Marc Anthony se dirigió hacia la tarima al tiempo que Bad Bunny iba a su lado, y ambos transformaron la plataforma en un núcleo sonoro, donde el vigor de los ritmos latinos resplandecía de forma incesante.
El neoyorquino de origen puertorriqueño lleva a escena los ritmos que le han hecho grande en 10 fechas: “La salsa no solo es música, es una identidad”


Si existe un periodo en la breve trayectoria de Estados Unidos (249 años y medio) donde la comunidad latina resalte, sobresalga y se sitúe en el foco del debate, es el actual. Esta temporada invernal sitúa, con sus luces y sombras, a los hispanos en la vanguardia, tanto en el diálogo cultural mundial como en los titulares de prensa. Desde los operativos del ICE y las redadas en Minneapolis hasta Bad Bunny reuniendo a América entera gracias a la música y, especialmente , el amor y la emoción, dentro de la Super Bowl. No obstante, para alcanzar este punto, diversas figuras han penetrado paulatinamente en el imaginario colectivo mediante su música, destacando entre ellas Marc Anthony. El monarca de la salsa materializó el pasado viernes un anhelo largamente buscado en su trayectoria, un hito que escasos artistas latinos (Los Bukis, Pitbull, próximamente Carín León) han logrado: inaugurar su propio espectáculo permanente en Las Vegas.
Neoyorquino de El Barrio, en Harlem, de padres, corazón y crianza puertorriqueña (“¡Boricuaaaa!“, le gritaba el público), Marco Antonio Muñiz, emocionado, de hecho, histérico de emoción (no paraba de recorrer el escenario, saltar, animar al público, gozar), se estrenó en el primero de los 10 conciertos de su residencia en un teatro, el del hotel y casino Fointanebleau, uno de los más elegantes —incluso, menos kitsch— de Las Vegas, Nevada, con un lleno prácticamente total (habrá shows, como mínimo, 14, 15, 20 y 21 de febrero; y también 24, 25, 29 y 31 de julio, así como el 1 de agosto). Entre el público, sobre todo, latinos que le coreaban, que no paraban de bailar, las lentas y las rápidas, que sacaban banderas de todos los países y hacían videollamadas con sus madres.
Porque la carrera de Muñiz, de 57 años, que él repasó cuidadosamente, es de las que conectan generaciones. Y de las que han marcado a los que han llegado tras él. Pero el viernes, sus 12 millones de discos vendidos, cuatro Grammy y nueve Grammy Latinos, estrella en el Paseo de la Fama y Persona del Año en 2016 por la Academia Latina, no le ayudaron a quitarse los nervios. Pidió profusas disculpas desde el principio: por innovar, por buscar juntar temas y géneros nuevos, por su intensa emoción. “Me siento muy honrado. Vamos a probar algo distinto. Pónganse en pie, bailen, have a good time (pasen un buen rato)“, pedía, mezclando, como tantos compatriotas, inglés y español. Reconoció que había canciones, como My Baby you, una de las pocas que cantó en inglés y dedicada a su hija mayor, Arianna (está esperando el octavo, el segundo junto a la modelo Nadia Ferreira, de 26 años), tan profundas que le iban a resultar difíciles de cantar.
Arrancó desde finales de los ochenta, sobre todo con salsa, un género al que jamás ha renunciado, y que hoy en día canta con Daddy Yankee, Pitbull y quien se le ponga por delante. El repertorio fue exhaustivo, con temas de todas sus épocas y un buen chorro de voz que quiso mostrar. Sonó desde Valió la pena, el primero de la noche (una hora y cinco minutos más tarde de la hora marcada en el ticket), a Y cómo es él, de Perales, o aquella Hasta que te conocí que escribió Juan Gabriel y él versionó, con inmenso éxito, allá por 1993, con la salsa siempre por bandera.
Ya que él mismo lo manifestó en un audio al comenzar el espectáculo: “Crecido en el Spanish Harlem de los años setenta, nacido en Nueva York, criado puertorriqueño, la salsa no solo era música, era una identidad. Como Las Vegas no es un destino, sino un nuevo capítulo. El legado latino”. Esa trayectoria se reflejó mediante sus sonidos y trabajos conjuntos: si bien no invitó a nadie al escenario, pantallas gigantes mostraron fotos de varios de sus compañeros en las diferentes piezas que ejecutó, desde la provocativa salsa pop de Felices los cuatro, con Maluma, hasta la famosísima La gozadera y esa potente balada que es Vivir lo nuestro, con La India.

Casi una veintena de piezas en una actuación que resultó breve, de apenas hora y media con un solo bis. Amagó con finalizar con la clásica My Way (título que lleva la residencia: Vegas... My Way), donde repasó su trayectoria con fotos de shows, galas de premios y duetos con figuras como Celia Cruz y Tony Bennett. No obstante, regresó, como era de esperar, para interpretar Vivir mi vida (“la la la la la”, melodía que todos recuerdan), su obra de mayor éxito de 2013, con más de 800 millones de escuchas en Spotify, 1.300 millones en YouTube y el Grammy Latino a la mejor grabación del año.
Junto a ella, el ritmo salsero estalló, respaldado por doce instrumentistas —trombones, trompetas, bajos, guitarras, teclados, percusión—, tres voces de apoyo y los estandartes de las naciones de América proyectados en el monitor inmenso. Los asistentes clamaban y agitaban sus propios emblemas. Situados en la hilera ocho, Andrea y Omi danzaban sin descanso. Ella, una joven milenial que llegó de El Salvador a los siete años para residir en Utah; él, un muchacho trans de México. Ingerían bebidas, entonaban con fuerza, intercambiaban sonrisas. Se conocieron hace 10 años durante una actuación de Anthony, ubicados en butacas deficientes, en la parte más alta. En esta ocasión desembolsaron por un área de calidad, aunque lateral, con el fin de disfrutar cada paso. “Crecí con su música”, comentaba ella, reacia a abandonar su sitio después de los 90 minutos. “No es fácil ser latino y trans en este país. Pero aquí estamos. Bailando”. El sonido se había detenido. No obstante, persistía para ellos.
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