Licencia para disparar desde los 14: “Empezar de pequeño crea una pasión más fuerte por la caza”
Organizaciones alertan de impactos psicológicos de la actividad cinegética en niños y piden prohibirla para menores de 18 años. Familias cazadoras defienden el aprendizaje temprano

En la localidad de Culebras ya casi no vive nadie. Sin embargo, los fines de semana, entre octubre y febrero, el pueblo del municipio de Villas de la Ventosa, en Cuenca, se llena de vida. Y también de muerte. Decenas de vecinos de la localidad regentan la Asociación Cultural Culebras, un bar donde los cazadores se citan antes de la montería. La convocatoria para esta modalidad de caza que emplea perros para batir el monte y llevar las piezas a los sitios visibles para los cazadores suele ser a las 9.00. Ahí desayunan, sortean los puestos de disparo y designan a los rehaleros que conducirán a la jauría.
Este domingo de febrero, Ana González, de 21 años, es una de las tres rehaleras que guía a los perros por los cerros de Valdecañas, un coto próximo al pueblo. Dice conocer esos montes como “el patio de su casa”. Los recorre desde los 8 años, cuando empezó a acompañar a su padre, Diego (42 años), y a su abuelo Ismael (72). “Empezar desde pequeño te hace crear una pasión más fuerte”, sostiene la menor de los González. Es la pasión que quiere transmitir a su hermana que nacerá en marzo.
Precisamente de esos cerros viene uno de los recuerdos más preciados de su adolescencia: el día que cazó su primera pieza, un conejo. Tenía 14 años cuando apretó el gatillo por primera vez. Su abuelo se emocionó hasta las lágrimas: “Fue mucha emoción verla cazar, y saber que lo hizo con la escopeta de la familia”. Pero, lo que para ella es una de sus memorias favoritas, y uno de los pilares de su vida, podría prohibirse para otros niños y adolescentes en España.
A finales de enero, el Ministerio de Juventud e Infancia, en manos de Sumar, socio minoritario del Gobierno, anunció que contempla vetar la participación de menores en actividades en las que se ejerza violencia contra animales. La propuesta de la cartera que dirige Sira Rego forma parte de la ampliación de la Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia (Lopivi) que todavía está en fase de negociación, según informa el Ministerio. “Confiamos en que vaya pronto al Consejo de Ministros”, explica su portavoz.
El anuncio de esta iniciativa se produjo después de un cuestionamiento del Comité de los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas a España sobre la participación de menores en espectáculos taurinos y actividades cinegéticas. Desde 2018, expertos en bienestar infantil han insistido en que la normativa española es “muy tolerante”.
Organizaciones como la Coordinadora de Profesionales por la Prevención de Abusos (CoPPa) y el Consejo Independiente de Protección de la Infancia (CIPI), que alertaron a la ONU sobre omisiones en España, advierten de que la exposición de menores a la violencia contra animales provoca daños psicológicos y conductuales, y que el acceso a armas de fuego puede causar accidentes e incluso muertes.
El Reglamento de Armas permite que adolescentes desde los 14 años obtengan autorización para usar armas de fuego en caza y tiro deportivo, acompañados por un adulto con licencia. La edad mínima para asistir a actividades cinegéticas depende de las comunidades autónomas. Cinco —País Vasco, Canarias, Castilla y León, Comunidad Valenciana y Galicia— permiten expresamente que niños de cualquier edad acudan como acompañantes. Madrid y Cantabria fijan los 14 años. El resto no lo prohíbe. Es el caso de Castilla-La Mancha, donde nació y creció Ana González. El sitio alberga los montes en los que aprendió a caminar por el barro y la maleza, a arrear a los perros y a esperar con paciencia la aparición de conejos, corzos y jabalíes.

