en los sucesos de Bensonhurst.
El ICE ya ha impactado la zona anteriormente: se trata de un hostigamiento leve pero persistente a lo largo de los meses recientes. Esta agresión callada apenas trasciende estos callejones o los reportes de noticias que el reverendo Erick Salgado incluye al inicio de sus prédicas nocturnas. Carecen de documentación tanto los capturados como sus parientes, y los arrestados acaban cediendo y suscribiendo el “traslado voluntario” hacia una nación que les resulta ajena, buscando proteger a quienes permanecen aquí. Pasan a formar parte de una mínima fracción de las cifras que recorren todo Estados Unidos: 400.000 extranjeros bajo custodia desde el inicio de la segunda administración de Donald Trump. Debido a esto, Renoj representa lo más parecido a un emblema para el vecindario: la imagen no deseada de la época actual.

Un día después de las detenciones, el reverendo Salgado, amigo de Renoj y cabeza de su iglesia —un puertorriqueño del Bronx que terminó pastoreando un rebaño guatemalteco en el sur de Brooklyn— organiza una rueda de prensa junto a Susan Zhuang, la concejala del distrito, frente al edificio gris de Bay Ridge Parkway. Algunos medios lo cubren, pero los sucesos imparables de esas semanas rápidas relegan a Renoj y los suyos. Más allá de sus calles, la rabia se diluye. Los mayas evangélicos de Bensonhurst forman una comunidad estrecha, temerosa del Señor, refugiada en sus costumbres. Rara vez alzan la voz. Hacen la compra en las tiendas de sus paisanos, en casa hablan quiché nativo y español de segunda mano, rezan en sus templos. La vida transcurre entre fronteras invisibles.
“Yo sé que arrestar a un pandillero no es igual que arrestar a Sebastián. Sebastián no va a resistirse, va a cooperar y de igual manera la mayoría en esta comunidad”, protesta el reverendo Salgado, semanas después, en su despacho. “Están pescando en este barrio. Están haciendo profile. Tengo otros miembros de la congregación en trabajos más formales, y visten con ropa profesional, y a ellos ni siquiera les preguntan. Solamente están yendo detrás de personas que tienen botas y pantalones de trabajo”.
La incertidumbre de salir y no volver
Cuando Roberto se enteró de la detención de su amigo, pensó que, a esa hora de la mañana, de camino al trabajo, podría haberle pasado a él. Se acordó de su primo, al que la migra se llevó pocos días antes que a Renoj; una emboscada mientras recogía la cena en un restaurante del barrio. Roberto recordó la llamada desde la cárcel, y cómo su primo le hablaba del hambre y el frío con el que les castigaban, de las “palabras fuertes” de los policías, de la esposa y los hijos que se habían quedado sin marido, sin padre y sin el único sueldo que entraba en casa.

Roberto llegó hace 29 años a Nueva York. Como Renoj —“buena persona, un hermano entregado a la obra del Señor, respetuoso, educado”, dice— y su primo, saltó una frontera. Ha cumplido los 40 conduciendo su taxi por los cinco distritos de la ciudad, entre nueve y doce horas al día, de lunes a sábado, para hacer, las semanas con suerte, 1.500 dólares.
“Uno ya solo trabaja para mantenerse: la renta, seguro, toll [peajes], comida, ropa y un poquito que se ahorra. Ya uno no puede salir con seguridad. Lo que hago, pues, es de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, de la casa a la iglesia, de la iglesia a la casa. Antes había un poco de temor, pero ahora es más. Sale uno de la casa, ya no sabe si va a regresar”.
Antes de trabajar se encomienda a Dios y con un ojo mira el teléfono, donde los compañeros se avisan si hay retenes o redadas. Hay días en el taxi en que Roberto siente que lo persiguen coches con las ventanas tintadas. “Yo me pongo un poco nervioso, ¿pero qué hago? Pues tomar la calma e ir siguiendo mi ruta”. Una vez comprobó sus sospechas cuando el vehículo que lo seguía encendió la sirena y se desvió hacia otra calle. El otro día los vio, ahí por Federal Plaza, cuando dejaba a un cliente. “Eran como seis. Tenían su placa colgada”. Ha pensado en volver a Guatemala, un país del que conserva lejanos recuerdos de infancia, pero ha decidido dejarlo en las manos del Señor.
—Si lo detuvieran, ¿aceptaría el retorno voluntario o pelearía judicialmente para quedarse aquí?
—Pelearía para quedarme aquí.
En manos de Dios y los tribunales.
Hace 26 años, Renoj resultó capturado y enviado de regreso a México tras haber cruzado el límite, de acuerdo con el Departamento de Seguridad Nacional. Aquel diácono localizó una nueva abertura en la cerca y volvió. En los tiempos del coronavirus, pasó a ser el asistente principal del reverendo Salgado en las entregas de víveres coordinadas por la congregación. Se desempeñaba en la albañilería y entonaba cánticos en los cultos. Observó a sus hijos, y después a sus nietos, nacer en tierras estadounidenses. Consiguió establecer una vida.

