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De Obama a Trump, 12 años para volver a la mesa de negociaciones: “La transición debe ser protagonizada por los cubanos”

Algunos se preguntan qué país hubiese sido Cuba hoy de no frenarse las negociaciones que Obama comenzó en 2014

Carretera en San Antonio de los Baños, Cuba, el 3 de marzo.NORLYS PEREZ (REUTERS)

Cuando hace unas semanas el secretario de Estado, Marco Rubio, declaró que más que libertad o democracia, el problema fundamental de Cuba era su economía, Andy Gómez, el ex director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami, no dio crédito a lo que estaba oyendo. “Me dije: no, no puedo creer que este hombre haya dicho esto”. Hace más de diez años, Gómez fue reclutado, junto a otros académicos y diplomáticos, por la Brookings Institution, un destacado think tank con sede en Washington que entonces ayudó a moldear la propuesta de una política entre Estados Unidos y Cuba. El engagement, o la política de acercamiento, del expresidente Barack Obama, que fue altamente criticada tanto por Donald Trump como por Rubio, apostó por una apertura económica en la isla. Por eso ahora a Gómez le resultaba inconcebible pensar que la administración republicana, la misma que puso freno al acercamiento con La Habana, estuviese hablando en esos términos. ¿Estaba el Gobierno de Trump, contra todo pronóstico, retomando parte del modelo Obama?

Manuel Cuesta Morúa, el presidente del Consejo para la Transición en Cuba, quien en 2016 se reunió con Obama y otros disidentes políticos en la sede de la embajada de Estados Unidos en La Habana, se ha puesto a pensar qué clase de país sería Cuba hoy si no se hubiese interrumpido la relación que empezó con Estados Unidos hace 12 años. “Estaríamos más cerca de la transición democrática de lo que estamos ahora mismo”, dice desde la capital cubana. Pero a Morúa, sin embargo, no le sorprende este giro en el discurso tanto de Trump como de Rubio. “No han hecho más que recuperar el consenso estadounidense a lo largo de todo el espectro político”.

Aun así, hay ciertos sectores que no esperaban ver ni a Trump ni a Rubio sentados a la mesa con los herederos del linaje de los Castro, ni acordando con ellos una negociación que no implique, en primer lugar, cambios políticos. El mismo 17 de diciembre de 2014, cuando en una declaración televisada Obama anunció el desmantelamiento de la “política rígida” entre ambos países, Rubio, entonces un joven senador por Florida, insistió en que el pacto era desigual. “La Casa Blanca lo ha concedido todo y ha obtenido poco”, dijo en una conferencia de prensa. Washington proponía, entre otras cosas, flexibilizar restricciones a los envíos de remesas, los viajes a la isla y las transacciones bancarias, pero La Habana, según Rubio, “no se comprometió a permitir la creación de partidos políticos ni a iniciar siquiera una apariencia de transición hacia la democracia”.

Cuba, como parte del acuerdo, liberó un total de 53 presos, permitió cierta apertura de Internet y acogió a los miles de turistas que desembarcaron en el país con las varias aerolíneas y compañías de cruceros que comenzaron a operar viajes a la isla. Muchos coinciden en que el Gobierno cubano desperdició ese momento, al entregar menos de lo que exigía un acercamiento que no había sido posible en más de medio siglo. En la histórica aparición televisada donde Obama y Raúl Castro hablan a la prensa, a este último le preguntan por la liberación de los presos políticos. “Dame la lista de los presos políticos para soltarlos”, le exigió al periodista de origen cubano Jim Acosta, de CNN, negando que su país encarcelara personas por disentir. A algunos les quedó claro, en ese gesto, que Cuba no estaba jugando limpio.

Barack Obama y Raúl Castro en el Consejo de Estado de Cuba, en La Habana, el 21 de marzo de 2016.

“Al Gobierno cubano se le pidió apertura, una liberación de todos los presos políticos, el respeto a los derechos humanos, a la libertad de expresión. ¿Y cuánto se alcanzó de todo eso? Muy poco”, asegura Gómez.

Ahora, después de semanas negando una negociación, el actual gobernante Miguel Díaz-Canel reconoció lo que viene asegurando Trump desde hace días: que ambos países están sentados a la mesa de diálogo. Aunque es muy pronto para hablar de un segundo deshielo, o de qué temas estarían abordando La Habana y Washington, ya se han comenzado a dar ciertos pasos que implican un mayor protagonismo del sector privado, o la excarcelación de 51 presos anunciada en la noche del jueves.

