Miami espera como nunca la caída del castrismo: “Que pase lo que tenga que pasar, si no, jamás vamos a ser libres”
Los cubanos de la capital del exilio de la isla en Estados Unidos observan entre el optimismo y la frustración cómo su país se acerca más que en cualquier momento pasado al cambio que se ha resistido por décadas

Las quemaduras en las manos de Ingrid Arenas no dan cuenta de todas las pizzas que en realidad ha horneado para vivir. El pasado jueves llegó a Tío Colo, su pizzería ubicada en la Coral Way, en Miami, y desde temprano comenzó a despachar varios pedidos de pizzas cubanas o bocaditos de helado. En Hialeah, el hijo y la nuera llevan otro local similar en el que reciben a decenas de clientes, y hasta los cinco nietos pequeños se suman preparar o repartir la comida. El negocio va muy bien; nada pareciera faltarle. “He sido feliz acá”, dice Ingrid, de 62 años, pensando en las más de dos décadas que ha vivido en Estados Unidos. Sin embargo, hay algo que lleva atascado en el pecho: “Cuba es el sufrimiento más grande que tengo”, confiesa. Y solo va a desaparecer, asegura, el día en que pueda abrir en la isla una pizzería Tío Colo, o sea, cuando Cuba sea ese país al que puedan volver sus exiliados.
Los bocaditos de helado que vendió en bicicleta en la Cuba de los noventa son los mismos que prepara hoy. Por eso Ingrid insiste en que Tío Colo se fundó en Cuba y echó raíces mucho tiempo después en Miami. Ahora, que se habla de un cambio inminente en la isla, imagina tener una pizzería lo mismo en La Habana que en el centro del Escambray. “Mi deber es reconstruir el país”, asegura. “Nosotros hemos empezado de cero muchas veces, sabemos lo que es eso. Sí, Cuba está hecha añicos, pero se reconstruye”.
Cierta esperanza ha comenzado a nacer nuevamente en un exilio descreído, que por ratos ha llegado a dar a Cuba por perdida. José Victorero, el jefe de mantenimiento del mítico restaurante Versailles, que llegó a Miami con 5 años y ahora tiene 62, ha pensado que va a morir “antes de que el comunismo se caiga”. Pero no puede negar que algo le parece diferente ahora. Hace unos días participó de una reunión con la policía local y supo que ya comenzaron a instalar cámaras en los alrededores del Versailles, para el momento en que los cubanos se reúnan allí a celebrar la caída del castrismo. Varios importantes medios de comunicación, dice, también han empezado a pagar por sus espacios para transmitir en vivo el sentimiento del exilio.
Por décadas, los cubanoamericanos reservaron sus votos a quien prometiera un discurso de mano dura con el régimen de La Habana, pero en los últimos años parecían haber perdido el optimismo de recuperar la isla. Los resultados de las últimas encuestas indican que en las elecciones de 2024 la intención del voto de la comunidad cubana reflejaba preocupaciones más económicas que políticas.
Aun así, algunos no descartaron la idea de que el nuevo secretario de Estado, Marco Rubio, apelara a su condición de hijo de migrantes cubanos para posar su atención sobre la isla. Durante un primer año sin que la Administración de Donald Trump hiciera algo más allá que mantener la misma política de hostilidad hacia La Habana, este 2026 trajo otros aires para los cubanos. Después de la captura de Nicolás Maduro, la pregunta más común fue: ¿es Cuba la próxima?
Trump declaró la emergencia nacional para Cuba, limitó el envío de combustible desde Venezuela y amenazó con aumentar los aranceles a los productos de cualquier país que les provea con petróleo. Todo lo que ha venido luego es desolador: los hoteles en la isla están despidiendo a los turistas y trabajadores; aerolíneas como LATAM, Air Canada, WestJet y Transat anunciaron la suspensión de sus vuelos; la cadena española Meliá comunicó el cierre de tres de sus hoteles; el transporte es casi nulo y la vida, en general, está paralizada.
El país parece un cuerpo al que los órganos le han comenzado a fallar. En medio de esta situación, el Gobierno de La Habana ha jugado una de sus últimas fichas: ha puesto en manos del sector privado el encargo de comprar combustible en el exterior, algo a lo que se había negado antes. Esto ha molestado particularmente al exilio, ante el hecho de que muchos empresarios cubanoamericanos se están ofreciendo para estas transacciones. “Estos mismos empresarios llevan años pactando con la cúpula militar para poder hacer negocios en Cuba, a pesar de que la condición es aceptar un sistema que niega derechos políticos, económicos y de otras índoles a su pueblo”, asegura la activista Salomé García Bacallao.

Aunque por el momento se desconocen los planes concretos de Washington para La Habana, sí ha quedado claro que buscan un cambio a través de la apertura económica, una política que parece estar divorciada de lo que por años ha pedido parte de los 2,5 millones de cubanoamericanos y de sus representantes en el Congreso.
Los sentimientos en Miami están divididos. Para algunos, Rubio ahora se ha mostrado como el político que pocos pensaban que iba a llegar a ser. “Era Clark Kent y ahora es Superman”, dice José Manuel Hernández, el hijo de Ingrid, de 37 años. “Ha sacado agallas, hasta carisma. Me parece que si se postula en 2028, puede que gane. Sin él, no hubiera ningún interés del gobierno americano por Cuba”.
Otros, sin embargo, han empezado a tildar a la Administración de “dialoguera” —como mismo llamaron a Barack Obama en su momento— al enterarse de que Rubio estaría sosteniendo conversaciones con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, conocido como “El Cangrejo”. También han dudado de la intención del Gobierno estadounidense de que el cambio en Cuba llegue primero por la economía y no por la liberación política.
