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De ‘La asistenta’ a ‘Hamnet’: la varita mágica de la generación Z que convierte libros en éxitos de taquilla

Una gran parte de la generación Z no solamente es aficionada a la literatura, sino que además consume plataformas digitales que invitan a participar en debates, escribir reseñas y formar parte de clubs de lectura. Esto resulta muy poderoso para la industria cinematográfica

Sydney Sweeney en un fotograma de 'La asistenta'.Daniel McFadden / Lionsgate

“Te seguiría como un perro hasta el fin del mundo” es una de las frases que ha puesto el nombre de Heathcliff en boca de adolescentes y jóvenes de todo el mundo cuando, realmente, la primera vez que se mencionó a este personaje fue en 1847. De hecho, en la novela en la que concibe originariamente a este personaje, esta frase no tiene lugar, del mismo modo que Drácula nunca dijo en la obra de Bram Stoker “he cruzado océanos de tiempo para encontrarte”. Quizás, parte de las personas que acuden ansiosas al cine para ver a dos de los actores del momento —Jacob Elordi y Margot Robbie—, viviendo “la mayor historia de amor jamás contada”, no habían leído el libro de Emily Brönte. Sin embargo, a juzgar por las múltiples teorías y análisis sobre el tráiler de la película que inundaron las redes sociales antes de que se estrenase, parece que muchos jóvenes no solamente son perfectamente conscientes de la existencia de la obra original, sino que además la han leído e incluso la admiran profundamente.

Los amantes de la escritora británica especulaban acerca del enfoque que la directora de Saltburn y Una joven prometedora daría a uno de sus libros favoritos. A los lectores más puristas les aterrorizaba la posibilidad de que la convirtiera en una historia de amor romántico. Otras perspectivas, como la de la profesora de literatura y booktuber Marta López (@nosoloclasicos), se decantaban más por la posibilidad de que Emmerald Fennell estuviera planteando una reinterpretación y jugando con el público para darle una sorpresa. En cualquier caso, generó expectación en toda una comunidad de lectoras desde que las primeras imágenes salieron a la luz: “Consiguieron que todos quisieran ir a ver la película, aunque fuera para ponerla a caer de un burro”, afirma Marta López en su análisis.

Este contexto confirma que una gran parte de la generación Z no solamente es aficionada a la literatura, sino que además consume plataformas digitales que invitan a la conversación sobre el tema, a participar en debates, escribir reseñas y formar parte de clubs de lectura. Esto resulta muy poderoso para la industria cinematográfica porque es capaz de detectar qué novelas están siendo un éxito a tiempo real: “La opinión se está convirtiendo en un capital personal mucho más importante de lo que era hace veinte años. Polémicas y debates alrededor de las adaptaciones literarias ha habido siempre, pero la oportunidad de reflejarlas y de forjar con ello una identidad digital nunca ha estado tan al alcance de todos como ahora”, explica la periodista, guionista y columnista Paloma Rando.

Esta opinión la comparte Kenya Stephanie, escritora, editora, actriz y creativa que reúne 139 mil seguidores en su cuenta de Instagram y 80 mil trescientos en TikTok. Divulgadoras como ella —y sus comunidades—, son parte de la estructura por la que un libro, cuando obtiene reseñas positivas y cierta popularidad, se difunde rápidamente en múltiples cuentas, adquiriendo un gran interés general. En redes sociales se establece una relación de confianza entre los creadores de contenido y los lectores similar a la que ha habido tradicionalmente en los medios de comunicación con los críticos literarios. Se forman líderes de opinión en la materia que, en este caso, además suben contenidos que muchas otras personas comentan, proliferando así la información sobre cómo está impactando el libro en la sociedad y en la opinión pública: “La industria cinematográfica siempre se ha beneficiado de la literatura y la ha mirado como un archivo de historias ya validadas por los lectores, pero los zeta han acelerado democratizado el proceso de prescripción cultural: ahora no solo la industria decide qué historias merecen ser contadas, sino también las comunidades lectoras”, explica Kenya Stephanie.

Un contexto contradictorio

En una sociedad marcada por la cultura de la inmediatez, en la que reinan las pantallas y la inteligencia artificial, se ha demostrado que los jóvenes experimentan una mayor falta de comprensión lectora. De acuerdo a este artículo de Papallones, según el Informe PISA para adultos presentado a finales de 2024, el nivel de los universitarios españoles se ha hundido en una década. Generalmente, la percepción del panorama con respecto al interés por la lectura en los jóvenes es bastante desfavorable. Sin embargo, a pesar de estos datos negativos, este hábito se mantiene al alza. En enero de 2026 de este año, según esta noticia de RTVE, el Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros en España 2025 concluyó que leen el 72,3% de las mujeres y el 59,8%. En total, se recuenta que una media del 66,2% de la población, más de la mitad, lee en su tiempo libre.