Los sentimientos de la comunidad cubana están divididos entre quienes exigen mayor apertura en la isla y quienes insisten en que la historia ha demostrado que “con la dictadura no se negocia”. Las preguntas aún sin responder son: ¿Cuánto cederán ambas partes en las negociaciones? Y si estarán los cubanos como pueblo en el centro de dicho diálogo.

Los matices del diálogo

En este mes de marzo se cumplen 10 años de muchas cosas, que en este punto parecen haber ocurrido en otra época: del gran concierto de The Rolling Stone en La Habana, o de los espectáculos de Diplo o Major Lazer. Aunque para mucha gente, sobre todo en el centro del país, la vida seguía prácticamente igual antes o después de Obama, La Habana era una ciudad vibrante. Al país llegaron casi cuatro millones de turistas, que en 2015 reportaron 2.819 millones de dólares al sector, y las remesas alcanzaron la cifra de 3.440 millones de dólares.

“Creo que la política de Obama ayudó a abrir espacio en una zona gris de la sociedad”, asegura Michael Bustamante, profesor de la Universidad de Miami y autor del libro Cuban Memory Wars. “En ese momento en Cuba sí se respiró una mejoría en cuanto al clima del debate público, sin quitar, por supuesto, el peso represivo del Estado a esas personas que se manifestaban abiertamente en contra”.

El deshielo de la era Obama duró el corto tiempo de dos años. En 2017, en un mitin con exiliados en La Pequeña Habana, en Miami, un Trump en su primera presidencia prometió la cancelación “del acuerdo completamente unilateral”, que no había garantizado, hasta ahora, el respeto a las libertades de los cubanos. La embajada estadounidense en La Habana, cuya apertura fue posible tras las negociaciones con Obama, redujo por ese tiempo su personal a causa de los ataques sónicos a una veintena de diplomáticos, algo que terminó de cavar la tumba del acercamiento entre ambos países. Se limitaron los viajes “de pueblo a pueblo”, se redujo el turismo y el comercio de orilla a orilla, y la pequeña fiesta que por ratos parecía Cuba -llena de visitantes, artistas y conciertos al aire libre- volvió a su estado natural de reclusión al que, primero que todo, lo ha condenado su propio régimen.

Ahora que se sabe que Estados Unidos está negociando con La Habana, algunos desde Florida dicen estar asistiendo a un deja vu del momento que vivieron después de 2014, cuando Obama quiso “enterrar los últimos remanentes de la guerra fría en las Américas”. Ya han comenzado las reuniones entre empresarios en Miami, que siguen pensando la isla como un territorio sin explotar; o se ha visto a los lobistas amasar propuestas que hagan de Cuba un país mejor donde desembarcar el día en que el castrismo se relaje. Hay quien empieza a llamar la situación “Obama 2.0”. Aldo Álvarez, el dueño de Mercatoria, una compañía de producción y distribución de productos en Cuba, dice que hay cierta similitud con lo que se vivió en su país hace una década. “Al final se están sentando a negociar, y esa negociación nos trae de vuelta al momento Obama”. No obstante, asegura el empresario, “el espíritu es diferente, y la situación del país también es diferente”.

Mensaje de Miguel Diaz-Canel, en La Habana, este viernes.

Ciertamente, Cuba ha cambiado desde 2014. En los últimos años, el país ha lidiado con una pandemia de Covid-19, con varios desastres naturales, con un éxodo de casi dos millones de personas en tres años y con el hueco económico más grande de su historia. Se trata de un territorio mucho más deprimido. A eso se suma el anuncio de Trump del pasado 29 de enero, donde declaró la emergencia nacional que tiene privado al país del petróleo que llegaba desde México y Venezuela. Esa es la gran diferencia, por ahora, con la política de la administración Obama. Mientras el demócrata apostó por el camino del intercambio, el republicano eligió el camino de la asfixia económica.

Joe García, quien fue congresista demócrata por Florida en la época del deshielo, asegura que lo que parecen tener en común la política de Obama con lo que plantea Trump es el enfoque: “Alentar a Cuba a avanzar hacia una reforma económica profunda, la liberalización de las fuerzas productivas y el estímulo y protección de la propiedad privada, mientras se fortalece la sociedad civil y se avanza a un proceso democrático que conduzca a la reinserción de Cuba a la comunidad de naciones”, dice.