Renoj ha residido en Brooklyn los últimos 18 años manteniendo un historial limpio, sin enfrentar cargos ni sentencias por crímenes violentos, tal como sucede con la mayoría de los capturados. Luego de ser llevado a un centro de detención en Nueva Jersey,, un magistrado federal analizó su situación y no detectó razones que avalaran la detención. Suspendió la expulsión y dispuso que se le realizara una vista para evaluar su fianza.
Transcurrido un tiempo desde la detención, Salgado acudió a ver a su compañero a la cárcel. Los trámites de migración le obligaron a aguardar en las vías cubiertas de nieve, ante el recinto penitenciario, por un espacio de cuatro horas a -11 °C. Logró entrevistarse con Renoj por 15 minutos. El religioso le relató que la alimentación era deficiente y que los oficiales les daban un trato de delincuentes. “Truhanería, vejaciones verbales”, detalla Salgado. Renoj mantenía la esperanza, comenta el clérigo, aunque ya no resistía la situación. Aun con el fallo judicial a favor y las palabras de su defensor sobre sus posibilidades de éxito, aceptó la deportación a Guatemala. “Créeme que la mayoría de las personas con las que he hablado han optado por la salida voluntaria, porque no quieren estar ahí retenidos cuatro, cinco, seis meses”, afirma Salgado.
La comunidad guatemalteca se asentó en Bensonhurst a mediados de los noventa, huyendo de una guerra civil que dejó más de 200.000 muertos —la gran mayoría, mayas indígenas como ellos— después de décadas de inestabilidad y golpes de Estado de patrocinio estadounidense. “Son perseguidos por la forma de vestir, por la forma de hablar, por su religión y también por su etnicidad. Vienen a tratar de vivir una vida sin persecución y nos encontramos que la persecución ahora está aquí”, dice Salgado. “El consejo como pastor siempre ha sido: ‘No se metan en problemas con la ley, no guíen sin licencia, no guíen ebrio, obviamente no roben, pórtense bien’. Ahora tenemos el mismo consejo, pero aparte: ‘Oren antes de salir de su casa y encomiéndense al Señor, porque están yendo detrás todo el mundo”.
El miedo se lee en los labios de M., una costurera en la cuarentena que lleva 15 años aquí y que, pese a seguir confiando en Dios, confiesa que últimamente ha adquirido la costumbre de mirar por la ventana calle antes de salir a la calle. Se percibe en la rutina de J., un veinteañero de Totonicapán, una región montañosa de Guatemala donde nació también Renoj: “La verdad, ya no salgo. Solo trabajo.” En los ratos libres estudia y piensa qué quiere ser de mayor: “Así como están los tiempos, ser policía. Hay mucho racista”. Se siente en M., de 25 años, nacida y criada en Brooklyn, una joven quiché con pasaporte estadounidense: “Ahora en Estados Unidos uno ya ni puede hablar contra el presidente ni contra el gobierno”.

A lo largo de los últimos veinte años, Susan Zhuang (40 años) viajó desde la periferia de Shanghái, China, hasta los bordes de Brooklyn, evolucionando de una visa de estudios a la ciudadanía estadounidense. Actualmente se desempeña como la concejala demócrata del distrito 43, el cual abarca Bensonhurst, sitio donde se agrupa (al lado de Sunset Park y Dyker Heights) la mayor cantidad de los 12.733 guatemaltecos de Brooklyn. “Antes de venir a Estados Unidos, veía Nueva York como la mejor ciudad del mundo. Después de vivir aquí durante años, aprecio la oportunidad que la ciudad me dio como inmigrante, pero aún hay mucha injusticia. En la superficie todo se ve muy bonito. Por debajo todavía hay mucho trabajo por hacer”.
Zhuang ha presenciado cómo sus residentes terminan bajo custodia del ICE, en ocasiones ante su propia oficina. Su zona representa un sector atípico, una mancha trumpista en el abrumadoramente demócrata mapa de Nueva York; un área donde el 70% de la población es extranjera, principalmente de origen asiático, y Trump obtuvo la victoria electoral con el 62% de los sufragios. “Pero este año, si hablas con la gente que vive en el vecindario, te dirían que se arrepienten”, contesta Zhuang. Su despacho brinda asesoría jurídica a cerca de 250 inmigrantes desde mayo anterior, momento en que percibieron un incremento en las redadas. “Es gente que nunca ha cometido delitos graves. Algunos incluso tienen permiso de residencia, y aun así los detienen sin ningún motivo razonable (...) ICE no es bienvenido en este barrio”.
—¿Son detenciones raciales?
—Definitivamente.
El reverendo Salgado se aproxima al altar y el acompañamiento musical cesa. La agrupación musical apenas ha tomado un respiro durante los primeros noventa minutos del culto evangélico del viernes por la noche en la parte sur de Brooklyn. Los devotos se balancean al compás de temas que versan sobre la ilusión, la dicha y la salvación. Elevan sus manos, se hincan en señal de arrepentimiento y ocultan el rostro entre las palmas mientras susurran oraciones. En cuanto el pastor sujeta el micrófono, el fervor generalizado termina. La prédica está a punto de dar inicio.
—En primer lugar, nos encomendamos en las manos del Señor. Pero si alguien es arrestado por Inmigración, déjenme saber lo antes posible, porque es importante poner abogado de inmediato.
Le responde el silencio del templo y un centenar de caras serias.
—Allá en la 18 el día martes me llamaron que arrestaron a uno de nuestros ujieres cuando estaba de camino a la lavandería. Se presentaron dos agentes de Inmigración, hicieron varias preguntas y cuando se dio cuenta, tenía 10 agentes alrededor. Lo tiraron al piso; se lo llevaron. Su esposa me llamó en el mismo momento que sucedió, nos comunicamos con los abogados, al otro día ya en la mañana estaba la defensa en la Corte y gracias a Dios ayer salió para la gloria del Señor, hermanos.
Esta vez le responden aplausos.

Esta historia fue producida como parte del M.A. En el Craig Newmark Graduate School of Journalism.
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