En esos cerros, este domingo también se entrena Adrián López, de 14 años, el cazador más joven de la montería. Está tramitando su licencia de armas. Acompaña a su padre, José López (58 años), desde los 3. Y a los 8 mató su primera pieza. “Tiene mejor puntería que la mayoría en esta montería”, dice el padre. Ambos han viajado desde Ciudad Real porque las jornadas de Los Bicarbonatos —la montería que preside Diego González— son, dicen, “de las más divertidas de Cuenca”. López y González se conocen por su trabajo en la agricultura y, desde las primeras veces que asistieron a las monterías, José y Adrián dicen sentirse como en casa.
Esa sensación de compañerismo también atrapó a Beatriz Rosete (27 años) en su primera batida —una montería menor— a los 9 años. La creadora de contenido creció en una familia dividida: madre anticaza y padre, abuelo y entorno paterno cazadores. Durante años, se definió como “una niña anticaza”. “Yo veía la caza como sinónimo de matar”, recuerda. Su padre nunca la obligó, pero quiso entender por qué alguien a quien admiraba cazaba. Una salida al monte en el norte de Asturias, bajo la lluvia y sin disparar, fue suficiente.
Se enamoró del vínculo con los perros y el monte, y de la mesa compartida tras la jornada. Entre los 13 y los 18 participó como rehalera. Ya como mayor de edad, obtuvo su licencia y pasó al puesto de tiro. Asegura que en el monte nunca ha sentido miedo: “Al final, estaba acompañada por mi padre, la persona que es más importante para mí”, dice. La cuadrilla terminó siendo su familia.
Para ella, la caza no empieza con el disparo ni acaba en la comida. Incluye la preparación, la búsqueda, el abate, el aprovechamiento de la carne y su consumo, además de un respeto profundo por la naturaleza. Esto es lo que defiende la Real Federación Española de Caza. Su presidente, Josep Escandell, sostiene que la actividad encierra valores, tradición y gestión ambiental: controla la sobrepoblación, frena enfermedades —como la peste porcina en Cataluña—, reduce accidentes de tráfico y protege cultivos.
Las comunidades fijan en planes cinegéticos el número de ejemplares a abatir por especie durante la temporada. La última montería del invierno en Villas de la Ventosa, por ejemplo, tenía como objetivo cazar hembras de corzo y jabalíes para evitar la sobrepoblación que, alegan, provoca pérdidas en los cultivos de cereal que sostienen a los agricultores de la zona.






En el monte, tres disparos interrumpen los ladridos de la jauría. Por la radio de uno de los rehaleros se celebra el abatimiento de una corza. Ana González intenta adivinar, por la posición de los perros, dónde ha caído la pieza. Alguien del grupo acaba de marcar una muerte más. Es este hecho, que se celebra en cada jornada de caza, lo que, según algunos expertos, podría causar daños psicológicos a los menores. La exposición prolongada a la violencia, la insensibilización al sufrimiento ajeno y el acceso a menores de edad a armas de fuego son los principales riesgos que las organizaciones opositoras a la actividad cinegética con menores exponen para exigir la prohibición de la participación de niños y adolescentes en la caza.
Marta Esteban Miñano, portavoz de CIPI, pide vetar no solo la caza con armas de fuego, sino también modalidades como el tiro con arco, que considera especialmente cruel por el sufrimiento prolongado. Y subraya los riesgos para la integridad física y el impacto emocional que puede derivar en desconexión hacia los animales. La activista sostiene que, según estudios internacionales, los niños nacen con biofilia ―una conexión innata con los animales―, y que su participación en este tipo de prácticas abona a que no distingan entre la violencia hacia personas y hacia animales. “Para ellos, la violencia es la misma, con cualquier excepción, se normaliza”, afirma.
CoPPA añade que los menores pueden sufrir ansiedad, depresión e incluso, en casos graves, llegar al suicidio. Y pone el foco en la disponibilidad de armas en el hogar. A partir de encuestas y testimonios, la organización advierte de que la exposición temprana a la violencia y el acceso a armas incrementan riesgos psicológicos y conductuales, sobre todo cuando la violencia es legitimada por adultos de referencia. La Coordinadora propone fijar los 18 años como edad mínima para el uso de armas, sin excepciones.

“No hay nadie más interesado en que su hijo esté seguro que un padre”, dice Escandell, de la federación de caza. Recuerda que, desde los 7 años, su padre le enseñó las medidas de seguridad para estar cerca de un arma. Para Beatriz Rosete, la mayoría de edad suena muy lejana y poco atractiva para adoptar el amor por la caza. Su hijo Leonardo acaba de cumplir 2 años, y en un par de meses más espera llevarlo por primera vez al monte.
Aunque dice que no piensa obligarle a cazar, quiere enseñarle todo lo que este mundo tiene por ofrecer. “Yo quiero que mi hijo sea feliz, quiera cazar o no. Y para que tome esa decisión, debe verlo desde dentro”, argumenta. Rosete defiende que, igual que otros padres eligen actividades extraescolares para sus hijos, ella tiene derecho a enseñar a Leonardo lo que sabe: “Nadie me va a decir cómo educar a mi hijo ni en qué actividades tiene que participar”. Insiste en que le mostrará que consumir carne implica asumir que un animal ha muerto y que sepa que la carne que come “no se produce en el supermercado”.
Ana González lo sabe bien. Con la carne que caza, prepara recetas que comparte con su familia y sus seguidores en las redes sociales. Después de la montería de este domingo, reunirá a su familia y a los visitantes para degustar la corza que han cazado en la jornada. En Culebras, donde casi no queda nadie, la vida y la muerte volverán en octubre con el inicio de la próxima temporada de caza.
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