Esto es fácilmente trasladable a las cifras en redes sociales. Laura Blocona (@laubythesea) reúne 115 mil seguidores en Instagram, Fernando Bonete (@en_bookle), más de 500 mil. Conforme a este estudio de la Revista Mediterránea de Comunicación de la Universidad de Alicante, que mide la interacción y el engagement de este tipo de cuentas, influencers consolidados —de entre 50 mil y 100 mil seguidores— acumulan en sus publicaciones entre cincuenta y doscientos comentarios en contenidos que generan debate, reseñas muy esperadas o sorteos. En otros formatos, como los pódcasts, Inés García y Paula Ducai plantean charlas y análisis de obras de autores de todo tipo, desde Roland Barthes hasta María Fernanda Ampuero, en Punzadas Sonoras.

El éxito de los libros entre la población joven y la cultura pop que se genera en torno a ellos se traduce en cifras estratosféricas en taquilla. Recientemente, se ha estrenado La Asistenta, basada en la novela de Freida McFadden, que fue la más leída en España en el año 2025. Cuando no había pasado ni un mes desde su estreno, la película ya había recaudado en el país más de 8 millones de euros. Hamnet, que consolidó a Maggie O’Farrell como un fenómeno literario mundial, lleva vendidos en España más de 200.000 ejemplares. Su adaptación al cine, protagonizada por un icono de la generación Z, Paul Mescal, cuenta con varias nominaciones a los Oscar y ha superado los seis millones de euros de recaudación en nuestro país.

El postureo intelectual

“Ansiamos haber visto o leído una obra para poder tener un discurso preparado en la punta de la lengua para cuando alguien nos pregunte. Poder opinar forma parte del circuito de consumo”, comenta Kenya Stephanie. Este puede ser otro motivo que traslada a tantas personas de los debates sobre libros a las salas de cine. La necesidad de estar en la conversación y de articular un discurso sin fisuras. De puntuar la película en Letterboxd y el libro en Goodreads. “Estas conversaciones se basan en algo identitario. Posicionarse a favor o en contra de esas adaptaciones es también una forma de declarar quién eres como lector, espectador y persona”, afirma la creadora y editora.

En el caso de las adaptaciones, parece haber una regla no escrita que dicta que solo puede hablarse de la película si se ha leído previamente el libro. Y, si se trata de intentar ser percibido como una persona intelectual, se suele considerar superior afirmar que la película no tiene punto de comparación con la obra original. Así lo percibe Rafael Malpartida, doctor en literatura comparada en la UMA especializado en adaptaciones y diálogos entre literatura y cine: “Llevo más de veinte años dando clases y lo que suelen preferir, tal vez porque la siguen asociando más a una apariencia de intelectualidad, es la literatura. Cuando les hablo de adaptaciones, procuro que no jerarquicen y que valoren cómo se ha llevado a cabo el proceso, no cuál de las dos es mejor”. Por su parte, Pablo Tejeda, creador del podcast de RNE Versus, en el que se establecen debates sobre obras conocidas entre una persona del mundo del cine y otra del de la literatura, apunta que precisamente películas canónicas y esenciales en la historia del cine están basadas en libros: “La literatura y el audiovisual siempre han ido de la mano, incluso antes de que al cine se le llamase cine. Viaje a la luna de Méliès es la adaptación de una idea de la novela de Jules Verne y gran parte de la filmografía de Hitchcock está basada en novelas o relatos literarios”, afirma el experto.

En realidad, el debate de la infidelidad de las adaptaciones, según Rafael Malpartida, siempre ha estado presente y sigue vigente a día de hoy: “Recuerdo que cuando se anunció la adaptación en forma de serial de Cien años de soledad muchos se lanzaron a mostrar su indignación preventiva —de ahí que se trate de un prejuicio: protestan incluso antes de haberla visto—”. Pero esto, una vez más, también logra movilizar a grandes grupos de personas al cine, incluso para poder otorgarle después una puntuación pésima con conocimiento de causa.

La forma en la que cada cual imagina a Hamnet, el protagonista de la obra de O’Farrell, es diferente. Tiene un rostro, unos gestos y una voz distinta. Se parece más o menos al adolescente que atraviesa ese atrezzo en forma de bosque que lleva a cualquier otra parte en la escena final de la adaptación de Chloé Zhao. Pero sí hay una coincidencia colectiva: muchas de las personas que se sientan a diario a verla al cine comenzaron a tener una noción de la historia y sus personajes mucho antes, sentados en el sofá en un rato libre de su semana, consultando en redes sociales reseñas sobre la novela. Previendo, por los comentarios, que aquella obra tendría relevancia a la hora de percibir y pensar cuestiones como la pérdida y la despedida. Que si la leían, corrían el riesgo de que se quedara para siempre en algún cajón de la memoria y que, tal vez, alguien se atrevería en algún momento a darle una forma de carne y hueso que pudiera proyectarse en el cine.

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