Ambas políticas, según los expertos, están diseñadas para provocar un cambio en Cuba, rompiendo el monopolio estatal de su economía con la apertura al sector privado. “La política de Obama se centró en abrir las relaciones económicas directamente entre los estadounidenses y los cubanos. Era una estrategia de abajo arriba. Era una oportunidad para que el Gobierno hiciera crecer su economía en sus propios términos, pero reaccionó como si el sector privado fuese una extensión burocrática del gobierno y desperdició la oportunidad”, dice Guillermo Grenier, sociólogo de la Universidad Internacional de Florida al frente de la encuesta que toma el peso de los votantes cubanos. Según el académico, la estrategia de Trump y su equipo, en cambio, “es totalmente vertical y se basa en su propio deseo de controlar Cuba, en lugar de trabajar realmente con los actores sociales para lograr el cambio”.

Una negociación con libertades

Con una personalidad volátil como la de Trump, algunos cubanos -sobre todo parte del 68% de los cubanoamericanos que le dieron el voto en Florida- fantasearon con la idea de que apareciera en Punto Cero a despojar a la familia Castro del poder, o provocara una caída más inminente del régimen, pero el republicano no solo ha dicho que Cuba va a caer a través de la asfixia, sino que descartó una acción militar en la isla. “Eso no va a suceder”, dijo este jueves al medio Washington Examiner.

El plan de la “toma amistosa de Cuba”, tal como anunció Trump, ha causado revuelo en una comunidad a la que han sorprendido los diálogos en secreto con el nieto de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, y la posibilidad de solo deshacerse del gobernante Miguel Díaz-Canel, sin eliminar del tablero el apellido Castro. Hay quienes incluso se han mostrado “defraudados” ante la ausencia de una política de mano dura que desde hace décadas exigen ciertos sectores del Sur de la Florida hacia La Habana.

Migrante cubano en La pequeña Habana, en Miami, Florida, el 13 nde marzo de 2016.

Grenier, quien insiste en que la comunidad cubanoamericana no es “monolítica”, dice que el gran deseo común que tiene es el de “lograr un cambio en Cuba”. Según las encuestas realizadas junto a FIU, hasta la primera presidencia de Trump la mayoría quería abrir los viajes sin restricciones a la isla y otras políticas de apertura, no de aislamiento. Y aunque es cierto que una parte de la comunidad podría sentirse traicionada si estas negociaciones de Trump no conllevan a un cambio de las estructuras políticas de la isla, la mayoría de los cubanos prefiere “el bienestar de sus familias por encima del impulso de buscar venganza”.

De lo que el Gobierno estadounidense parece estar librándose es de desatar una crisis humanitaria en Cuba que lleve al país a un situación peor de lo que está. Jorge Duany, exdirector del Instituto Cubano de Investigaciones y catedrático emérito de la Universidad de Florida, considera que la administración republicana ha adoptado “un enfoque más pragmático hacia Cuba”, acorde además con la opinión pública estadounidense, y no por una intervención militar directa como la ejecutada en Venezuela o Irán. “No buscan deponer de inmediato al régimen socialista en La Habana, por temor al caos social y una posible crisis de refugiados en Estados Unidos”, dice. Bustamante, por su parte, coincide en que Estados Unidos podría temer “la desestabilización de la sociedad cubana, por eso quizás están buscando llegar a algún tipo de trato que implique concesiones grandes de parte de las autoridades cubanas en el terreno económico y quizás algunas cosas en el terreno político”.

Aunque por el momento no hay información oficial emitida sobre los puntos a negociar por ambos Gobiernos, los cubanos insisten en que cualquier diálogo debe tener varias premisas insustituibles: “Que suelten a los presos políticos, que empiecen a respetar los derechos humanos, a dar libertad al pueblo. Si ellos hacen eso, entonces que vayan adelante con otros pasos”, sostiene Andy Gómez.

Desde Cuba, Cuesta Morúa dice que no hay negociación posible que no se abra a una transición, y que reconozca el papel fundamental de los cubanos en la reconstrucción de su país. “Hay que proporcionarle mayor reconocimiento a los actores del cambio democrático dentro de Cuba, colocar con claridad sobre la mesa la agenda de esos cambios”, sostiene. “Desde una noción clara: la transición debe ser protagonizada por los cubanos”.

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