La intención económica de Marco Rubio
Esta semana, Sunilda Roque, de 62 años, dedicada al cuidado de adultos mayores, llegó con un ramo de girasoles hasta la Ermita de la Caridad y le prendió velas a la virgen. “Yo vine aquí a pedir por Cuba, para mi pueblo cubano, que está pasando tanto”, dice. Lleva 13 años viviendo sola en Miami, lejos de su familia en la isla, quienes la llaman y le cuentan cuántas horas de apagones tuvieron al día, o cómo se las arreglaron para conseguir la comida. “Nunca había visto la cosa como está ahora, ni en el Periodo Especial de los noventa”, cuenta.
Aun así, Sunilda es de las que dice: “Que pase lo que tenga que pasar, si no, jamás vamos a ser libres. Hay que sacrificarse”. Teme, por su puesto, por lo que pueda suceder con su familia, pero le pesan más los años que llevan viviendo en la miseria, con lo poco que ella puede mandarles.
No hay nadie en Miami indiferente a lo que sucede Cuba hoy. Hay quien cuenta los días para que el país colapse; hay quien no se cree que aún pueda suceder. Hay quien no quiere una intervención en la isla, y están quienes aseguran que “el comunismo hay que arrancarlo de raíz”.
Las intenciones para Washington, sin embargo, parecen estar claras. En una reciente entrevista con Bloomberg, Rubio aseguró que “el problema fundamental de Cuba es que no tiene economía”. “Es importante que el pueblo cubano tenga más libertad, no solo libertad política, sino también libertad económica”, sostuvo, deslizando lo que tanto él como Trump han dicho antes: que no pretenden intervenir la isla, sino “llegar a un acuerdo”.
El economista Ricardo Torres, exinvestigador del Centro de Estudios de la Economía Cubana y profesor en la American University de Washington, asegura que, ante el estado en que se encuentra la isla, “es natural pensar que el cambio económico y el cambio político van de la mano”. Aunque aún es difícil predecir en qué tipo de aperturas económicas incidiría el Gobierno estadounidense, el economista menciona como prioridad la eliminación de restricciones al sector privado en la isla o el acceso al capital extranjero, reformas promovidas por la política del restablecimiento de relaciones diplomáticas de Obama y muy criticadas por la parte más conservadora del exilio.
“Antes y ahora, cualquier transformación que se oriente a conseguir prosperidad y desarrollo pasa por expandir significativamente el sector privado, quizá bajo reglas más claras, pero no hay manera de esquivar ese componente en una nueva economía cubana. Lo más importante es que la libertad o independencia económica cambia la relación entre el Estado y los ciudadanos”, opina el experto.
“Las pasiones de Miami no pueden dictar la política hacia Cuba”
A las tres de la tarde del pasado miércoles, Maribel salió del trabajo y manejó hacia el suroeste de Miami, hasta una de las oficinas de Cubamax, la agencia de viajes y envíos a la isla, que ha estado en la mira de varios políticos del sur de Florida. Según dicen, este tipo de negocios solo engordan el bolsillo del Gobierno cubano.
Hay gente que entra y sale del pequeño local. Algunos con bolsas con biberones, medicamentos y comida. Maribel llegó a enviar un paquete a su hija y sus tres nietos. No ve el día en que un cambio en Cuba garantice que ella no tenga que gastar su salario en sostener a su familia. Hay quien ha optado por abstenerse de enviar recargas de celulares o comida hacia Cuba, pero mientras la situación esté al límite, ella siempre va a ayudar a los suyos.
Tanto Cubamax como Katapulk Marketplace o Maravana Cargo son agencias de envíos a Cuba que varios políticos de Florida han querido desactivar. Esta semana, Dariel Fernández, recaudador de impuestos del condado de Miami-Dade, incidió junto a congresistas cubanoamericanos para que la Administración Trump suspenda las licencias que permiten la exportación a Cuba de ciertos productos.
“Cuando empezamos a revisar todas estas licencias, vimos cosas inconcebibles; algunas de estas compañías tienen licencias para mandar autos de lujo, Ferraris, Lamborghinis y hasta jacuzzis. ¿Quién en Cuba tiene energía eléctrica para mover un jacuzzi, quién tiene agua y quién tiene dinero para comprarlo cuando un doctor en Cuba gana 20 dólares al mes?”, se pregunta Fernández. “No estamos en contra de que en Cuba haya comercio, pero cuando primero haya libertad. Mientras eso no suceda, no podemos seguir permitiendo que compañías de EE UU sigan favoreciendo a la dictadura”.
Por su parte, Ricardo Herrero, director ejecutivo del Cuba Study Group, cree que, aunque la tradición de los políticos de Florida ha sido siempre la de la presión máxima hacia la isla, ahora “hay una administración comprometida con un cambio de régimen en Cuba, pero que tiene que enfrentar las realidades de la región y los intereses y la seguridad nacional de Estados Unidos”. “No está en sus intereses precipitar un colapso humanitario en Cuba, ni enviar tropas para estabilizar esa isla. Las pasiones de Miami no pueden dictar la política de EE UU hacia Cuba, y eso es algo que reconoce Marco Rubio en el cargo que tiene. Esta es una oportunidad para negociar una relación que puede ser verdaderamente sostenible”, opina.
Miami parece, a primera vista, el sitio de siempre: la venta de aguacates y ciruelas en los semáforos, los clubs nocturnos con música cubana, las barberías donde los hombres se cuentan la vida entera y la gente apostando por ganarse un raspadito. A eso se añade una certeza colectiva que ronda la ciudad: lo que sea que vaya a suceder en Cuba, les estará sucediendo también a ellos de este otro lado.
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