“Es lo mejor de ‘Cumbres borrascosas’”: Alison Oliver seduce a Hollywood mientras huye de la fama
La actriz ha pasado de ser una estudiante a convertirse en una de las irrupciones más sólidas del cine actual, capaz de eclipsar a las estrellas de la adaptación del libro de Brontë. Fuera de la pantalla, sin embargo, se mueve en sentido contrario: evita la sobreexposición y rehúye los focos


Hay actores que se pasan media vida esperando una oportunidad. Que encadenan pequeños papeles, trabajos precarios y castings fallidos confiando en que, en algún momento, llegue esa anhelada llamada que cambie su destino. Y luego están los otros: los que parecen responder a una lógica distinta, casi caprichosa, donde el talento importa, por supuesto, pero también una suerte difícil de explicar. El de Alison Oliver pertenece, sin duda, a esta segunda categoría. A sus 28 años, la actriz irlandesa se ha convertido en una de las grandes revelaciones del curso. Ha logrado eclipsar a estrellas consagradas en la nueva adaptación de Cumbres borrascosas dando vida al personaje de Isabella Linton, comparte vida con uno de los actores más codiciados de su generación y se ha convertido en objeto de deseo de las grandes casas de moda. Todo ello en apenas un lustro. Y lo más llamativo: su ascenso comenzó antes incluso de que se empeñara en perseguirlo.
Oliver lo resume con una palabra: serendipia. “Cuando miro atrás y pienso en cómo empezó todo es una locura. Mientras estudiaba, por modesto que pueda sonar, jamás me imaginé teniendo una carrera en el cine. Solo soñaba, como tantas otras, con poder trabajar en los teatros de Irlanda”, contaba a The Irish Times. La llamada del destino llegó la mañana siguiente a graduarse en la Lir, la prestigiosa academia nacional de arte dramático de Dublín, de la que también salió Paul Mescal. Justo cuando dilucidaba qué tipo de trabajo le ayudaría a pagar el alquiler de ahí en adelante, le comunicaron que había sido elegida para interpretar a Frances en Conversaciones entre amigos, adaptación de la novela de Sally Rooney. En la anterior, Normal People, ya había llevado al estrellato a su compañero de escuela. El impacto fue tal que, según ha contado Oliver, se quedó “sentada en la cama durante horas, mirando fijamente a la pared, en shock”.

Aquel papel fue su carta de presentación, pero no su techo. Su consolidación ha llegado con Cumbres borrascosas, donde interpreta a Isabella Linton, un personaje atravesado por el deseo, la obsesión y una vulnerabilidad incómoda. Su lujuria hacia Heathcliff ya ha alcanzado incluso el estatus de meme. En una película dominada por estrellas como Jacob Elordi y Margot Robbie, Oliver no solo resiste: roba cada escena en la que aparece. La crítica lo ha señalado sin remilgos. “Es lo mejor de la película”, escribía Helen Holmes en GQ. The Times insistía: “Es el mejor personaje, aviva el metraje cada vez que aparece en pantalla”. No es la primera vez que lo consigue. Ya había llamado la atención de Emerald Fennell en Saltburn, donde interpretaba a Venetia, la hermana caprichosa y autodestructiva del personaje de Elordi. Aquella colaboración fue clave para que la directora confiara de nuevo en ella. Tanto, que el proceso de casting para Isabella fue casi anecdótico: “Si lo quieres, es tuyo”, le dijo Fennell. El resultado confirma algo que empieza a perfilarse como su sello: una capacidad poco común para habitar personajes incómodos, afligidos, salvajes.

En apenas cinco años, Oliver ha construido una carrera sorprendentemente sólida. Ha trabajado dos veces con Fennell, ha protagonizado teatro, televisión –con títulos como Querida Marnie o Task, junto a Mark Ruffalo– y ha dado la réplica a Jude Law en el thriller The Order, presentado en el Festival de Venecia en 2024. En paralelo, su vida fuera de la pantalla ha empezado a generar un interés casi proporcional a su talento. Su relación con uno de los actores más carismáticos y deseados del cine actual, Josh O’Connor (The Crown, Rivales) ha alimentado titulares y especulación, aunque ambos han optado por blindar su intimidad. No hay declaraciones sobre el romance de dos jóvenes promesas del séptimo arte más allá de posados compartidos en premieres o eventos compartidos, como en la gala del Met. Ese hermetismo no es casual. En una industria cada vez más atravesada por la autopromoción constante, Oliver parece moverse en dirección contraria. No hay en ella rastro de hiperconciencia mediática, ni grandes discursos diseñados para circular, ni una estrategia evidente de branding personal.

Nacida en Cork, en el seno de una familia ajena a la industria del glamour y los focos —su madre es trabajadora social y su padre está vinculado al sector del automóvil—, Oliver creció lejos de cualquier idea de celebridad. Es la menor de tres hermanas y, según ha contado, no destacaba especialmente ni en lo académico ni en el deporte. Tras dar clases de canto y baile, encontró sobre el escenario el lugar en el que expresar sus inquietudes. “Mi madre siempre fue honesta conmigo sobre las dificultades de algunas de las personas con las que trabajaba. Las clases de teatro se convirtieron en una forma extraña de canalizar algunas de esas experiencias… Bueno, quizá ‘canalizar’ no sea la palabra adecuada. Pero interpretábamos escenas donde la gente pasaba por emociones intensas y sentía que era una forma distinta de escuchar a mi madre”. Ahí, en ese cruce entre observación y emoción, parece haber nacido su manera de actuar.
Fuera del set, Oliver mantiene una relación ambivalente con la exposición pública. “No es algo importante”, ha dicho sobre la fama. Utiliza las redes sociales con distancia —más como herramienta profesional que como escaparate personal— y ha evitado convertir su vida privada en el contenido. Lo que sí comparte son las acciones de la organización HOPE, que promueve la educación y alimentación de niños en la India, o la masacre en Gaza, siendo una de las pocas actrices en denunciar los hechos sin temor a represalias profesionales.

Esa misma discreción contrasta con su creciente presencia en la moda. Durante la promoción de Cumbres borrascosas, la actriz también ha puesto en práctica el method dressing y, aunque sus apariciones han quedado eclipsadas por los looks virales de Margot Robbie, son dignas de mención. Un Miu Miu satinado con encaje y lazos, un vestido asimétrico con tul de Genevieve Devine combinado con botas de Manolo Blahnik o un minivestido de Louis Vuitton son algunos de los más reseñables. Con una melena que ha transitado del moreno al pelirrojo y también ha pasado por el rubio, el armario de Oliver también es ecléctico: experimenta con distintos estilos, aunque el escote palabra de honor es recurrente en sus apariciones de alfombra roja, y no le tiene miedo al riesgo.
Además de ser embajadora de la enseña joyera Tiffany & Co., Marni, Prada o Loewe, para quien ha protagonizado hasta dos campañas, son algunas de las firmas recurrentes en un armario que se va volviendo cada vez más sofisticado. Convertida en nueva musa de Jonathan Anderson, también ha acompañado al diseñador norirlandés tras su fichaje por Dior, como demostró con su presencia en el desfile de la firma el pasado verano en la semana de la moda parisina. “Antes no entendía para nada ese mundo, pero, gracias a Jonathan, he llegado a apreciarlo de verdad”, dijo en la revista Elle. En apenas unos meses, Oliver ha dejado de ser una promesa para convertirse en una realidad ineludible. Ya no es la actriz que esperaba una llamada; ahora es el cine el que espera, con impaciencia, a que ella levante el teléfono.
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