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La semana en que los Gutiérrez-Pulido lo perdieron todo: del incendio de su casa a la detención del padre por el ICE

El día en que el padre de una familia mexicana se dispuso a limpiar los escombros de su casa, fue arrestado por las autoridades de migración en EEUU

La familia Gutiérrez-Pulido, en una fotografía sin datar.

Cuando vieron su casa incendiada, como si un dragón de fuego se la estuviera tragando lentamente, la familia Gutiérrez-Pulido pensó que habían perdido demasiado: las fotos del nacimiento de los tres hijos, ahora hechas cenizas; la colección de ollas de la marca Princess House, que la candela desfiguró; los instrumentos musicales de los niños, convertidos en residuos; incluso la chamarra que el hijo mayor, de 17 años, adquirió para su graduación de la secundaria. “Cuando miraba el fuego, Ángel solo decía: ‘¡Mi chamarra de senior, mi chamarra de senior!'”, cuenta la madre, Griselda Pulido. Habían perdido demasiado y, sin embargo, la vida tenía todavía algo más para quitarles. Tres días después, mientras tiraba los escombros de la casa donde vivieron por 20 años, los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) cargaron con el padre, José Mendoza Gutiérrez, y la familia pensó que ahora sí estaban completamente perdidos.

Un día antes de la detención, el 20 de enero de 2026, Gutiérrez, un mexicano de 45 años que llegó del Estado de Guerrero cuando tenía 15, se paró enfrente de lo que había quedado de su casa en Nacogdoches, una ciudad tranquila de cerca de 30.000 habitantes en el este de Texas, y le dijo a su esposa y a algunos vecinos que lo acompañaban: “Ya se me quemó la casa, ahora oren por mí para que migración no me agarre”. La familia, como cualquiera en su condición de indocumentada, vivía con ese miedo. Gutiérrez no bromeaba con la posibilidad de una detención, solo se sentía el hombre más desdichado sobre la Tierra.

Un fuego voraz arrasó en unas pocas horas con la casa en la tarde del domingo anterior, reduciendo a maleza el hogar que levantaron con esfuerzo. En la tarde del 18 de enero, la familia asistió al servicio de la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, a unos diez minutos de su casa. La menor de sus tres hijos había cumplido ocho años el día anterior, y el padre prometió llevarla a uno de los restaurantes de la cadena italiana Olive Garden, en la ciudad de Lufkin. Eran cerca de las cinco de la tarde cuando salieron de la iglesia y llegaron al lugar. Una vecina había estado llamando al celular de Pulido, sin que nadie contestara. Cuando terminaron de cenar, la madre atendió el teléfono. “Le digo: ‘qué pasó?’” La vecina, del otro lado, se oía asustada, con la voz llorosa. “Tu casa. Tu casa se está quemando”, alcanzó a avisarle.

Incendio en la casa de la familia Gutiérrez-Pulido, en Nacogdoches, Texas.

Abandonaron el restaurante y subieron al auto. No se podían creer lo que estaba sucediendo. Los niños preguntaron de qué se trataba. “Les dije que se estaba quemando nuestra casa y empezaron a llorar. Sentí una impotencia, quería llegar para hacer algo, pero lo único que hice fue calmarme”, cuenta Pulido.

Tras veinte largos minutos de camino, la familia llegó al barrio de Nacogdoches y vio cómo estaban reunidos los vecinos, los amigos, los curiosos, los oficiales de bomberos. Parecía que asistían, todos, al velorio de un cadáver, que no era más que su casa, a la que el fuego consumía sin que nadie pudiera hacer mucho por evitarlo. Pulido miró fijamente: “No supe qué hacer. Veía cómo se quemaba. Todo estaba lleno de fuego. El porche estaba consumido, la casa estaba a la mitad y el fuego seguía ardiendo. Estaban quemados dos baños, la sala, el comedor, la cocina. Los niños lloraban, gritaban”. Los bomberos intentaron aplacar las llamas con agua, pero el fuego siguió arrasando. La madre vio cómo la candela llegó a su recámara, cómo entraba a su intimidad sin que ella pudiera cerrarle la puerta.

Cerca de la una de la mañana, cuando ya el incendio —del que aún no se sabe el origen— estaba controlado, la familia se marchó, con el peso de entender que nada de lo que viniera en adelante iba a ser fácil. Los bomberos les pidieron esperar 72 horas para comenzar con las labores de recogida de escombros. Pasaron las primeras noches en un hotel. A Pulido le costaba pensar que algo así les había sucedido a ellos. “Uno tanto que trata de tener algo, con esfuerzo, y no quedó nada”, dice.

Restos de la casa de la familia Gutiérrez-Pulido, en enero de este año.

Para el miércoles, se habían decidido a recomenzar la vida: llevaron a los niños a la escuela, la madre se dispuso a conseguir ropa para los cuatro; y el padre, un hombre de muchos amigos, convocó a un grupo para comenzar con la recogida de basura y la limpieza del desastre que dejó el fuego. Gutiérrez, que trabajaba para una compañía de techos de metal, colocó un tráiler en la parte trasera de su camioneta que, con ayuda, repletó de escombros. El padre salió a depositar en un vertedero la basura acumulada y, a su regreso, lo detuvo un policía de carretera, le exigió sus documentos y una licencia para desplazarse que Gutiérrez no pudo ofrecer. Permanecía indocumentado, como cerca de 2.1 millones de otros inmigrantes que viven en Texas, o como los casi 15 millones que permanecen de manera irregular en todo Estados Unidos.

Gutiérrez, a pie de carretera, logró enviar un mensaje a su esposa. “‘Gris, me paró el policía’. Fue lo único que pudo decir”. Luego Pulido lo llamó y Gutiérrez no contestó. El tío, que lo acompañaba, le preguntó al agente si lo iba a mandar con las autoridades de migración. El policía le dijo que no. El propio Gutiérrez le dejó saber que no estaba haciendo nada malo, solo recogiendo las sobras de su casa incendiada. “El policía le dijo que lo sentía, pero que él no tenía una licencia para manejar”, cuenta la esposa.

“Sin casa, y quedar así, completamente sin nada, en la calle, y que luego se lleven a José, a la cabeza del hogar...”, dice Pulido, que no logra ahogar el llanto. A la madre le tocó darle a sus hijos, por segunda vez en cuatro días, el anuncio de otra pérdida. Desde entonces no han dejado de hacer preguntas. La más chiquita de los tres ha dicho: “¿Por qué a mi papá se lo llevó migra?”. El mayor no imagina llegar al final de su curso de secundaria y que su padre no esté ahí, disfrutando del último concierto de su banda de música.

Incendio en la casa de la familia Gutiérrez-Pulido, en Nacogdoches, Texas, en enero de 2026.

Por casi una semana nadie supo de Gutiérrez, ni apareció en ningún localizador, ni sospechaban cómo encontrarlo. Aunque la familia dice que en Nacogdoches habían tenido lugar pocas detenciones desde que la Administración de Donald Trump se dispuso a realizar sus redadas antiinmigrantes, Texas fue uno de los Estados más golpeados a finales de 2025, con más de 33.136 personas detenidas por el ICE. Ahora, dice Pulido, han oído de más arrestos en la zona, que solía ser un lugar apacible, que parecía protegerlos de la situación que atemoriza a tantos en todo el país.

Ahora el padre permanece en el Cameron County Detention Center, en Brownsville, a 800 kilómetros de la que era su casa. Desde allí llama y pregunta cómo están los niños, o si los amigos han ayudado a Pulido a recoger los escombros, o si los hermanos de la iglesia se sumaron a las labores de limpieza en lo que quedó de la casa. Hay días en que Gutiérrez le dice a su esposa: “Si me hubiesen llevado, pero aunque sea tuvieran la casa, sería diferente”. Pero la esposa sabe que no es así, que la casa se recupera, pero que el mayor miedo de todos es pensar en la posibilidad de perderlo a él.

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